La noche volvió a recibir a Kyo con el mismo sonido.
La cascada golpeaba la roca sin descanso, como si no existiera el cansancio. El agua caía con una fuerza que hacía temblar el suelo, y aun así, Kyo dio un paso al frente.
Sus manos estaban vendadas.
Su cuerpo, adolorido.
Apenas apoyó el pie, resbaló.
Cayó.
El golpe le arrancó el aire y lo dejó tendido sobre la tierra húmeda, mirando el cielo oscuro entre los árboles.
—Tch… —masculló, apretando los dientes mientras intentaba incorporarse.
Sus brazos temblaban. No por el frío, sino por la debilidad. No tenía fuerza. Nunca la tuvo. Cada músculo parecía recordárselo.
No sos fuerte.
La voz apareció en su mente, pero no era cruel. Era tranquila.
Vio a su padre detrás de un mostrador improvisado, sonriendo mientras acomodaba productos que aún no existían de verdad.
“No todos nacen para pelear, Kyo. Pero si tenés algo que querés proteger… eso te mantiene de pie.”
Kyo cerró los ojos y respiró hondo.
—No voy a rendirme… —susurró.
Se levantó.
Y volvió a intentar.
If you discover this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen. Please report the violation.
Cayó otra vez.
Durante el día, su vida era exactamente la misma.
—Kyo, mesa seis —ordenó Bob.
—Sí, se?or.
Kyo se movía con eficiencia. Servía bebidas, limpiaba mesas, cobraba sin errores. Era amable, siempre educado, siempre correcto… pero distante.
No hablaba de más.
No se quedaba a conversar.
No tenía amigos.
No porque no pudiera, sino porque su mente estaba en otro lugar.
Bob lo notaba.
El chico llegaba con moretones nuevos, ojeras profundas, movimientos rígidos. Y aun así, nunca se quejaba.
Cuando el bar cerraba, Kyo no se despedía. Simplemente se iba.
—Siempre solo… —murmuró Bob una noche, secando un vaso—. Y ahora ni descansa.
Las noches se repitieron.
La cascada.
El agua.
La caída.
Kyo fallaba, tropezaba, resbalaba… pero algo cambiaba lentamente. Aprendía cuándo la roca cedía, dónde apoyar el peso, cómo respirar para no agotarse tan rápido.
No era fuerza.
Era insistencia.
Días después, Dorian regresó al bar.
Sus ojos se detuvieron en Kyo apenas un segundo más de lo normal.
Algo era distinto.
No dijo nada.
Bebió en silencio y, al levantarse, pensó en ir a la cascada alguna noche. Solo para confirmar.
La última noche llegó sin avisar.
La luna iluminaba el claro, pero la cascada estaba vacía.
Dorian frunció el ce?o.
—Así que al final… —murmuró.
Se dio la vuelta, convencido de que Kyo había renunciado.
—No.
La voz lo detuvo.
Kyo apareció desde el sendero, respirando hondo, con la ropa gastada y la mirada firme.
Dorian se ocultó entre los árboles sin que Kyo lo notara. Sacó su reloj.
Kyo calentó.
Estiró los brazos.
Flexionó las piernas.
Respiró con calma.
No se veía fuerte…
pero se veía decidido.
Saltó.
La cascada volvió a golpearlo, pero esta vez Kyo se aferró con todas sus fuerzas. Sus dedos se clavaron en la roca. Sus brazos temblaron.
Resbaló.
Se sostuvo.
Con un gru?ido, avanzó.
El agua le golpeaba el rostro, el cuerpo le ardía, pero siguió subiendo hasta que, finalmente, alcanzó la cima y cayó de rodillas.
—…no lo logré —susurró, mirando el suelo—. Llegué tarde.
Se puso de pie con dificultad.
—Voy a buscar a Dorian… tengo que decirle—
—Clap… clap… clap.
Kyo se giró de golpe.
Dorian aplaudía, sonriendo.
—?Desde cuándo…? —preguntó Kyo, confundido.
—Pensé que habías renunciado —respondió Dorian, mostrándole el reloj—. Pero llegué justo a tiempo.
Se acercó.
—Cuatro minutos con cincuenta y cinco segundos. Estuviste a nada de fallar.
Kyo abrió los ojos.
—?Entonces…?
—Felicidades —dijo Dorian—. Tenés una peque?a oportunidad de pasar el examen de aspirante.
Kyo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—?Eso es todo?
Dorian negó.
—El examen no termina ahí. La segunda etapa es donde todo se decide.
—?Y qué es? —preguntó Kyo.
—No puedo decirlo —respondió—. Es confidencial. Si llegás, lo descubrirás… y también tu verdadero poder.
Kyo frunció el ce?o, confundido.
Dorian se dio la vuelta.
—Te espero ma?ana en la entrada de Ciudad Amatista. No faltes.
Y se marchó.
Kyo se quedó solo.
Miró el cielo, respiró hondo… y alzó los brazos, dejando que la luz de la luna reflejara una silueta distinta. No la de un héroe.
La de alguien que no se rindió.
A partir de ma?ana, la vida de Kyo cambiaría para siempre.
Fin del capítulo 2

