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Vuelta al camino

  Observaba cómo el grifo de Wenny desaparecía en la lejanía, preguntándome si volvería a verla. Había sido una visita mucho más fugaz de lo que esperaba, pero no podíamos arriesgarnos a que la descubrieran ayudándome. El aire se sentía más frío sin ella.

  —Thor’graht, entonces —murmuró Donovan con los gruesos brazos cruzados sobre su pecho.

  Solté todo el aire de mis pulmones, buscando las palabras, y me dirigí al minotauro con toda la entereza que fui capaz de reunir.

  —Yo voy a Thor’graht. Vosotros volvéis a Leokvaar —les dije. A mi lado, Sigrid compartía el mismo gesto que Donovan, observando el rastro que había dejado Wenny en las nubes—. Ella ya os ha asegurado que el pago está allí. La ruta planeada será atendida en los próximos días por gente muy capaz. Vosotros solo tenéis que volver a casa. Se acabó; esto es una despedida.

  Ambos se quedaron con la mirada perdida en el cielo.

  —Nos ha pedido que te acompa?ásemos —expresó el minotauro. No era una pregunta, era una afirmación de intenciones. No había duda en su voz.

  —Yo no confío en vosotros —les espeté.

  —Sabes mi secreto —dijo Sigrid se?alándome con un dedo—. Tengo que vigilarte. Tienes cara de no saber guardar un secreto y sería muy tentador para un mago de baja estofa como tú vender la ubicación de una de las últimas Vítreas que quedan en el mundo.

  Cerré los pu?os. Yo no les había traicionado, fueron ellos. Sentí que la rabia me quemaba la garganta ante su acusación.

  —Sé que es una mierda —prosiguió la herrera—. Me gustaría que todo volviera a ser igual que antes de cruzarnos con tu chica, pero es lo que hay. Y mejor así, créeme. Me he quitado un peso de encima y creo que Donovan también —dijo palmeando la espalda del monje—. Vamos contigo, no por desconfianza, sino porque podemos y queremos. Qué cojones... no te librarás de nosotros. Volveremos a ganarnos tu confianza, es lo mínimo.

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  Traté de replicar, pero Donovan se adelantó con su lógica aplastante.

  —Tú jamás llegarías solo a Thor’graht —afirmó, dejando caer los brazos y girándose hacia la herrera—. ?Cuándo estará listo el carro?

  Sigrid calculó mentalmente.

  —Dos días.

  El minotauro asintió.

  —Veré qué puedo preparar. Haiggs tenía una buena despensa. Tú, DESCANSA —me advirtió se?alándome—. Si tratas de dejarnos atrás, te perseguiremos y te llevaremos atado si hace falta. No me pongas a prueba, no estoy de humor para sentimentalismos. Lo hecho, hecho está.

  Asentí, incapaz de ocultar mi frustración.

  Al tercer día de marcha, la actitud de mis impuestos compa?eros volvió a ser la de siempre. La diferencia era que Sigrid, de vez en cuando, dejaba que su piel se volviera de diamantita, parecía ser su manera de relajarse. Nunca había visto algo así. Era espectacular ver un diamante capaz de moverse, doblarse y estirarse como una piel normal. Al tacto era tan duro como el mineral puro, pero cuando flexionaba el brazo, podía ver cómo los músculos se marcaban y los tendones se tensaban bajo la superficie traslúcida.

  —Mola, ?eh? —dijo la herrera al notar mi mirada.

  Me encogí de hombros por milésima vez en el viaje.

  —Es... digno de estudio —admití. No quería bajar el escudo, pero aquello era fascinante— ?Y es así en todo el cuerpo? —pregunté sin pensar, observando su bíceps con un interés genuinamente académico.

  —Le voy a decir a Wenny que me has pedido ver un pecho.

  Solté su brazo como si ardiera. No me había dado cuenta de que lo había cogido para pasar un dedo con delicadeza por su piel.

  —?No! ?Joder! ?Lo siento! —balbuceé levantando las manos—. No pretendía incomodarte...

  Donovan soltó una carcajada mientras guiaba a los caballos.

  —Por fin te relajas —dijo sin apartar la vista del camino—. Eso es bueno.

  Me ruboricé y me dejé caer en la parte trasera del nuevo carro.

  —Sigo sin fiarme de vosotros —murmuré. Me dolía lo que habían hecho, pero me costaba ocultar las ganas de hablar con ellos. Habíamos vivido demasiado en muy poco tiempo.

  Acaricié el pomo de la espada, recordando el sacrificio de Sigrid.

  —Otro control —anunció el minotauro. Era el quinto desde que partimos—. Ponte la capa.

  Desdoblé la capa que me había regalado Wenny. Cada vez que me la ponía, me confería un aspecto nuevo, ideal para pasar desapercibidos. Sigrid me observó divertida.

  —Joder, qué feo —rio.

  Donovan me lanzó una mirada y asintió en silencio.

  —?Es un enano? —preguntó.

  —No, solo es feo —sentenció Sigrid.

  Me preparé, tratando de reprimir una sonrisa mientras nos acercábamos a los guardias. Y, por cierto, me acabo de dar cuenta de que no os he dicho qué noticias nos trajo Wenny... bueno... la próxima vez, supongo.

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