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La nobleza

  —No te muevas— le dijo la enfermera a Zein sin apartar la vista de la herida mientras pasaba la aguja con mano firme.

  Zein apretó los dientes, conteniendo el aliento cada vez que el hilo atravesaba la piel. No se quejó. A su lado, la capitana recibía atención similar, el rostro parecía sereno por la máscara pese a las vendas manchadas de sangre que cubrían parte de su brazo.

  La carpa médica estaba saturada. Camillas alineadas sin orden, gemidos ahogados, el olor metálico de la sangre mezclado con desinfectante. Algunos liquidadores esperaban sentados en el suelo, otros eran atendidos afuera por falta de espacio. Aun así, el ambiente no era de derrota absoluta. Habían sobrevivido más de los que cualquiera habría esperado tras un ataque así, y todos lo sabían.

  De pronto, la lona de la carpa se abrió.

  Zein alzó la mirada y reconoció aquel cabello blanco entre el caos. Lyra avanzaba con pasos inseguros, girando la cabeza de un lado a otro, los ojos abiertos de par en par.

  —?Lyra…?— murmuró Zein, sorprendido.

  Cuando ella lo vio, corrió y se abalanzó sobre él, aferrándose a su ropa con fuerza mientras las lágrimas le empapaban el cuello.

  —?Hermanito!— sollozó—. ?Pensé que algo malo te había pasado…!

  Zein la rodeó con cuidado, ignorando el tirón en la herida recién cerrada.

  —?Qué haces aquí?— preguntó en voz baja—. ?No se supone que los civiles no pueden pasar?

  Lyra negó con la cabeza, limpiándose las mejillas con torpeza.

  —Es que… Judas llegó de repente a la tienda diciendo que algo había pasado donde trabajabas, y…— aspiró con fuerza—. Desde allá se veía el humo saliendo del muelle…

  —?Judas te dijo eso?

  Como si lo hubieran invocado, la lona volvió a abrirse. Kio entró primero, seguido de Judas. Ambos se acercaron al ver a Zein consciente.

  —?Ustedes qué hacen aquí?— preguntó Zein—. ?Cómo supieron lo que pasó?

  Kio se encogió de hombros, con una mueca seria poco habitual en ella.

  —No lo sabíamos con certeza, pero viendo el estado del muelle… era fácil imaginarlo.

  Zein desvió la mirada hacia Judas.

  —?Cómo supiste tú? Ni siquiera el ejército de la isla ha llegado aún.

  Judas apartó la vista un segundo antes de responder.

  —En las noticias empezaron a hablar de explosiones— dijo—. Recordé que trabajabas ahí… y pensé que debía avisar a quienes te conocen.

  Hubo un breve silencio.

  Zein no insistió.

  —Kio, ?Alexander no vino?— preguntó Zein, mirando alrededor de la carpa.

  —Sí vino— respondió con tranquilidad—. Se quedó afuera hablando con conocidos, tratando de averiguar qué pasó exactamente.

  —Claro…

  La capitana se acercó entonces y se detuvo junto a Zein, observando a Lyra un momento.

  —?Son tus conocidos?— preguntó en voz baja.

  —Oh, vaya… ?qué haces aquí, Nao…?— comenzó Kio con naturalidad.

  No alcanzó a terminar. La capitana dio un paso rápido y le cubrió la boca con la mano.

  —Shhh— susurró—. Por favor, no digas nada.

  Kio parpadeó, sorprendida.

  —?Eh? ?Por qué?— murmuró, apartando un poco la cabeza.

  La capitana bajó la mirada un instante antes de responder.

  —Porque… no quiero que me vea de una forma distinta.

  Kio la observó en silencio, entendiendo más de lo que ella decía. Al final, sonrió levemente.

  —Está bien.

  Mientras tanto, Lyra seguía aferrada a Zein, el cuerpo temblándole con cada respiración. él la levantó con cuidado y, con los pulgares, le limpió las lágrimas que aún corrían por sus mejillas.

  —Vamos— dijo con suavidad, estirando con los dedos las comisuras de su boca—. Sonríe un poco… así te ves más linda.

  Le dedicó una sonrisa cálida, de esas que no necesitaban palabras. Lyra aspiró hondo y se secó el resto de las lágrimas con la manga.

  —Es que… me preocupé mucho por ti— murmuró.

  —Y yo por ti— respondió Zein sin dudar. Luego hizo una breve pausa—. ?Sabes? Tampoco soy tan débil. Algo así no va a matarme… e incluso si…

  Se?aló con cuidado el pecho de Lyra, justo sobre el corazón.

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  —Siempre voy a vivir aquí.

  Lyra reaccionó de inmediato y le dio un golpe en el estómago, sin fuerza, pero con reproche.

  —Tonto…— dijo, con la voz aún temblorosa—. No hagas esas bromas, por favor…

  Zein soltó una peque?a risa ahogada y volvió a abrazarla, esta vez con más cuidado que nunca.

  Tiempo después, Zein volvió a estar activo entre los liquidadores. Esta vez, todos los que aún podían moverse colaboraban con la limpieza del muelle. El caos había cedido, dejando atrás un silencio pesado interrumpido solo por órdenes breves y pasos cansados.

  Mientras trabajaba, Zein comenzó a notar algo distinto. Las miradas ya no eran solo de urgencia o miedo; ahora muchos lo reconocían. Algunos se acercaban para darle las gracias, otros inclinaban la cabeza al pasar. Familias de liquidadores se detenían frente a él, palabras torpes saliendo entre sollozos contenidos, agradeciéndole por haber ayudado a sus esposos, a sus hijos, a sus hijas.

  Zein aceptaba todo eso con sencillez. Ayudaba en lo que podía sin pedir nada a cambio. Movía cuerpos con corrientes suaves de viento, reducía montones de monstruos a cenizas con fuego controlado, repartía agua entre los heridos que aún podían sostener un vaso. Sus movimientos eran tranquilos, constantes, como si quisiera devolverle al lugar un poco de orden.

  Desde la distancia, la capitana lo observaba…. Naoko… lo veía con una leve sonrisa, silenciosa.

  No pasó mucho tiempo antes de que todos fueran llamados a la zona principal del muelle. Las compa?ías se formaron con rapidez, filas rectas pese al cansancio acumulado. Zein, algo distraído, fue acomodado en su lugar por sus compa?eros con un leve empujón y una risa apagada.

  Entonces apareció una figura rodeada de soldados.

  Leonor von Trapp avanzó con paso firme, la misma mujer con la que Zein se había cruzado en la oficina de empadronamiento. Su expresión era altiva, la barbilla en alto, evitando con cuidado cualquier cadáver de monstruo en el suelo, como si el simple contacto visual le resultara desagradable.

  —Mírala… ?qué hace siquiera aquí?— se escuchó murmurar.

  —Ni siquiera llegaron cuando necesitábamos ayuda… ?y ahora para qué vienen?— a?adió otra voz, cargada de rencor.

  Leonor se detuvo frente a las compa?ías y los recorrió con la mirada, de un extremo al otro.

  —?Quién fue el que eliminó a la mayoría de los monstruos?— preguntó en voz alta.

  Por un instante, nadie respondió. El silencio se tensó entre las filas.

  Entonces la capitana dio un paso al frente.

  —?Me informo! ?Capitana de la compa?ía número 172! ?Respondo por los actos realizados!—

  Leonor la miró con incredulidad.

  —?Tú hiciste todo esto?

  —?No, se?ora!— respondió firme—. ?Yo y otro subordinado!

  La capitana giró apenas el rostro y, con una se?a discreta, indicó a Zein que avanzara.

  Zein dio un paso al frente.

  Por su encuentro previo con Leonor, Zein sabía un poco mejor cómo tratarla. Cada palabra debía medirse.

  —?Tú ayudaste en esto?— preguntó Leonor, plantándose frente a él.

  —Sí, se?ora— respondió Zein sin titubear—. Debo decir que es todo un honor que la gran Leonor von Trapp se dirija a alguien como yo. Estoy profundamente agradecido.

  —Ja— soltó ella con desdén—. Claro que debes estarlo.

  Durante un instante, Leonor lo inspeccionó de arriba abajo. Su mirada era fría, calculadora, como si evaluara una herramienta más que a una persona. Zein mantuvo una postura relajada, sin desafío, el mentón ligeramente inclinado, midiendo cada gesto para no parecer insolente mientras continuaba alimentando su ego.

  —Bien— dijo finalmente, esbozando una sonrisa breve—. Te apruebo.

  Luego giró la cabeza.

  —Tú— se?aló a la capitana—. Quiero un informe detallado de todo lo que ocurrió aquí. Cada movimiento, cada anomalía. Y lo quiero lo más rápido posible.

  —Sí, se?ora— respondió Naoko sin vacilar.

  Con eso, Leonor se dio la vuelta y se alejó del muelle con la misma calma con la que había llegado, escoltada por sus soldados, como si la masacre a su alrededor no mereciera más atención.

  Tiempo después, en la isla central de Mirathun, Leonor vestía un uniforme distinto. Más sobrio. Más formal. Estaba de pie frente a dos puertas gigantescas de piedra oscura, con el informe de la capitana firmemente sujeto entre sus manos.

  ?Maldición… cómo odio hacer esto?, pensó, sintiendo un nudo en el estómago.

  Empujó las puertas.

  La sala que se abrió ante ella era vasta, pero la oscuridad la devoraba casi por completo. Desde la entrada se extendía un único sendero de piedra, recto y desnudo, iluminado apenas por una franja de luz pálida que conducía hacia el centro de la estancia. Allí, el suelo formaba un círculo perfecto, ba?ado por un resplandor aislado, como si todo lo demás dejara de existir fuera de ese punto.

  Más allá de la luz, las sombras se elevaban en silencio. Frente al círculo, un estrado semicircular ascendía en niveles, y sobre él se distinguían figuras inmóviles. La iluminación no alcanzaba a revelar rostros ni detalles; solo siluetas recortadas contra la penumbra, presencias que observaban desde lo alto.

  No hacía falta ver sus caras.

  El peso de sus miradas bastaba.

  Leonor caminó hasta el círculo en el centro de la habitación con pasos medidos. La luz la envolvió al instante, aislándola del resto del mundo.

  —Nos alegra verte de nuevo, hija de los Von Trapp— dijo una de las voces desde las sombras.

  —?Descubriste qué ocurrió en el muelle hace unos días?— preguntó otra.

  —Así es— respondió Leonor con firmeza—. En estos documentos se encuentra el informe completo de lo sucedido. En este momento, las copias están siendo distribuidas.

  A su alrededor, nuevas siluetas emergieron de la oscuridad, acercándose a las figuras del estrado para entregarles los informes. El sonido del papel al cambiar de manos rompió el silencio pesado de la sala.

  Pasó un momento. Luego otro.

  Las figuras comenzaron a mirarse entre sí.

  —Por la capitana no hay inconveniente— dijo una de las voces—. El sistema de capitanes dentro de los liquidadores existe precisamente para evitar que surjan focos de poder dentro de Mirathun.

  Hubo una breve pausa.

  —Pero este tal… Zein Ravenscroft, dieciocho a?os— continuó—, es un problema.

  —?No tenemos más información sobre él?— preguntó otra voz.

  —No, se?or— respondió Leonor—. Solo se registró con su nombre y edad. En los liquidadores no se solicitan más datos.

  —Eso lo vuelve aún más problemático.

  Leonor respiró hondo antes de hablar de nuevo.

  —Podríamos solicitar a las oficinas de empadronamiento los documentos personales de los ciudadanos de esa provincia— dijo, inclinándose ligeramente y apoyando una mano sobre su pecho—. Pero necesitaría el permiso del duque para proceder.

  —No te preocupes— respondió una voz—. Tienes nuestro permiso.

  —Ya sabes que el duque no posee verdadero poder— a?adió otra—. Este consejo existe por la ineptitud de los duques anteriores. Pudiste haber acudido directamente a nosotros.

  —Perdone mi ignorancia— dijo Leonor sin levantar la vista.

  —Eres un activo importante— continuó la voz—. Y la hija de un gran hombre. Esperamos mucho de ti.

  —Sí— respondió ella.

  —Por ahora, espera instrucciones. Tu próximo trabajo podría llegar pronto.

  —Puedes retirarte.

  —Con su permiso— dijo Leonor antes de darse la vuelta y abandonar la sala.

  ?Qué engreídos… Por eso odio venir aquí?, pensó mientras las puertas se cerraban tras ella.

  Mientras tanto, en su cuarto, Zein se dejó caer sobre la cama con un suspiro agotado. Cada músculo le ardía, el cuerpo aún resentido por el combate y las horas de trabajo posteriores. Apenas tenía fuerzas para moverse.

  Al recostarse, algo cayó al suelo. Zein frunció el ce?o y se giró con esfuerzo para recogerlo. Al verlo, reconoció de inmediato el objeto: el papel que los guardias le habían entregado al llegar a la isla.

  Lo sostuvo entre los dedos, dándole la vuelta.

  ?Tal vez debería ir a ver qué es?, pensó mientras examinaba el reverso de la tarjeta.

  En ese instante, la puerta se abrió y Lyra entró corriendo, lanzándose sobre él con una risa alegre. Zein reaccionó al momento, guardando el papel sin pensarlo y devolviéndole el abrazo.

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