Feliz A?o nuevo chicos!!! Este si es un capitulo normal para que no se lo salten eh.
Les deseo un muy feliz a?o nuevo, con esto les traigo un ultimo capitulo para el a?o, a su vez este es el ultimo capitulo de la parte 1 de la historia.
Muchas gracias por acompa?arme a mi y a mi historia este a?o.
Meliora les tiene un regalo en el discord ;). Vayan y unanse! los estoy esperando.
Al día siguiente, ambos hermanos descansaban bajo un árbol cubierto de escarcha. La nieve caía con lentitud, posándose sobre las ramas y apagando cualquier sonido distante. Lyra dormía profundamente sobre el regazo de Zein, su respiración tranquila marcando un ritmo suave, mientras él le acariciaba el cabello con movimientos lentos y mecánicos, la mirada fija en el cielo gris, como si buscara respuestas entre las nubes inmóviles.
A unos pasos de distancia, Kiomi permanecía sentada en el otro extremo del tronco. Tenía la espalda recta, pero las manos entrelazadas con rigidez. Desde lo ocurrido el día anterior, las palabras parecían habérsele quedado atrapadas en la garganta.
Ilmenor, al fin, respiraba una paz frágil. Algunas risas volvían a escucharse en las calles, el humo de los incendios había desaparecido y la vida intentaba recomponerse. Aun así, no todos podían permitirse sonreír tan pronto.
Meliora apareció sin hacer ruido y se sentó junto a Zein. Durante un largo momento, ninguno dijo nada. Solo el crujir suave de la nieve al caer rompía el silencio, hasta que ella habló.
—No la culpes, ?sí? A Kio —dijo con voz apacible.
Zein no respondió de inmediato. Apartó la mirada, como si incluso mirarla fuera un esfuerzo.
—?Cómo no voy a culparla? —murmuró al fin—. Me mintió todo este tiempo. Dos a?os… y yo creyendo que éramos amigos.
Meliora no lo interrumpió. Se acercó un poco más, lo suficiente para que su presencia se sintiera sin imponerse.
—Cuando se trata de cosas delicadas, ella nunca ha sido de hablar demasiado —dijo con suavidad.
Zein la miró entonces, sorprendido por lo cerca que estaba.
—Y mucho menos cuando se trata de lo que siente —a?adió Meliora, dejando escapar una breve risa baja—. Eso ya lo sabes.
Zein soltó un suspiro que parecía llevar peso acumulado.
—Ja… puede que tengas razón.
Meliora alzó la vista al cielo, observando cómo los copos desaparecían antes de tocar el suelo.
—Tal vez nunca te habló de su pasado porque hay cosas que pesan demasiado cuando se nombran —continuó—. No todos quieren recordar lo que fueron o lo que hicieron. A veces, seguir adelante es la única forma que conocen de sobrevivir.
Se puso de pie y sacudió la nieve de su falda. Antes de alejarse, apoyó una mano sobre la cabeza de Zein y la dejó ahí un instante, firme y cálida.
—Enojarse por eso no cambia nada —dijo—. A veces, incluso cuando alguien guarda secretos, lo hace creyendo que es lo mejor para quienes quiere… aunque nunca lo parezca.
Luego dio un par de pasos y se detuvo.
—Hay unos aquí que quieren hablar contigo —a?adió—. Creo que deberías verlos.
En la misma dirección por la que Meliora se había alejado apareció el grupo de amigos de Zein: Zanna, Sennet, Chloe y Dian. Sus voces llegaron antes que ellos, más ligeras, casi fuera de lugar en una ciudad que aún sanaba.
Zanna fue la primera en acercarse. Se inclinó frente a Zein, balanceándose ligeramente con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
—?Sabes? Hoy sacaron algunas atracciones que tenían guardadas por la ciudad —dijo con una sonrisa—. Se supone que es para distraer un poco a la gente. ?Qué tal si vamos todos juntos?
Luego se agachó un poco más y le extendió la mano con naturalidad.
—Claro que puede ir Lyra. Y tú también, si quieres, Kiomi —a?adió, mirando hacia el otro lado del árbol.
Kiomi dio un peque?o sobresalto, como si no esperara ser incluida. Se levantó de golpe, algo nerviosa, acomodándose la ropa.
—?Acaso estabas ahí? —preguntó Zein, sorprendido.
—?Claro que lo estaba! ?Acaso no me notaste? —respondió ella, fingiendo molestia mientras se acercaba.
Poco después, el grupo se perdió entre las calles de Ilmenor, donde una peque?a feria improvisada había cobrado vida. Puestos de madera, luces sencillas y risas tímidas llenaban el ambiente. La gente recorría los juegos buscando olvidar, aunque fuera por un rato, lo ocurrido. Incluso algunos soldados, libres por unas horas, se mezclaban entre la multitud.
Se rieron, probaron bebidas dulces y se empujaron unos a otros por bromas sin importancia. Por un momento, todo parecía… normal.
—Oye, Zein —dijo Zanna mientras bebía un jugo.
—?Sí?
—?Cómo le haces para cuidar tu cabello? —preguntó se?alándolo—. Está muy brillante y sedoso. El mío no se le acerca ni un poco.
Zein parpadeó, desconcertado.
—Pues… la verdad no hago nada. Solo me lo lavo y ya.
—?Y ya? —repitió ella, incrédula—. ?Eso es todo?
—Sí.
—Vaya…
Zanna se quedó mirándolo un instante más, ladeando la cabeza. Entonces frunció ligeramente el ce?o.
Las puntas del cabello de Zein, casi imperceptibles entre el resto, parecían te?idas de blanco.
Zanna abrió la boca para decir algo.
—Oye, ?te pintas el cabello?
—No, claro que no.
—Entonces… ?qué son esas puntas blancas? —insistió Zanna, inclinándose para mirar mejor.
Zein desvió la mirada de inmediato y, al notar el reflejo pálido entre sus mechones, se cubrió el cabello con la mano casi por reflejo.
—Eh… la verdad no sé… —murmuró, incómodo.
—Si no tuvieras el cabello negro, sinceramente creería que eres un ni?o bendito —dijo Zanna entre risas, dándole un golpe amistoso en la espalda—. ?Jajaja!
Zein la acompa?ó con una risa nerviosa, aunque la sensación no terminó de irse.
El resto del día transcurrió entre risas y juegos, pero algo empezó a sentirse… torcido. Cosas simples fallaban sin razón: mecanismos que se atascaban, cuerdas que se rompían, luces que se apagaban de golpe. En más de una ocasión, Zein tuvo la extra?a impresión de que alguien lo observaba desde algún rincón oscuro, apenas fuera de su campo de visión. Cada vez que volteaba, no había nada. Decidió ignorarlo.
Al caer la noche, cada uno tomó su camino de regreso a casa. Ilmenor respiraba distinto; el aire se sentía más ligero, casi como en los días en que Zein había llegado por primera vez a la ciudad. Con esa calma frágil, todos se entregaron al sue?o.
Estaba de pie sobre un lago inmenso que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El cielo nocturno pesaba sobre él, casi vacío, con apenas unas pocas estrellas luchando por existir. Todo lo demás era oscuridad.
Una luz tenue emergía desde las profundidades del agua, haciendo que la superficie brillara como cristal pulido. Al dar un paso, Zein notó que no se hundía. Caminaba sobre el agua como si fuera suelo firme.
Frente a él, el aire se onduló.
Una figura humana apareció, de su misma altura, inmóvil. Su silueta parecía envuelta en llamas negras que no iluminaban nada; al contrario, devoraban la luz a su alrededor, dejando zonas de oscuridad aún más profunda allí donde deberían existir sombras.
Sus ojos, hundidos como abismos sin fondo, brillaban con un blanco puro, antinatural. Zein sintió un nudo en el pecho. Si se quedaba mirándolos demasiado tiempo, tenía la certeza de que esa blancura lo arrastraría hacia algo de lo que no habría regreso.
—?Quién eres? —preguntó Zein a la defensiva en cuanto la figura terminó de formarse.
—Yo soy tú —respondió.
Su voz sonó rasgada, pesada, como metal ara?ando un cristal helado. El eco de esas palabras se deslizó por la superficie del lago y volvió deformado, más grave.
—Eso no es cierto.
—Oh, claro que lo es.
La figura extendió un brazo oscuro y lo se?aló. Luego llevó ese mismo dedo hacia su propio pecho.
—Tú y yo somos lo mismo. Yo soy la representación de tu alma. Así que, en esencia… somos idénticos —a?adió, entrecerrando los ojos con una mueca burlona.
—Eso no es cierto. Mi alma no puede ser tan… —Zein dudó, buscando la palabra.
—?Hermosa? ?Poderosa? ?Orgullosa? Puede —lo interrumpió.
La “piel” negra de su rostro se abrió desde donde debería estar la boca, separándose como grietas vivas en piedra ardiente. De ellas surgió una dentadura de colmillos largos y afilados, formando una sonrisa antinatural, demasiado amplia.
—Eso es imposible —exclamó Zein, dando un paso atrás.
La figura se hundió en el agua y, en el mismo instante, apareció frente a él, tan cerca que pudo sentir el frío de su presencia. La voz le susurró al oído:
—Desearías que así fuera. Pero en lo más profundo de tu ser sabes que es verdad.
Unas manos firmes se posaron sobre sus hombros.
Zein reaccionó por instinto y lanzó un golpe. Su pu?o atravesó el cuerpo de la figura como si esta fuera fuego vivo: la mitad superior se dispersó en llamas negras, danzando por un segundo antes de recomponerse lentamente.
—Qué cruel —dijo la figura, intacta.
Se alejó unos pasos y lo se?aló con el dedo. El agua bajo los pies de Zein se elevó de pronto, rodeándolo. Barras líquidas se entrelazaron hasta formar una jaula transparente. Por más que forcejeó, el agua no cedió ni un centímetro.
—Iba a pedirte el control de tu cuerpo amablemente —continuó la figura, inclinando la cabeza—. Pero veo que eres impulsivo.
La sonrisa de colmillos regresó.
—Así que simplemente lo tomaré a la fuerza. Disfruta tu sue?o.
La figura bajó lentamente la punta de su dedo.
El agua reaccionó de inmediato. Se abrió bajo los pies de Zein y lo arrastró hacia las profundidades sin darle tiempo a gritar. La superficie se cerró sobre él como un espejo oscuro. Lo último que alcanzó a ver fue cómo aquella silueta envuelta en llamas negras se desvanecía, mientras el frío y la presión lo envolvían por completo y su conciencia se apagaba poco a poco.
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Zein despertó de golpe.
Llevó una mano a la cabeza, con el pulso acelerado y un dolor punzante latiéndole en las sienes.
??Fue… un sue?o??
Se quedó sentado unos segundos, respirando hondo, tratando de convencerse de ello. Entonces lo percibió. Un olor espeso, acre. Humo.
Frunció el ce?o y se levantó de la cama. Caminó hasta la ventana y la abrió.
El color abandonó su rostro.
Ilmenor ardía.
La ciudad entera estaba envuelta en llamas violentas, vivas, como si un volcán hubiese despertado en medio de sus calles. Pero no eran llamas comunes. Eran negras, con vetas moradas que se retorcían en su interior, exactamente iguales a las que cubrían a aquella figura en su sue?o.
El mismo fuego.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Lyra entró corriendo, con los ojos muy abiertos y el miedo reflejado en el rostro.
No hubo palabras. Ambos salieron de la casa de inmediato.
Afuera reinaba el caos. La gente corría en todas direcciones, algunos cargando lo poco que podían salvar, otros arrastrando a heridos, otros gritando nombres que se perdían entre el crepitar del fuego. El aire quemaba los pulmones.
Zein y Lyra se movieron por la ciudad sin detenerse, ayudando a quien podían. Invocaban agua, la lanzaban contra las llamas, pero algo estaba mal. Cada vez que el agua tocaba el fuego, este rugía con más fuerza, extendiéndose aún más, como si el líquido lo alimentara.
No importaba cuánto lo intentaran. Nada funcionaba.
La noche pasó entre gritos, humo y ceniza.
Con el primer rastro del amanecer, exhaustos y cubiertos de hollín, Zein y Lyra se encontraron con Kio y Meliora. Ambas estaban organizando la evacuación, guiando a la gente fuera de la ciudad tras aceptar que el fuego no se apagaría.
Se reunieron para intentar decidir qué hacer a continuación. Poco después, Kiomi se unió al grupo, con el rostro tenso y la mirada fija en las columnas de humo.
Entonces, de pronto, alguien se acercó por detrás de Zein y le tiró del cabello con brusquedad.
—?Oye…! —gritó Zein, girándose por reflejo.
Fue en ese instante cuando lo sintió.
El calor.
No se había dado cuenta de que su cabello también había comenzado a arder.
La persona que había prendido fuego a su cabello había tomado llamas de un edificio cercano, moldeándolas con magia y arrojándolas sin dudar.
Zein, en medio del pánico, trató de apagar el fuego golpeándose la cabeza y cubriéndose como podía. Entre el ardor y el humo, miró de reojo a quien le había hecho eso.
Klein.
El mismo loco que lo había atormentado desde el incidente de la monta?a. El que, se suponía, debía estar encerrado.
Cuando las llamas al fin se extinguieron, Meliora ya estaba frente a él. Lo tomó del brazo con fuerza.
—?Oye! ?Qué te pasa? —le reclamó.
Klein soltó una risa seca, casi satisfecha.
—Ja… lo sabía.
—?Saber qué? —preguntó Meliora, tensa.
Klein levantó el brazo y se?aló directamente a Zein.
Al cabello.
Ahora que el fuego había desaparecido, no quedaba duda alguna.
Era blanco.
El hechizo que Kio había colocado para ocultarlo se había desvanecido junto con las llamas.
Los ojos de Kio se clavaron en él al instante.
??El hechizo se debilitó…? ?Desde cuándo?? pensó, sin apartar la mirada.
Zein, todavía agitado, dio un paso al frente sin comprender del todo lo que ocurría.
—?Cómo saliste de prisión? Se supone que te habían encerrado —preguntó, todavía ajeno a lo evidente.
—La prisión se quemó —respondió Klein con ligereza—. Y ahora estoy ayudando a quien puedo… pero ese no es el punto.
De pronto, Klein alzó la voz y lo se?aló con furia.
—?Demonio!
—?Qué…? —balbuceó Zein.
El murmullo a su alrededor murió al instante.
Las personas cercanas voltearon atraídas por los gritos. Sus miradas descendieron lentamente hasta el cabello blanco de Zein. Las expresiones cambiaron una a una: ce?os fruncidos, labios apretados, pasos que se alejaban… y otros que se acercaban con cautela.
—?Es un ni?o bendito! —gritó Klein—. ?Maldijiste esta tierra desde el momento en que llegaste! ?Todo esto es culpa tuya!
La multitud comenzó a cerrarse alrededor de ellos. Meliora se interpuso, levantando las manos, intentando calmarlos, hablándoles con voz firme pero temblorosa. No bastó.
—?El fuego! ?La invasión! ?Todo lo provocaste tú! —rugió Klein, con los ojos desorbitados.
Zein apretó los pu?os, sintiendo cómo las miradas lo atravesaban como cuchillas.
—?Eso no es cierto! —respondió, alzando la voz por primera vez.
Pero nadie parecía dispuesto a escucharlo.
Entre la multitud también estaban Zanna y Sennet.
La expresión de Sennet era dura, cargada de un desprecio que Zein reconoció al instante y que le apretó el pecho.
Zanna, en cambio, dudó unos segundos antes de reunir valor y acercarse un poco más.
—?Eso… es cierto, Zein?
—Claro que no —respondió él de inmediato, dando un paso hacia ella, buscando explicarse—. Yo no—
Zanna retrocedió.
No dijo nada.
Klein aprovechó el silencio y se volvió hacia Lyra.
—Y tú, como eres su hermana, seguro que también tienes el cabello blanco —escupió con odio—. ?Maldita!
Una peque?a llama danzó en su mano mientras se acercaba a ella.
Apenas el fuego rozó el cabello de Lyra, el hechizo empezó a deshacerse, como ceniza arrastrada por el viento.
Zein reaccionó sin pensar.
Se lanzó hacia Klein y le tomó la mu?eca con fuerza, apartándolo de ella de un tirón.
—?Aléjate de ella!
Kio, al mismo tiempo, intentaba sofocar las llamas que se aferraban al cabello de Lyra.
—?Ah! —gritó Klein, dejándose caer al suelo de forma exagerada—. ?El demonio me está atacando!
—?Eso no es cierto! —gritó Zein, colocándose frente a Lyra.
La multitud empezó a avanzar. Los pasos se cerraban, las voces subían de tono. Meliora intentó contenerlos, interponiéndose, rogándoles calma, pero la marea humana no se detenía.
Justo cuando estuvieron a punto de alcanzarlos, una sombra se interpuso.
Kio.
Se colocó frente a los hermanos, firme, inmóvil. Su mirada recorrió a la multitud con una ferocidad silenciosa que heló el aire.
—No creo que deba aclarar —dijo con voz grave— que mi misión es protegerlos a ellos dos. Y, sin importar qué sean o qué crean, no permitiré que nadie les ponga una mano encima.
Nadie se movió.
Instintivamente, uno a uno, dieron un paso atrás.
El caos se disipó poco a poco. Tras un día entero intentando apagar el fuego sin éxito, se tomó la decisión inevitable: evacuar Ilmenor por completo.
Cerca de cinco mil personas desaparecieron ese día.
Sin más opciones, el ejército que quedaba de Ilmenor, junto con su gente, partió rumbo a una peque?a ciudad pesquera en la costa del coloso Sylvaris.
Durante el trayecto, el odio hacia los hermanos no hizo más que crecer.
Las miradas cargadas, los murmullos venenosos y los susurros a sus espaldas se volvieron constantes. Klein se encargaba de avivar ese rencor, sembrando palabras que prendían con la misma facilidad que las llamas negras.
Con el paso de las horas, ese resentimiento tomó forma. Surgió un grupo de “extremistas”, personas dispuestas a tomar a Zein por la fuerza y entregarlo al Imperio a cambio de salvar su propio pellejo. Entre ellos estaban Sennet y Zanna, ambos marcados por la pérdida de sus seres queridos aquel día.
Al día siguiente, la costa fue un hervidero de actividad. Desde el amanecer hasta el anochecer, los barcos de evacuación se preparaban sin descanso, acomodando a la gente como podían, contando cabezas, discutiendo espacios que nunca eran suficientes.
Zein y Lyra, junto con Kiomi, ayudaban donde hacía falta. No había tiempo para pensar, solo para moverse.
Ya casi era medianoche. El siguiente día sería A?o Nuevo.
La nieve comenzó a caer de nuevo, primero tímida, luego más constante, cubriendo la costa con un manto blanco que contrastaba con el humo lejano. Zein estaba ayudando a subir a los últimos refugiados cuando, de pronto, sintió un empujón violento en la espalda.
Cayó al suelo.
Antes de que pudiera incorporarse, varias figuras se cerraron a su alrededor. Un círculo de rostros tensos, miradas llenas de odio. Algunos querían golpearlo. Otros solo necesitaban a alguien a quien culpar.
Meliora reaccionó de inmediato. Se colocó frente a él, abriendo los brazos, usando la poca autoridad que le quedaba para intentar detenerlos. Habló, suplicó, ordenó.
No sirvió.
Un golpe seco le impactó el rostro. Meliora retrocedió un paso, llevándose la mano a la mejilla, más sorprendida que herida.
El muelle entero se quedó en silencio.
Entonces, una explosión sacudió el aire justo detrás del grupo.
La artillería del Imperio.
Los disparos ya habían alcanzado las afueras de la ciudad. Estaban cazando lo que quedaba del ejército de Ilmenor.
Aprovechando la confusión, Meliora arrastró el pie sobre la nieve y levantó una densa cortina de humo. Sin perder un segundo, tomó a Zein y lo sacó del círculo, alejándolo del peligro.
Corrieron hasta reunirse con Kio, Lyra y Kiomi, que los esperaban más adelante.
La ciudad se sumió en un caos absoluto.
La gente corría sin rumbo, buscando refugio donde fuera. Muchos se abalanzaban sobre los barcos de evacuación, que ya no tenían espacio suficiente. Algunos zarparon de inmediato, dejando atrás a quienes aún permanecían en el muelle, con los gritos ahogados por el viento y la nieve.
—Kio, hay un barco que preparé por si algo así pasaba. Está en una zona del muelle. Vamos a él, con eso saldremos de aquí —dijo Meliora mientras corrían entre la multitud.
—Claro, pero… ?a dónde iremos?
—Tengo varios conocidos en el coloso Mirathun. ?Los recuerdas, no?
—Sí.
—Entonces vamos.
El grupo, formado por Meliora, Kio, Kiomi, Lyra y Zein, avanzó como pudo entre la gente que corría de un lado a otro, presas del pánico. Los gritos se mezclaban con el estruendo lejano de la artillería y el crujir de la nieve bajo los pies. Detrás de ellos, el grupo de extremistas no se detenía, empujando, apartando a quien se interpusiera con tal de alcanzar a Zein.
Cuando por fin llegaron al barco del que había hablado Meliora, todos subieron con rapidez… todos excepto ella.
Justo cuando estaba a punto de dar el último paso, una mano se cerró alrededor de su tobillo. Uno de los extremistas la había alcanzado, aferrándose a ella con desesperación, negándose a dejarla ir.
—?Mamá, salta! —gritó Kiomi desde el barco, estirando los brazos con los ojos llenos de terror.
Meliora giró el rostro apenas un poco. Vio a la gente acercándose, los rostros endurecidos, las manos listas para sujetarla. Sintió la fuerza con la que aquel desconocido le retenía el pie. En una fracción de segundo, lo entendió todo.
Sin decir una palabra, empujó la balsa.
El barco comenzó a moverse, primero despacio, luego un poco más, alejándose de la orilla. Desde la cubierta, todos observaron cómo Meliora era atrapada por el grupo de personas, cómo su figura quedaba atrás, envuelta por el caos.
Zein reaccionó por instinto. Dio un paso al frente, dispuesto a lanzarse al agua, pero chocó contra algo invisible.
Una barrera.
Kio había levantado un muro protector alrededor del barco.
—?Kio! ?Quita la barrera ya…! —gritó Zein, con la voz quebrada.
Un disparo cortó el aire.
Uno de los extremistas había conseguido un rifle y disparó contra la balsa. El impacto resonó contra la barrera, que resistió, vibrando con fuerza.
Desde el muelle, las personas comenzaron a lanzarles todo lo que encontraban: piedras, trozos de madera, insultos cargados de odio y miedo. Les gritaban que regresaran, que volvieran por ella, que no huyeran.
Pero no podían hacer nada.
El barco siguió alejándose, lento e implacable, mientras la costa se hacía cada vez más peque?a. Kiomi cayó de rodillas, apretando los pu?os, incapaz de apartar la mirada. Lyra se aferró a Zein, temblando en silencio. Y Zein, con los ojos fijos en el muelle, sintió cómo algo se rompía dentro de él, un peso frío que se hundía en su pecho, dejándolo sin aire.
—?Mamá! —gritaba Kiomi, desconsolada, golpeando la barrera con las manos hasta que le ardían, como si pudiera romperla a pura fuerza.
Zein, fuera de sí, buscaba desesperadamente cualquier forma de salir del barco, empujando, forcejeando, negándose a aceptar lo que estaba pasando. Kio observaba la escena con los pu?os cerrados, las u?as clavándose en la piel. Por un instante se levantó, el cuerpo reaccionando antes que la razón, dispuesto a hacer algo, lo que fuera.
?No vayas?.
La voz resonó en su cabeza con una claridad cruel. Kio se detuvo en seco. Sus piernas cedieron y volvió a sentarse en la banca, rígida, incapaz de moverse. Desde ahí solo podía mirar cómo el grupo hacía con Meliora lo que quería, mientras ella permanecía atrapada en su propio juramento, impotente.
Al ver que la barca se alejaba cada vez más, la multitud comenzó a golpear a Meliora.
—?Si quieren que esté bien, vuelvan ahora mismo! —gritaban desde el muelle, con voces cargadas de rabia y desesperación.
Pero el barco no giró.
—?Kio! —gritó Meliora, reuniendo las fuerzas que le quedaban—. ?No vuelvan! ?Váyanse! ?Y… cuida a mi hija, te lo ruego!
Apenas esas palabras salieron de sus labios, los extremistas descargaron su furia con más violencia. Los golpes se volvieron brutales. Palos, piedras, cualquier cosa servía. Cada impacto hacía que su cuerpo se doblara un poco más, que el suelo pareciera acercarse.
Desde el barco, Zein y Kiomi lloraban hasta quedarse sin voz. Suplicaban, rogaban a Kio que hiciera algo, que los dejara ir, que los dejara salvarla. Pero Kio no se movió.
—Mi deber es cuidarlos a ustedes —respondió, con la voz tensa y los dientes apretados, como si cada palabra le desgarrara por dentro.
De pronto, el mundo cambió para Meliora.
Se encontró en una habitación cálida y acogedora, sentada sobre una cama suave. El crepitar de una chimenea llenaba el aire, envolviéndola en un calor tranquilo. En sus brazos sostenía a un bebé.
El llanto rompió el silencio.
—Ya, ya, mi ni?a… —susurró Meliora, meciéndola con cuidado—. Mami está aquí para ti.
Lucian apareció a su lado. Apoyó una mano en su hombro y le sonrió con una ternura que le hizo temblar el pecho, como si al fin pudiera descansar.
La habitación comenzó a desvanecerse lentamente, como un recuerdo al que ya no se le podía aferrar. Los bordes de las paredes se diluían en un blanco infinito, la chimenea perdía forma, el calor se volvía distante, irreal.
—Con que ya es mi hora, ?eh? —murmuró Meliora, girando el rostro hacia Lucian.
él no respondió. Su figura permanecía serena, casi etérea. Solo extendió la mano hacia ella, invitándola a avanzar.
Meliora bajó la mirada una última vez hacia Kiomi. Sus labios temblaron en una sonrisa suave, cargada de todo lo que no pudo decir.
—Me hubiera gustado… pasar más tiempo contigo, mi ni?a…
La habitación ya no era más que fragmentos inconclusos: un borde de la cama, el contorno apagado de la chimenea, como una pintura abandonada a medio terminar.
—Feliz a?o nuevo, cari?o —susurró Meliora, inclinándose para besar la frente de la bebé.
Entonces, todo se volvió blanco.
Meliora perdió el conocimiento.
Su cuerpo yacía hincado sobre la nieve, mientras las personas a su alrededor continuaban golpeándola sin piedad. Desde la distancia, Kiomi y Zein solo podían mirar, paralizados, llorando hasta quedarse sin aire, incapaces de hacer algo más que presenciarlo.
De pronto, entre la multitud surgió la figura de una mujer joven.
Un cilindro de metal se posó junto a la cabeza de Meliora, frío, preciso. Era un rifle, sostenido con firmeza por aquella mujer.
El estruendo resonó.
El sonido quebró el mundo por un instante. La multitud se estremeció, algunos gritaron, otros retrocedieron horrorizados.
El cuerpo de Meliora cayó sobre la nieve.
La sangre comenzó a extenderse lentamente, ti?endo de rojo la blancura que se había acumulado en el suelo.
Todos lo vieron.
Kio, Zein, Lyra y Kiomi.
Lo que presenciaron fue a Zanna, con el rifle aún apuntando, apretando el gatillo y sellando el destino de Meliora.
Casi al mismo tiempo, el ejército del Imperio irrumpió en la ciudad. El caos explotó. La multitud huyó despavorida, abandonando el cuerpo atrás. Algunos lo esquivaron al correr, otros pasaron sobre él sin mirar atrás.
Pero el cuerpo permaneció allí.
Solo.
La nieve siguió cayendo, cubriéndolo poco a poco, manchada de un rojo intenso, como una rosa marchita en pleno invierno.
Tras un largo rato, la barca ya se encontraba muy lejos del muelle. El mar la mecía suavemente, ajeno a todo.
El silencio que se apoderó de ella era absoluto.
Devastador.

