Los ojos de Feralynn se abrieron de golpe,
sus iris rojos palpitando débilmente, brillando como brasas.
Estaba empapada en sudor, los músculos tensos, la respiración rápida y superficial.
Sus u?as se habían clavado en el cojín del asiento, y su boca quedó abierta, jadeando como alguien arrancado del agua tras ahogarse.
Su mirada recorrió la cabina del tren, pero nada había cambiado.
La alfombra azul oscuro bajo sus botas.
La puerta corrediza de madera con su panel de vidrio esmerilado.
Las paredes oscuras y pulidas.
Afuera de la ventana, un cielo oto?al gris pasaba borroso, pueblos deslizándose como recuerdos que no le pertenecían.
La lluvia golpeaba suavemente el vidrio.
A su lado, su madre dormía profundamente, respirando lento y tranquilo,
ajena al silencioso desmoronamiento de su hija.
Debió haber sido el silbato.
El tren.
Ese grito agudo atravesando el campo.
Tal vez eso fue lo que la sacó del sue?o.
No sabía si maldecirlo…
…o agradecerlo.
El balanceo lento y rítmico del tren a vapor la empujó ligeramente hacia adelante.
“Necesito fumar”, murmuró entre dientes.
Volvió a mirar a su madre, serena, aún aferrando su bolso como si fuera lo último seguro que quedaba en el mundo.
“Mamá… descansa. Vuelvo enseguida.”
Su voz fue suave, casi culpable.
Apartó un mechón suelto del rostro de su madre, con los ojos llenos de una preocupación silenciosa que se negaba a salir a la superficie.
Luego, tomando la manta doblada cerca de sus pies, la acomodó con cuidado sobre los hombros de su madre, arropándola como si importara.
Salió al pasillo.
El tren estaba casi vacío.
Caminó en silencio, las botas susurrando sobre el suelo, hasta encontrar un vagón con una ventana abierta.
Del bolsillo de su abrigo sacó una caja de Stein’s, sus cigarros favoritos, y un zippo plateado grabado con la cabeza de un lobo.
Un regalo de su padre.
Con un chasquido, la llama brotó.
Un movimiento limpio.
Encendió el cigarro que había robado a uno de los pasajeros al subir y aspiró.
El humo se enroscó desde sus labios mientras su mirada se fijaba en el mundo más allá del vidrio, pueblos, colinas y hogares sin nombre deslizándose en silencio.
“Tan pacífico…”, murmuró.
Luego, una pausa.
“?Cómo hace la gente para vivir así?”
Más frío ahora.
Más amargo que curioso.
“No es que me importe. Da igual. Al menos conseguimos los pasaportes y los boletos de inmigración a tiempo…”
Cerca de allí, acomodado en un compartimento, un zumbido suave y crepitante salía de una radio.
Un elfo con un abrigo elegante bebía su café, leyendo el diario como si fuera una ma?ana cualquiera.
La voz de un presentador de noticias titubeó entre la estática:
“En los titulares de hoy: Las naciones de Soleria y el Imperio Velkaris han alcanzado un acuerdo de paz histórico, poniendo fin oficialmente a las tensiones tras la guerra de ocho a?os en los territorios humanos del sur. El Primer Ministro Jackoi Harsh se reunió hoy con el recién designado representante del Partido de la Rebelión en Lardron para cerrar los términos tras a?os de división…”
Feralynn bufó.
“?Paz, eh?”, murmuró. “Sí. Contame otro maldito chiste.”
Le dio una larga calada, exhalando despacio.
“Dales dos a?os. Apuesto a que vuelven a matarse entre ellos. Los trajes son todos iguales.”
Sus ojos volvieron al horizonte, pensativa un segundo de más.
“Ya casi llegamos a Larion…”, susurró. “No quiero ilusionarme…”
Una pausa más larga.
De esas que casi se quiebran.
“…pero dicen que es pacífico. Próspero.”
Y luego, más suave:
“Al menos mamá estará a salvo allí.”
Volvió a aspirar del cigarro, dejando que el humo se elevara,
y siguió observando el mundo pasar.
...
...
...
Más tarde.
El tren chirrió al detenerse con un silbato largo, un siseo pesado y una última explosión de vapor.
En la Estación Central de Larion, el andén de piedra vibraba suavemente con movimiento contenido.
Los pasajeros comenzaron a bajar de los largos vagones de hierro, elfos ajustándose las capas, enanos cargando mochilas de cuero gastadas, humanos tomando de la mano a sus hijos y gente con cuernos y ojos cansados buscando su próxima conexión.
Algunos estiraban las piernas tras horas sentados. Otros susurraban sobre direcciones, trabajos o dónde pasar la noche.
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Guardias con uniformes pulidos azul y plata vigilaban cerca, atentos pero sin intervenir.
Maleteros empujaban carros de equipaje junto a bancos donde una madre orca ataba bufandas alrededor del cuello de sus hijos.
Un gnomo con un maletín revisó su reloj y suspiró.
Era solo otra llegada. Nada especial.
Pero para muchos, era el comienzo de algo nuevo.
Entre la multitud, dos mujeres de cabello negro azabache pisaron el andén, una alta, la otra apenas más baja, con rostros que se reflejaban entre sí, separados solo por la edad.
Una tenía iris rojos como el filo afilado de una daga.
La otra, ojos marrones cálidos, suaves como una taza de chocolate caliente.
Los oficiales de inmigración esperaban cerca de mesas plegables, con las manos ocupadas entre sellos y papeles, llamando a los recién llegados de los vagones extranjeros.
Se había formado una fila, larga y serpenteante, compuesta por todo tipo de personas. Se llamaban nombres. Se pedían documentos. Se examinaban pasaportes.
Entonces, fue su turno.
La mujer adulta entregó los papeles.
Luego siguió otro formulario.
El registrador leyó los documentos sin apenas levantar la cabeza, sus ojos hacían todo el trabajo.
La mujer frente a él sonrió, los nervios asomando en las comisuras de su boca. La chica no. Su expresión se mantuvo plana, distante, tan ilegible que parecía ausencia.
THUD.
THUD.
“Bienvenidas a Larion. Por favor, sigan la fila.”
Un sello rojo de APROBADO cayó con fuerza sobre los papeles.
“?Siguiente!”
Recogieron sus documentos, levantaron sus bolsos y avanzaron.
Afuera, el aire era cortante, cargado del frío oto?al.
Humo de carbón salía de chimeneas y del tren, mezclándose con el aroma de piedra mojada y casta?as asadas de un vendedor cercano.
Carteles de madera colgaban de soportes de hierro negro, balanceándose suavemente con el viento, listando destinos en una docena de idiomas.
Un viejo altavoz crepitó sobre sus cabezas, su voz tan desgastada como el cielo:
“Bienvenidos a Larion. Los servicios de inmigración se encuentran en el andén este. Por favor, tengan sus documentos listos.”
Darina se volvió hacia su hija, con los ojos brillantes.
“Fer… no lo puedo creer. Por fin estamos aquí.”
Pero la chica no respondió.
Su mirada permaneció dura, fija en nada en particular, como si todavía estuviera en otro lugar.
Solo estiró la mano y tomó la de su madre.
La sostuvo.
No dijo nada.
Solo respiró,
una exhalación lenta y silenciosa que cayó en algún punto entre el agotamiento y un alivio frágil.
El peligro había quedado atrás.
?Pero la paz?
No.
No se sentía a salvo.
No estaba segura de que pudiera sentirse a salvo.
Tal vez nunca.
Lo único que sabía con certeza era esto:
Lo que sea que venga después…
lo van a sobrevivir.
Tras un viaje en los trenes públicos, las dos mujeres llegaron a un barrio acogedor. Las casas eran simples, de clase media, algunas un poco más modestas. Nada lujoso, pero tampoco en ruinas. Solo… normal.
Mientras caminaban, Fer cargaba las maletas, con los ojos atentos mientras analizaba el entorno. La paz se sentía extra?a.
Un chico orco saltaba en los charcos junto a su hermanito, riendo mientras el agua les salpicaba las piernas. Ni?os elfos pasaban en bicicleta, sus peque?as campanas sonando con tonos alegres. Un anciano humano se apoyaba contra una cerca, fumando una pipa, mientras un enano robusto en ropa deportiva trotaba cerca, su aliento volviéndose vapor en el aire frío del oto?o.
La respiración de Fer se mantuvo tensa, viejos hábitos. Sus oídos captaban todo: las risas, el crujir de las hojas, el rodar gomoso de las ruedas de las bicicletas, el chirrido de las ruedas de las maletas detrás de ellas, la respiración forzada del enano.
Cada. Maldito. Sonido.
“Creo que es aquí, cari?o”, dijo Darina, se?alando una casa modesta de una sola planta, con un porche vencido y un patio salvaje y descuidado. “Viviremos aquí por ahora. Cuando consiga un buen trabajo, tal vez podamos mudarnos a un departamento más céntrico. Te gustaría eso, ?no?”
Le sonrió a su hija, apenas teniendo que alzar el mentón para encontrarse con los ojos de Fer.
“Mamá, no quiero que te sobreexijas. Yo puedo conseguir un trabajo. Fácil.”
“Tonterías.” El tono de Darina se volvió firme, pero juguetón. “Vas a estudiar en la Escuela de Magia de Larion. Punto.”
Fer suspiró. “Está bien… pero si necesitás ayuda, estoy ahí.”
“Shhh, shhh, shhh.” Darina agitó la mano con fingida severidad. “Sos demasiado joven para el mundo laboral. La guerra no se compara con el infierno de un nueve a cinco.”
Se volvió hacia la casa, sacó una llave y abrió la puerta.
Adentro, la bienvenida no fue precisamente… cálida.
“Odio. El. Polvo”, murmuró Fer al entrar a la sala de estar.
Telas de ara?a colgaban de las esquinas. Viejas cajas de cartón estaban apiladas como recuerdos olvidados. Una gruesa capa de polvo cubría todo, dándole al lugar el aspecto de una tumba abandonada. Al menos los sillones estaban cubiertos con sábanas blancas.
“?No creés que tu tía podría haber… no sé, al menos contratado a alguien para limpiar?”, preguntó Fer, mirando de reojo el caos.
Darina suspiró, llevándose una mano al rostro. “Es una vieja lenta, con peor memoria que la mía…” Miró una caja metálica oxidada en los bordes sobre la mesa de centro. “Bueno, al menos tenemos un espejo flotante para ver algo de tele mientras tanto…”
Luego aplaudió, recuperando su alegría habitual. “?No importa! Un par de tazas de café y damos vuelta este lugar. Vos llevá las valijas a los dormitorios, yo voy a intentar hacer funcionar la cocina sin volar el techo.”
A pesar del cansancio, Fer sonrió. Apenas. Solo un poco. No lo entendía, cómo su madre se mantenía optimista pasara lo que pasara, pero siempre le quitaba algo pesado de los hombros.
Tal vez no lo entendía, pero lo apreciaba. Muchísimo.
Llevaron horas, y una dosis de cafeína suficiente como para matar a un elefante, dejar la nueva casa en condiciones. No brillaba, pero era habitable. Madre e hija, exhaustas por la limpieza, se dejaron caer sobre el sofá rojo en el centro de la sala.
Feralynn notó algo de le?a apilada en la vieja chimenea. Desde donde estaba sentada, levantó perezosamente una mano, extendió el dedo y lanzó una peque?a llama. Los troncos prendieron al instante, crepitando con vida.
“Mamá…”, murmuró, con los ojos fijos en el fuego creciente. “?Creés que me va a ir bien en la escuela?”
No era propio de ella mostrarse vulnerable. Pero todo estaba cambiando. Y por una vez, necesitaba algo más que una soldado con un escudo antidisturbios para protegerla, necesitaba algo más suave. Algo más cálido.
Darina estiró la mano y tomó la de su hija. Vio el brillo de lágrimas detrás de esos iris rojos.
“Cari?o”, dijo con suavidad, “te va a ir bien. Lo sé. Vas a cometer errores, probablemente muchos. Venís de un mundo que la mayoría de estos chicos no puede imaginar, y es tu primera vez en una escuela de verdad.” Rió suavemente. “Conociendo tu carácter, no me sorprendería que termines en la oficina del director después de tu primera pelea a pu?os.”
Sonrió ante el recuerdo.
“Pero pase lo que pase, no voy a enojarme. Voy a entenderlo porque te amo, cari?o.”
Feralynn no respondió. Las lágrimas se soltaron, silenciosas y limpias. No sollozó, no aspiró fuerte, solo se inclinó y abrazó a su madre con fuerza.
Darina parpadeó, un poco sorprendida al principio, y luego sonrió, pasando una mano por el corto cabello negro de su hija, con suavidad y amor.
“Vamos a estar bien…”
Fer solo resopló, por fin quebrándose.
“?Y si vuelvo a matar a alguien?”
“Shhhh, shhh. No lo vas a hacer. Nadie va a intentar matarte.” Dijo, mientras le daba suaves palmadas en la espalda. “Ya no estás en peligro, cari?o…”
Se quedaron así. Fer siguió llorando, en silencio. Su madre solo la sostuvo. La sostuvo como si fuera la última chispa de alegría y tristeza que le quedaba. Porque tal vez… lo era.
“Ahora estás a salvo…”
Solo el fuego de los troncos ardiendo habló por ellas, mientras el silencio cerraba la habitación.
?

