Feralynn no se atrevía a iniciar la conversación. Romina seguía sonriendo con esa amabilidad serena que era a la vez reconfortante y asfixiante, mientras la chica, con el ce?o fruncido, mantenía los ojos fijos en los zapatos perfectamente pulidos de la elfa frente a ella.
Los pu?os seguían tensos. La mejilla mordida por dentro. Y el maldito tic-tac del reloj en la pizarra no ayudaba en nada.
?Qué carajos se supone que tengo que decir? ?Hablo yo primero o habla ella?
No fue hasta que su profesora por fin rompió el hielo.
“?Cómo estás hoy?”
La pregunta le levantó la mirada a Fer de golpe. La sorprendió, como un hechizo de toque. Con la boca entreabierta, sintió que la garganta se le cerraba, ahogándole las palabras. Tragó saliva, intentando hacer espacio en el esófago.
“Bien.”
Solo un adjetivo. Corto, seco. Duro. Como un cuchillo de cocina entrando en carne blanda y viva.
Romina mantuvo su expresión serena, apaciguadora. Sonrió con la paciencia de una santa. Fer notó el detalle: ya no la llamaba leona. Solo por su nombre real.
“Es una buena noticia, Feralynn. Dime, ?qué te hizo sentir bien hoy?”
Las manos sudadas de la chica juguetearon con ansiedad con el borde de las mangas del uniforme, retorciendo la tela azul marino oscuro sin darse cuenta.
“Bueno… hoy no pasó nada malo.”
Romina asintió. No tomó notas. No las necesitaba. Sus ojos marrones no dejaron de estudiar el rostro confundido y nervioso de su alumna. Apenas movía una pierna, expectante ante la persona asignada a ella y a quien, voluntariamente, había decidido guiar.
Fer nunca había estado en una charla así. Su única referencia venía de series y películas reflejadas en el espejo de su casa, donde los interrogadores escribían frenéticamente mientras el otro hablaba, fríos, clínicos, distantes.
“?Te refieres a que un día solo puede ser bueno si no pasa nada malo?”
Feralynn desvió la mirada, incapaz de sostener la conversación. El salón se sentía demasiado silencioso, sin distracciones, sin música, con nada más que el sonido de su propio pulso. La estática de sus pensamientos era lo único que llenaba el aire.
“Yo… no lo sé.”
Romina inclinó apenas la cabeza, paciente.
“?Y tus amigos? ?Estuviste con ellos hoy?”
“Sí. Siempre estoy con ellos.” Sonrió, vagamente. “Bueno, excepto cuando estoy en casa. Aunque normalmente paso las tardes con—”
“?Annya, verdad?”
La interrupción la dejó sin palabras un segundo. Frunció el ce?o y asintió, en un silencio que le costó sostener. Romina sonrió con nostalgia, soltando un suspiro por la nariz.
“Tienes mucha suerte. Muchos matarían por tener una amiga como ella en la escuela. O en la vida.”
Por fin Fer pudo sostenerle la mirada y notó en los ojos de la profesora el mismo sentimiento que le corría a ella por dentro: una melancolía compartida, cálida y filosa. Tragó saliva y cambió el foco, la curiosidad tomándole por completo.
“?Tú… tenías amigos?”
“Haaah~…”, exhaló Romina, y los recuerdos de los a?os en que ella llevaba ese mismo uniforme que la chica frente a ella le inundaron de golpe, con sabores y texturas que la abrumaron. “?Sí! Claro que sí. Un grupito. éramos los más desastrosos de la clase, seguro Smiley y Tony nos castigaron cien veces.” Soltó una risita baja. “Algunos todavía trabajan por la escuela.”
Más liviana por dentro, Fer preguntó de nuevo, olvidando por un momento que, al final, las preguntas eran para ella en realidad.
“?Como el profesor Bernt? Lo he visto coqueteándote en los pasillos varias veces.” Sonrió antes de querer hacerlo. “Me encanta ver su cara de derrotado cuando lo cacheteas.”
Las dos se rieron, un sonido breve compartido.
“Ash, ni se te ocurra mencionar a ese sinvergüenza ahora”, fingió fastidio Romina, torciendo el rostro en una rabia que rápido se ablandó en sonrisa. Decidió cambiar de tema, como quien limpia una ventana para que no se cuele un recuerdo desagradable.
“Sabes, te he visto mucho con tu amiga panadera. ?Cómo te sientes cuando estás con ella?”
Las mejillas de Feralynn se incendiaron: primero un rosa pastel, luego un rojo intenso, como el color de sus ojos.
“Yo, uhh. Me siento… ?bien? Supongo”, tartamudeó, desconcertada. “Q-Quiero decir… me gusta estar con ella. No me siento sola cuando está cerca.”
Apartó la mirada. Sus dedos tironearon la manga, estirándola entre los dedos por reflejo. Romina fijó la vista en ese gesto diminuto.
“?Sueles sentirte sola?”
Otra pregunta le cayó encima como un reflector encendiéndose: la dejó en el centro de un escenario vacío que, aun así, se sentía lleno.
“Sí… en casa. Cuando no ayudo a mamá en la florería, o cuando no estoy con Annya, me siento sola. No sé qué hacer. Intento dormir, pero… cada vez me agarran pesadillas horribles. Es una mierda. Una maldita mierda.”
“?Qué haces en esos momentos?”
“Me gusta ir al bosque a entrenar. Pero tengo que irme lejos, no quiero que mi fuego queme los árboles. Mamá se pondría muy furiosa si vuelve a pasar.”
Romina asintió lentamente.
“Podrías hacerlo en la arena de combate. Es grande, y dudo que Sebastian se niegue a darte algunos mu?ecos de práctica. Dime, ?qué más te gusta hacer cuando estás sola?”
Fer parpadeó. Dudó. Luego estiró la mano hacia la mochila al lado de la silla y, con timidez, sacó tres mangas. Sus portadas brillaron bajo la luz dorada de la tarde.
“Cuando me siento sola, yo… también leo mangas.” La voz se le hizo más peque?a, casi tímida. “No me gusta hacerlo en clase. No quiero que la gente se ría de mí. A Annya no le gustan los que yo elijo.”
Pasó el pulgar por una portada donde el protagonista, espada en mano, decapitaba a un monstruo entre manchas rojas.
“Pero a Jax le encantan, los leemos en el recreo o en el autobús.”
Romina hizo un gesto amable para que se los pasara y los tomó uno por uno con una sonrisa que mezclaba sorpresa y cari?o.
“Berserk, Fire Punch, Jujutsu… ?Kaisen?”, murmuró la profesora sonriendo mientras revisaba las portadas coloridas. “Suenan como nombres de hechizos poderosos.”
“??Verdad que sí?!”, Feralynn se agitó en la silla, emocionada como una nena mostrando un dibujo. “?Son jodidamente brutales, me encantan!”
Romina levantó la vista, viéndola feliz por primera vez desde que había entrado. Abrió un tomo y arqueó las cejas ante las ilustraciones: personajes despedazando criaturas demoníacas, paneles explícitos de tripas, batallas al aire libre con sangre por todas partes en composiciones complejas de combate.
“Veo que de verdad disfrutas la acción”, observó, cerrando los mangas y dejándolos sobre la otra silla. “Dime, ?te da miedo que se burlen de ti por leerlos?”
La luz del rostro de la chica se apagó al instante, su sonrisa amplia se volvió un ce?o dolorido. Asintió despacio, pesada.
“Sí… yo, em… noté que mucha gente no se me acerca a hablar.” Apretó los pu?os. “Una vez, caminando con Annya en el patio, escuché a alguien decirme ‘la bicha rara de fuego’. Quise romperle la cara a ese imbécil de mierda.”
Romina asintió, seria, recordando el peque?o incidente de la primera clase que había presenciado: el fuego fuera de control, Fer en el ba?o con los ojos llenos de rabia y terror puro. Las lágrimas en su mejilla, los sollozos ahogados en el pecho cuando Romina la abrazó para calmarla ese primer día de escuela.
Abrió la boca para volver a preguntar, pero la interrumpieron.
“Profesora”, dijo Fer con firmeza, arrastrando las palabras. “Tengo estas sesiones contigo porque hice algo malo, ?verdad?”
“Feralynn, no has hecho nada—”
“No mientas”, la cortó la chica, conteniendo la rabia con muchísima dificultad. “No me mientas. He visto cómo Astera me mira de reojo cuando paso, cómo tú me prestas más atención en clase. ?Ustedes creen que soy estúpida? ??Ah?! Hasta los payasos gemelos me observan a veces.”
Se puso de pie, casi tirando la silla hacia atrás, y levantó la remera y la cartera escolar para mostrar la marca quemada al borde del abdomen.
“?Smiley no me puso esta mierda por nada!”, casi gritó, con la cara furiosa, los ojos a punto de llorar.
Silencio. El reloj siguió devorando segundos. Romina no habló. Solo la miró, con algo entre miedo y compasión. La luz de la tarde pareció volverse gris.
“…”
“Quiero que me digas la verdad”, le ordenó Fer a su profesora, tapando el tatuaje quemado en su piel joven. “?Qué hice mal…?”
La pregunta se le escapó con el dolor de alguien que ya no sabe dónde pertenece. Cargaba la sombra de ser un arma cargada, temida incluso por quienes decían ayudarla. No podía disfrutar el calor de su nueva vida sin sentir el frío de la vieja. Cada ma?ana, frente al espejo, la impotencia de no poder desprenderse del pasado le devolvía la mirada.
Seria, Romina supo que si quería ayudar tenía que dejar de esconderse. La tentación de mentir le chisporroteó en la mente, el viejo reflejo de ahorrarles a sus alumnas problemáticas el peso de la verdad. Sin embargo, esta chica no era una alumna más. Ninguna había llevado jamás una marca como esa, grabada en carne viva.
Acorralada, como si el ring se cerrara a su alrededor, la profesora dejó escapar un suspiro pesado. Su voz, antes suave, bajó de temperatura: fría. Cortante. Se le habían acabado las excusas que pudieran tener sentido.
“Siéntate. Por favor”, ordenó.
Feralynn notó el cambio repentino. Supo que por fin iba a conseguir respuestas. Obedeció, inclinándose hacia adelante en la silla, sin parpadear. Romina cerró los ojos, acomodando las palabras. Cuando los abrió, la verdad salió.
“En tu primera demostración con la joven Miria, no hubo un accidente con el mu?eco gigante de Smiley. Las dos trabajaron fantásticamente bien juntas para derrotarlo.” Desvió un poco la mirada, recordando lo que los directores le habían contado. “Nunca había visto dos alumnos de primer a?o con un maná tan poderoso y tanta habilidad en combate…”
“Entonces dime. Dime qué fue lo que pasó en realidad”, exigió la chica furiosa, con la voz quebrándose por la tensión. “No quiero perder más tiempo con esta ridícula charla.”
Romina la estudió con precisión quirúrgica, como si eligiera con cuidado la herida exacta que necesitaba abrir.
“Casi asesinaste a Miria Frostweaver a sangre fría, con tus propias manos.”
La revelación la golpeó como una lanza helada. Feralynn se quedó en silencio.
Se le fue el color de la cara. La náusea le subió a la garganta. Una cascada fría de sudor le corrió por la frente mientras el aire le raspaba la garganta. La mente le giró salvaje, buscando un lugar donde esconderse. Recordó la sonrisa de Miria en la enfermería, la voz temblorosa de la chica a la que quería acercarse, aunque nunca supiera cómo.
“Yo… ?qué?”
La pregunta le salió rota, hueca. Se quedó congelada, con los ojos muy abiertos, la mirada perdida en un punto que no existía. Un dolor agudo le atravesó el cráneo, una migra?a punzante expandiéndose como fuego detrás de los ojos. Gritó, agarrándose la cabeza, temblando.
Las imágenes volvieron: el salón de entrenamiento, el aire espeso de calor, los pu?os ardiendo rojos, el cuerpo de Miria desplomándose, el hilo fino de sangre corriéndole desde la frente. Y, por encima de todo, los hilos dorados de Smiley brillando en la semioscuridad, sujetándola antes de que diera el golpe final.
Quería vomitar. Correr. Borrarse del mundo. Romina la observaba con una angustia contenida, sin saber si acercarse o dejar que se rompiera sola.
La respiración de Fer se volvió caótica; el pecho se le alzaba en oleadas de pánico, el corazón golpeándole las costillas, los oídos zumbándole como si todo el aire de la sala hubiera desaparecido.
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“N-No… no, no, nonono—?NO!” gritó horrorizada, con la voz hecha trizas. “?Y-YO NO LE HABRíA HECHO ALGO ASí!”
El eco de su grito rebotó contra las paredes, destrozando el silencio. La marca en su abdomen ardió viva, como si el fuego maldito dentro de ella recordara mejor que su mente lo que había pasado.
Se agarró el estómago y se dobló. El dolor le atravesó el cuerpo como electricidad, y un alarido se le arrancó de la garganta. La marca ardió con más fuerza, brillando bajo el uniforme, latiendo al ritmo frenético de su corazón. La energía se le drenó. Náuseas, mareo, la fuerza del cuerpo cortada por el sello.
Cayó de rodillas. El piso la recibió con un golpe sordo. El aire se le quebró en jadeos ásperos, el pecho convulsionando fuera de ritmo, el aire negándose a entrar.
Romina se puso de pie de golpe, con el corazón en la boca, y se arrodilló frente a ella.
“Hey, hey. Respira. Mirame—Fer, mirame. Respira—”
Su voz era suave, pero temblorosa, intentando atravesar la tormenta. Feralynn apenas levantó la mirada; ojos vidriosos, lágrimas temblando al borde.
“Hey… está bien. Todo está bien. Mirame. Respira, cari?o, respira…”
Fer lo intentó. Jadeó. Tosió. El aire no entraba.
El pulso le martillaba en los oídos como un tambor. La visión se le cerró en un túnel oscuro, dejando solo el recuerdo: pu?os ensangrentados golpeando una y otra y otra vez a la chica de cabello blanco que peleaba por su vida.
No podía pensar. No podía parar. El cuerpo le temblaba, el estómago se le apretaba, el gusto metálico llenándole la lengua. Las palmas intentaron invocar fuego, pero todo su maná estaba siendo drenado.
Romina le sostuvo las mejillas con ambas manos, obligándola a mirar. Sonrió apenas, con una ternura hecha de pánico y lágrimas resbalándole por la cara.
“Shhh… cari?o. Hey, estás bien. Miria está bien. Cari?o, mirame, ?sí? Por favor, Fer, por favor solo mirame. Estamos bien, todo está bien. Estoy acá. Fer, estoy acá.”
Pero la profesora también estaba llorando. Las lágrimas le caían sin freno, deslizándose por su rostro mientras intentaba mantener a la chica entera en ese desastre de respiraciones rotas.
Al final la abrazó con fuerza. Feralynn se derrumbó contra su pecho, sollozando, empapada e inconsolable. El cuerpo se le convulsionaba con cada sollozo, con cada descarga eléctrica desde el abdomen. Los dedos se aferraron al abrigo de la profesora como si fuera un ancla al mundo.
Romina la sostuvo en silencio, sintiendo los temblores atravesándola, el fuego bajo la piel, el miedo crudo de una chica que recordaba demasiado, que dolía demasiado.
Pasaron minutos en silencio, ba?ados por la luz de la tarde. Romina le acarició el cabello negro, dibujando círculos suaves con los dedos en el cuero cabelludo, palmeándole la espalda con ritmo. El frente de su blusa estaba húmedo, tibio con cada exhalación de la chica.
Empezó a tararear una canción de cuna. De a poco, la respiración de Feralynn comenzó a calmarse.
“Eso es… déjalo salir. No fue tu culpa.” Le levantó la mirada destrozada, sonriendo suave, limpiándole las lágrimas. “No lo fue. Ya terminó, querida. Ya terminó.”
Fer solo pudo sorber la nariz, hipando entre los restos del llanto. Cerró los ojos cuando su profesora le secó la mejilla con un pa?uelo de seda. Romina se lo sostuvo en la nariz y la hizo sonarse fuerte.
La profesora se limpió la cara con la manga del abrigo negro. Sonrió, aliviada de ver a la chica más tranquila.
“?Mejor?”
Sin palabras, Fer solo asintió. Volvió a apoyar la cara contra el pecho de la mujer.
“No quise… de verdad no quise hacerle eso...”
“Shhh, lo sé. Sé que no quisiste. No fue tu culpa—”
“Soy una… soy un monstruo de mierda…”
“Ay, cari?o. No digas eso—”
“?ES VERDAD! ?HICE COSAS HORRIBLES, MUCHíSIMAS! ?NO MEREZCO ESTO, NO DEBERíA ESTAR VIVA!”
Una vez más, Romina la sostuvo con fuerza, preparándose para otra tormenta.
“Estamos acá para ayudarte—”
“?NO SABéS LA MIERDA QUE HE HECHO! ??ENTIENDES?! ?NO MEREZCO ESTAR VIVA!”
“Sí, Fer… sé lo que hiciste. Astera y Smiley ya me contaron todo. Has pasado por tanto, querida…”
Feralynn se apartó de ella, horrorizada.
“?Cómo… cómo lo saben?”
Romina intentó acercarle la mano a la cara para acariciarle la mejilla, pero Fer se echó hacia atrás por instinto, con los ojos bien abiertos todavía congelados en el terror. La profesora suspiró.
“Hablaron con tu madre. Acordamos que tendrías estas sesiones para que pudiéramos ayudarte. No te lo dijimos porque sabíamos que te negarías a venir.”
Aprovechó la inmovilidad atónita de la chica para sostenerle las mejillas, levantándole la mirada.
“Lo que pasó fue un accidente. No te van a expulsar, y nadie más tiene por qué saber lo que ocurrió.”
Hizo una pausa para que las palabras se asentaran.
“No estás sola… tienes a tu madre, tienes a Annya, Rose, Jax. Me tienes a mí. Y también tienes a Miria. Sí mereces vivir. Sí mereces esta nueva oportunidad.”
Feralynn dejó caer la cabeza por completo cuando Romina la soltó. Se quedó inmóvil, arrodillada en el piso, en silencio, durante un par de minutos.
“…?Cómo sé que puedo confiar en ti? ?Cómo sé que no se lo vas a decir a alguien más?”
Romina parpadeó. En ese instante entendió el miedo detrás de la pregunta: la chica no solo temía ser juzgada, temía quedar expuesta. Ya era la alumna callada, la rara, la que casi todos miraban de reojo. Si su pasado salía a la luz, no quedaría nada de lo poco que había construido hasta ahora.
La elfa sonrió con suavidad, inclinándose un poco más cerca. Los dedos se alzaron para apartarle un mechón rebelde antes de dejarlo caer de nuevo, suave, sobre la frente.
“Existen hechizos especiales que no necesitan catalizador ni pergaminos”, murmuró. “Se llaman juramentos. Y duran toda la vida.”
Tomó con delicadeza la mu?eca de Feralynn entre las manos. La piel cálida y marcada tembló con el contacto.
“Cuando dos almas juran un juramento, sus cuerpos quedan atados por un contrato invisible. Y romperlo… trae un castigo severo. Magos y blancos los han usado durante siglos para potenciar su magia o su fuerza física, pagando un precio equivalente a cambio. Pero lo que la mayoría no sabe… es que también se usan para guardar secretos.”
Romina pasó el pulgar por las cicatrices de la chica, trazándolas como si dibujara un sigilo antiguo.
“Estoy dispuesta a hacer un juramento contigo”, dijo en voz baja, el tono grave y solemne. “Prometo mantener tu secreto a salvo. Y si algún día lo rompo…”
Levantó la mirada. En los ojos llorosos y atentos de Feralynn, la luz dorada del aula parecía arder con la misma intensidad que su promesa.
“…perderé toda mi magia. Para siempre.”
Fer jadeó, el incredulidad cortándole el aire a mitad del pecho.
“?Qué—? ?Harías eso… por mí? ?Pero por qué?”
Romina soltó una risita suave, apenas un soplo de calidez atravesando el silencio.
“Quiero que confíes en mí. Si esto es lo que hace falta, no voy a dudar.”
Le dio un golpecito leve en el hombro con el pu?o, con una sonrisa a la vez gentil y firme.
“Vamos. Las leonas se cuidan entre ellas. Te quiero en la manada.”
Feralynn bajó la mirada, limpiándose lo que quedaba de lágrimas y mocos con el pa?uelo de seda. Respiró hondo, tosió para estabilizar la voz.
“Quiero hacer el juramento contigo.”
Romina asintió, con los ojos brillando de una determinación que no necesitaba palabras.
“Dame tu mano. Tomá y sostené mi mu?eca. No la sueltes.”
Se sujetaron las mu?ecas derechas, un agarre firme y tibio. Bajo la luz dorada que entraba por las ventanas, Romina comenzó el ritual.
Su voz se profundizó, más grave, resonante, con un poder antiguo que parecía vibrar en los cimientos mismos del aula.
“Por el fuego que forja y consume, por la sangre que ata y recuerda, yo, Romina Aurora Dove, pongo mi magia al filo de este juramento. Ante la mirada de los dioses, juro guardar el secreto de Feralynn Blackwood.”
Mientras hablaba, un resplandor tenue empezó a florecer entre sus manos unidas. El dorado viró a escarlata, luego a blanco, la técnica antigua tomando forma.
“Si alguna vez rompo mi palabra, que mi poder se apague en el vacío, que mi nombre pierda su eco, y que el silencio reclame mi voz.”
El aire vibró. El reloj en la pared pareció detenerse.
“Por, y para siempre. Juro este juramento.”
Feralynn sintió calor expandiéndose por la piel, un pulso que le corrió desde la mu?eca hasta el pecho. La marca en su abdomen se encendió, ardiendo un instante antes de aflojar, como si reconociera el pacto.
Romina le apretó la mu?eca una última vez antes de soltarla.
“Listo.”
El resplandor se desvaneció lento. Solo quedó su respiración. La mujer le mostró la mu?eca a Fer, girándola apenas. Un símbolo, labios sellados atravesados por una espada, ardió un segundo sobre la piel antes de desaparecer por completo.
“Ahora”, dijo Romina en voz baja, solemne, “tu secreto está a salvo conmigo.” Le gui?ó un ojo, juguetona.
La chica se quedó muda, mirando la runa como si el momento se hubiera estirado. Sin pensarlo, sonrió y rodeó a Romina con los brazos.
“Gracias… gracias…”, murmuró, con la voz temblándole entre sollozos.
Romina se dejó atrapar, el rostro ablandándose con un cari?o silencioso. La sostuvo con suavidad, y cuando se separaron, miró el reloj en la pared, recordando el tiempo.
“Todavía no terminamos. Me temo que el cuestionario no ha terminado. En sesiones posteriores me gustaría que probemos un ejercicio especial, pero solo cuando de verdad te sientas lista.”
“Sea lo que sea,” dijo Fer, apoyando la barbilla sobre el hombro. “Terminemos con esto. No creo que mis ojos estén secos, ja...”
Las dos rieron—un sonido roto, pero alivió el aire. Romina soltó el abrazo y volvió a mirarla, seria ahora.
“?Has oído hablar de los hechizos 'Estilo final'’? Es algo que se ense?a en a?os posteriores.”
Feralynn frunció el ce?o, confundida.
“He oído un poco, sí. Solo sé que son como ataques ‘definitivos’ o algo raro.”
Romina negó con la cabeza, con media sonrisa en los labios.
“Más o menos, pero no son solo ataques. Cada mago de Rango A o superior tiene su propio Estilo Final. Cada uno es único. ?Sabes por qué los directores me pusieron en la sección de psicopedagogía?”
Fer alzó una ceja, expectante. Sonrió de lado.
“?Porque sabes hacer llorar a la gente como bebés?”
La mujer soltó una risita por la nariz.
“Sí, soy buena en eso. Pero no por ese motivo solamente. El mío me permite viajar al alma y a la mente de alguien. Es… una especie de portal mental al pasado.”
Feralynn se quedó en silencio. La idea cayó con peso y claridad; ya sabía hacia dónde la estaba llevando.
“Así que quieres que viajemos a mi pasado…”
Romina asintió tres veces, el gesto cargado de cautela.
“Sí. Exacto. Es algo que venía planeando para sesiones posteriores contigo. Feralynn, sé que cargas heridas profundas y una culpa insoportable. Cuando estés lista, quiero que lo intentemos.”
Los hombros de la chica se tensaron. La respiración se le acortó, medida, contenida; las yemas de los dedos le temblaron al imaginar volver atrás. Inhaló hondo.
“Quiero intentarlo ahora mismo.”
“Momeeeento, espera, leona. Acabas de pasar por algo crítico hace unos minutos, y no quiero—”
“Profesora,” interrumpió Fer, firme. “Si no hago esto ahora—si y-yo no enfrento lo que pasó… el accidente con Miria podría repetirse. Podría lastimar a Annya… Nunca me lo perdonaría si lo hiciera.”
Romina se mordió el interior de la mejilla. La preocupación en sus ojos era pesada. Sabía lo que le habían dicho: Feralynn había crecido en un país en guerra. Criada por un hombre buscado por la ley. Pero las historias y las palabras nunca llegan tan lejos; nada se compara con lo que queda tallado en la carne y en la memoria de quien lo vivió.
“Vamos a estar dentro de tu alma. De tu psique,” advirtió Romina, con la voz baja. “No va a ser un viaje agradable, ?sabes?”
El corazón de Feralynn martilló dentro del pecho. Las piernas le temblaron; el suelo se sentía demasiado inestable para sostenerla.
“Estoy cansada de huir.”
Alzó el mentón para hablar.
“Llévame.”
Romina tragó saliva. Observó de cerca a la alumna que tenía delante—temblando, sí, pero con los ojos firmes, ardiendo con una determinación que no había esperado tan pronto. Había planeado ese ejercicio para semanas después, cuando el espíritu de la chica estuviera más tranquilo. Pero la mirada de Fer era la de alguien que ya no podía soportar el peso del pasado.
En un destello de memoria, Romina vio el rostro ensangrentado de Miria, los ojos furiosos de Astera, el silencio oscuro de Smiley—el títere que rara vez dejaba de sonreír. Recordó los hilos dorados, tensos, advirtiéndole lo que había ocurrido de verdad.
“De acuerdo…” susurró por fin.
Feralynn observó cómo la mujer se giraba hacia su bolso y sacaba un par de guantes catalizadores. Se los puso con calma; los símbolos grabados se encendieron al tocar su piel.
“Necesito que te quedes quieta,” dijo Romina, juntando las manos en un gesto arcano. Su voz cambió—más baja, solemne. “última advertencia, leona. ?Estás segura de querer hacer esto ahora? Nadie te está obligando. No te voy a juzgar si te vas. Como ya repetí, este es un ejercicio profundo, planeado para más adelante, en semanas… o meses.”
El labio inferior de Feralynn tembló. Por un instante, el miedo amenazó con quebrarla. Pero apretó los dientes, frenó el temblor y dio un paso al frente.
“…Estoy segura.”
Romina asintió despacio. Cerró los ojos. El aire se espesó—pesado, inmóvil.
“Estilo Final.” murmuró.
La aguja del reloj de pared tembló, y luego se congeló. El silencio se volvió absoluto. Feralynn sintió energía reunirse en el aire, una presión invisible haciendo vibrar los vidrios de las ventanas.
Un estallido de maná brotó desde el centro de la sala, ondulando hacia afuera. Feralynn se cubrió la cara; el pelo le azotó con un viento etéreo mientras todo el aula temblaba. Los mangas salieron volando. La oleada pasó. Silencio otra vez.
Abrió los ojos. Nada había cambiado. La sala se veía igual. La mochila seguía en el piso. Romina estaba frente a ella, inmóvil, con las manos unidas, como si el tiempo no la hubiera tocado.
“Eeeh… ?Profesora? ?Qué se supone que—?”
No terminó. En el momento en que dio un paso adelante, el suelo se volvió líquido.
El aire se quebró con un chillido cristalino mientras la habitación empezaba a disolverse. Las paredes sudaron oscuridad. Romina se hundió primero, el cuerpo tragado por un remolino invisible.
“?PROFESORA!” gritó Fer, tropezando hacia atrás—pero el vacío la reclamó a ella también.
El aula desapareció. La luz desapareció.
Feralynn cayó.
Un abismo oceánico la tragó por completo. Oscuridad sin fondo; el cuerpo se hundía sin esfuerzo, ingrávido. Intentó gritar, pero no salió ningún sonido entre las burbujas del agua. Un resplandor pálido se alzó desde las profundidades—como una luna muerta en el fondo del mar. Cayó hacia él. Cerró los ojos justo antes del impacto inminente.
?SPLAAASSHHH!
El golpe del agua la arrancó del silencio. Tosió, jadeó una y otra vez buscando aire. Salió a la superficie desde una pileta negra y espesa que se desvaneció a medida que trepaba hacia afuera—empapada, pero seca. Ni un solo mechón mojado. Ni una arruga en el uniforme.
Parpadeó. Todo era blanco. Un lugar sin horizonte. Sin cielo. Sin suelo.
Arrastrándose, logró ponerse de pie. El aire olía a nada. No había sombras.
Frente a ella estaba Romina, con las manos en la cintura, inmóvil—como si hubiera estado esperando ahí desde siempre.
Feralynn dio un paso hacia ella, confundida. Y entonces lo vio.
Un corazón colosal se alzaba detrás de Romina. Rojo oscuro, agrietado, tallado con heridas que todavía sangraban un líquido negro, como tinta. Latía lento, y cada latido hacía temblar el vacío.
“?Qué carajos es… eso?” balbuceó, incapaz de apartar la mirada.
Romina le apoyó una mano en el hombro, con los ojos fijos en el gigante palpitante.
“Eso, leona,” dijo suave pero con una fuerza tranquila, “es tu alma.”
“Sinceramente… esperaba algo muchísimo peor que esto”, exclamó Feralynn. “Aunque, no me voy a quejar...”
Con la boca abierta, Feralynn se atrevió a tocar una grieta luminosa que brillaba. Cuando sus dedos se acercaron, la luz estalló—cegándola por completo.
Abrió los ojos. Solo para ver nieve, ruinas, el eco de una ciudad colapsando. Cerca, una ni?a peque?a lloraba tan fuerte que parecía capaz de romper vidrio.
“Tranquila, tranquila. Los bombardeos ya terminaron…”
Una voz masculina profunda que conocía la congeló en el lugar. Despacio, se giró.
Un hombre sostenía a la ni?a en un callejón angosto; ambos con el mismo color en los ojos, el mismo pelo oscuro.
“?Papá?”
…
…
…
?

