Tras los pasos de aquellos que seguían a los que seguían, siguió la noche. Apenas llegaba ya claridad por el oeste cuando Bach decidió detenerse debido a la insistencia de Elur por cenar. El menú era lo que menos le preocupaba, ya que el huargo parecía tener un don para la caza; pero el viento indicaba que iba a llover. Las huellas de aquellos extra?os serían sin duda perceptibles a la ma?ana siguiente, aunque lloviera, y mucho; así que un ligero desvío en el rumbo no supondría ningún problema. Podrían guarecerse de la lluvia bajo un árbol. Uno grande. No, la orca no cabría. Deberían buscar una cueva. ?Les gustaba a los orcos mojarse? Se lo preguntaría cuando ésta al fin se decidiera a presentarse. Si es que entendía su idioma, claro. Si no, lo aprendería.
Bach conocía muchos idiomas: druídico, élfico, elemental… y común. De entenderse probablemente fuera en común. éste era el idioma que casi todos los humanoides conocían; de origen humano, aunque tantas criaturas y de índoles tan distintas lo hablaban que no se sabía cuál era su forma correcta de escritura. Sí, aprovecharía su viaje por el mundo para aprender idiomas. Si tuviera que relacionarse con gente, le sacaría provecho. Le encantaban los idiomas, consideraba que la hacían más libre. Bueno, ahora ya tenía ese aliciente. Hasta el momento lo único positivo de su nueva vida le parecía la idea de conocer flora y fauna de lugares remotos, pero el hecho de aprender otras lenguas, que hasta ahora no lo había contemplado, hizo que le diera un vuelco el corazón y le dio renovadas fuerzas. Casi sonrió.
?Pero adónde iría? Tenía que tomar una determinación con respecto a su vida. No sabía cuál era el motivo de su expulsión de Mendilar. Conocía casos de gente que había emprendido largos viajes, a veces durante muchas décadas, pero siempre regresaban a la arboleda. Pero a ella no le dijeron nada de un viaje ni de una vuelta al hogar. Hogar. Esta palabra acababa de tomar sentido.
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Se estaba aferrando a su falta de conocimiento de causa para no hacerse cargo de la situación actual, y éste era un momento tan bueno como otro cualquiera para tomar una decisión.
No podía volver.
Estas últimas palabras las pronunció en un susurro y retumbaron en sus oídos durante unos segundos eternos. En ese preciso momento fue consciente de dos cosas: la primera, que ya había encontrado una peque?a cueva; y la segunda, menos alentadora, que estaba sola. Bueno sí, tenía a Elur, que la estaba mirando, moviendo la cola con una liebre muerta entre los dientes; tenía el mundo y se tenía a sí misma… por vez primera este argumento le sonó a prosa barata. Ya no tenía un hogar, ni el apoyo de Rhennos.
El lobo arrojó la presa a sus pies y se marchó. Eso solía indicar que la invitaba a cenar. Sabía con certeza que volvería con otra pieza para él. Ya había comenzado a llover así que Bach se dispuso a hacer un fuego para asar la liebre y que Elur se pudiera secar cuando volviera.
Después de pedir perdón a la difunta cena y darle las gracias, no había terminado de desollarla cuando el huargo apareció con dos liebres más. Bach le lanzó una mirada de desaprobación. Sabía que Elur nunca cazaba más de lo necesario, y era obvio que el lobo había contado con otro comensal. Esto generó un intenso debate visual; era muy poco frecuente que ellos dos discutieran, pero esta vez parecía que ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Y en ese místico canal de comunicación que tiene un perro con su amo, o un compa?ero de litera con otro, argumentaron sus posturas: la elfa no creía que hubiera necesidad de acercarse a nadie. Debían mantenerse a salvo. Elur la bombardeó con preguntas como ?que en tal caso que hacían siguiendo a dos humanos? o ?por qué motivo había sanado a la orca? …; en resumidas cuentas, le dijo que no era consecuente, la llamó cobarde y salió de la cueva con paso regio y la cabeza bien alta, llevándose una liebre consigo.

