I
Caía.
No había nada más que eso: la caída. Ni principio ni final. Solo el vacío desgarrándolo por dentro, el viento ara?ándole la piel con u?as invisibles, la oscuridad tan densa que podía masticarse.
Intentó gritar. El sonido murió en su garganta antes de nacer, engullido por algo más grande que el silencio. Abrió los ojos y la negrura le apretó los globos oculares como dos pulgares gigantes. Los cerró y la negrura se instaló dentro de él, ocupando el lugar de los pensamientos, de los recuerdos, de todo lo que alguna vez pudo haber sido.
?Qué soy?
La pregunta flotó en la nada. No hubo respuesta. Solo la caída. Siempre la caída.
El tiempo no existía allí. Podían ser segundos. Podían ser siglos. Podía ser que él no fuera más que un punto de conciencia condenado a precipitarse eternamente por un pozo sin fondo, un alma que alguien había soltado al vacío como quien suelta un globo en el cielo.
Pero entonces sintió las manos.
Las apretó. Eran suyas. Los dedos respondieron. Las u?as, al clavarse en las palmas, produjeron un dolor diminuto pero real. Se tocó la cara. Pómulos, nariz, labios. Todo estaba ahí. Todo existía. La frente, cubierta de un sudor que el viento arrancaba al instante. Las orejas, donde el silbido de la caída se colaba como un cuchillo.
Tengo cuerpo, pensó. Luego existo. Luego soy alguien.
Pero ?quién?
El vacío no respondió.
Y entonces, abajo, muy abajo, algo cambió.
No fue una luz. Fue una herida. Alguien había rajado el vientre de la oscuridad y por esa raja se colaba una claridad violenta, blanca, amarilla, anaranjada, una explosión de color que creció hasta cegarlo. Cerró los ojos con fuerza, pero la luz atravesó los párpados como si fueran de papel. Sintió calor. Después frío. Después nada.
Y luego el impacto.
II
El suelo lo golpeó con la sa?a de un dios enfurecido.
El aire salió de sus pulmones en un solo golpe seco. Los huesos sonaron a ramas partidas. El cuerpo rebotó una, dos, tres veces, como una piedra lanzada sobre un estanque, pero el estanque era cemento y la piedra era carne.
Durante un tiempo que no pudo medir, se quedó inmóvil, boca abajo, esperando que el dolor lo abandonara o lo matara. No pasó ninguna de las dos cosas. El dolor se instaló en cada célula, en cada fibra, en cada rincón de aquel cuerpo que aún no reconocía como suyo.
La primera sensación fue el frío.
El suelo era hielo. Un hielo que quemaba. Apoyó las palmas para incorporarse y notó cómo la piel se le quedaba pegada a la superficie, como la lengua de un ni?o tonto a una barra de metal en invierno. Separó las manos con un esfuerzo sobrehumano y vio que la sangre había quedado impresa en el cemento, un mapa diminuto de su desgracia.
La segunda sensación fue el ruido.
No el silencio limpio de la caída. Sino un rugido inmenso, múltiple, hecho de miles de ruidos distintos superpuestos: motores que gru?ían, cláxones que berreaban, pasos apresurados, voces que no eran voces sino fragmentos de conversaciones arrancadas de su contexto, música que nacía y moría en segundos, un martillo neumático taladrando el cerebro a lo lejos, un ni?o que lloraba, una mujer que gritaba, un hombre que reía con una risa metálica, falsa, grabada.
La tercera sensación fue el olor.
Hasta entonces, el mundo había sido silencio y vacío. Ahora sus fosas nasales se llenaron de una mezcla nauseabunda: humo denso que escocía, gasolina quemada, grasas rancias, sudor acumulado, comida podrida, perfume barato, mierda de perro, alquitrán caliente, y por debajo de todo, un hedor dulzón que no supo identificar pero que más tarde aprendería a reconocer como el olor de la ciudad pudriéndose viva.
Abrió los ojos.
Vio un cielo gris, cubierto, que no se parecía a ningún cielo que hubiera visto nunca. Porque ?había visto cielos antes? ?Sabía lo que era un cielo? La palabra llegó sin que él la invocara, como un perro perdido que encuentra a su due?o por casualidad.
Cielo.
Sí. Eso era. Una cosa arriba. Azul, a veces. Con algo llamado nubes. Con algo llamado estrellas. Pero este no era azul. Era plomo líquido, una losa infinita que parecía a punto de desplomarse sobre su cabeza. Las nubes no flotaban: se arrastraban, viscosas, enfermas, escupiendo una llovizna fina que no mojaba sino que manchaba.
Se incorporó.
El mundo dio una vuelta completa antes de estabilizarse. Notó algo caliente subiendo por su garganta y vomitó. El vómito cayó sobre el suelo gris y él lo miró sin comprender. Era líquido. Amarillo. ácido. Mezclado con hilos de sangre. Le ardía la garganta. Le ardían los ojos. Le ardía todo.
A su alrededor, la ciudad se alzaba como un organismo vivo.
Edificios. Esa palabra llegó después. Pero no eran edificios: eran monstruos de hormigón y cristal que se elevaban hacia ese cielo enemigo, ara?ándolo, desgarrándolo. Sus fachadas eran costras de ventanas idénticas, miles de ojos ciegos que lo miraban sin verlo. Algunos tenían pantallas gigantes incrustadas en sus flancos, rostros perfectos que sonreían y vendían y ordenaban y mentían con labios de alta definición.
Calles. Esa palabra llegó después. Pero no eran calles: eran ríos de asfalto por donde circulaba un líquido espeso de metal y cristal. Los coches no eran coches: eran escarabajos blindados, bestias rugientes que se empujaban, se adelantaban, se insultaban con bocinazos, escupiendo humo por el trasero, humo que se mezclaba con el humo de las fábricas y el humo de las miles de chimeneas invisibles que alimentaban aquel infierno.
Gente. Esa palabra llegó después. Pero no era gente: eran sombras. Miles de sombras que caminaban sin mirarse, sin hablarse, sin rozarse. Caminaban rápido, con la cabeza gacha, con auriculares clavados en las orejas, con los ojos fijos en rectángulos de luz que llevaban en las manos. Pasaban a su lado como si fuera invisible, como si el bulto ensangrentado que se tambaleaba en medio de la acera no existiera, como si nunca hubieran aprendido a ver.
Una de esas sombras se detuvo.
Era una mujer. Traje gris. Tacones que hacían clic-clic sobre el cemento. Pelo tirante recogido en una coleta que le estiraba los ojos. Labios finos, pintados de un rojo agresivo. Lo miró desde arriba con una mezcla de asco y curiosidad, como quien mira un excremento de forma extra?a.
—?Estás bien? —preguntó.
La boca se movía. Los sonidos salían. él los escuchó y, de algún modo, supo lo que significaban. Pero no supo responder. Las palabras no le salían. Movió los labios y solo obtuvo silencio.
La mujer esperó tres segundos. Luego su cara se cerró como una puerta. Dio media vuelta y siguió caminando, clic-clic-clic, incorporándose al río de sombras que fluía indiferente.
él se quedó solo otra vez.
III
Se puso de pie.
Las piernas temblaban como péndulos. El mundo se balanceaba, se inclinaba, amenazaba con volcarlo. Dio un paso y casi cae. Se agarró a una pared. La pared estaba fría y cubierta de carteles: rostros que gritaban, productos que prometían, letras que ordenaban. Sus dedos resbalaron sobre el papel, arrancando un fragmento que el viento se llevó.
Otro paso. Otro.
No sabía adónde iba. No sabía por qué. Pero había que moverse. Había que salir de allí. Había que encontrar...
?Encontrar qué?
No lo sabía. Pero algo le tiraba desde dentro. Algo que latía sobre su pecho.
Se tocó. Debajo de la ropa, una chaqueta sucia, manchada, que no recordaba haberse puesto, notó un bulto peque?o. Se llevó la mano al corazón y encontró un hilo. Dorado. Cosido a la tela con puntadas precisas, como si alguien hubiera querido asegurarse de que nunca se soltara.
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Lo miró sin entender. El hilo brillaba débilmente en la penumbra perpetua de la ciudad, como si tuviera luz propia, como si se negara a ser apagado por tanta grisura.
Y al tocarlo, sintió algo.
Una punzada. Un fogonazo. Un recuerdo que no era un recuerdo, solo la sombra de un recuerdo: una cara. Una ni?a. Ojos grandes, tan grandes que parecían ocuparle media cara. Sonrisa peque?a, tímida, asomando entre dos hoyuelos. Una voz que decía su nombre, pero el nombre no llegó, se disolvió antes de alcanzar la superficie.
La imagen se desvaneció al instante, engullida por el ruido, por el hedor, por la ciudad que no dejaba espacio para nada más.
Pero él se quedó quieto, con la mano sobre el pecho, respirando como si acabara de salvar la vida.
Eso, pensó. Eso es importante. Tengo que recordar eso.
Pero no recordaba nada más.
IV
Caminó.
Las horas pasaron. O los minutos. No sabía distinguirlos. El cielo gris no cambiaba, así que no había manera de medir el tiempo. Solo la luz, siempre la misma, siempre muerta, siempre artificialmente amplificada por las pantallas que parpadeaban en cada esquina.
La ciudad lo engulló.
Cada paso era un descubrimiento horrible. Aprendió que las cosas largas y brillantes que colgaban de las fachadas se llamaban tubos de neón y que su función era gritar colores que la naturaleza nunca había inventado. Aprendió que las cajas metálicas con ruedas que rugían por las calles se llamaban autobuses y que dentro iban hacinadas las sombras, apretadas unas contra otras sin tocarse, sin mirarse, sin respirarse. Aprendió que los rectángulos de luz que todos llevaban en las manos se llamaban teléfonos y que eran más importantes que los ojos con los que miraban, porque los ojos servían para ver las pantallas y las pantallas servían para no ver el mundo.
Aprendió que había lugares donde se compraba comida. La comida estaba envuelta en plásticos de colores, alineada en estanterías luminosas, y las sombras entraban, elegían, pagaban con unos papeles que llamaban dinero y se iban sin mirarse. él se acercó a una de esas ventanas, atraído por un olor que le retorció el estómago. Alguien comía algo caliente, envuelto en papel. Lo miró. El otro lo miró. Y apretó el paso.
Nadie le dio nada.
En un escaparate, se vio reflejado.
Un desconocido le devolvió la mirada.
Piel joven, pero surcada de mugre. Ojos oscuros, enormemente abiertos, con el blanco inyectado en sangre. Pelo revuelto, apelmazado, con fragmentos de algo que podía ser tierra o podía ser sangre seca. Ropa hecha un asco, manchada de barro, de vómito, de no sabía qué. Y sobre el pecho, bajo la chaqueta abierta, el hilo dorado brillaba.
Se miró a los ojos. No sintió nada. Era como mirar a un extra?o.
?Quién eres? se preguntó.
El desconocido en el cristal no respondió.
Pero entonces el cristal se llenó de imágenes. La pantalla del escaparate, que hasta entonces había mostrado su reflejo, cambió. Apareció un rostro. Un hombre trajeado, con una sonrisa de dientes perfectos, que miraba directamente a la cámara. Su voz, amplificada por altavoces invisibles, llenó la calle:
—?Cansado de sentir que no perteneces? ?Agotado de mirar desde fuera? En el Núcleo sabemos lo que necesitas. Un trabajo. Un hogar. Un propósito. Acude al centro de acogida más cercano. Nosotros te daremos lo que buscas. Nosotros te haremos alguien.
El anuncio se repitió tres veces. Luego volvió su reflejo.
él se quedó mirando el punto donde había estado el rostro del hombre. Sintió algo. No era esperanza. Era más bien el eco de una promesa que sonaba a mentira, pero ?qué otra cosa tenía?
V
Alguien lo agarró del brazo.
Era una mano peque?a, pero fuerte, con u?as sucias y dedos huesudos. Se giró, asustado, y se encontró con una ni?a.
No tendría más de diez a?os. Su cara estaba tan sucia como la de él, surcada por arrugas que no deberían estar ahí. Su ropa eran harapos que alguien había cosido con alambre. Sus pies, descalzos, negros de mugre, soportaban estoicos el frío del suelo.
Sus ojos, en cambio, eran enormes y claros. Tan claros que dolía mirarlos. Dos gotas de agua en medio del desierto.
—No te quedes ahí —dijo ella, sin aliento, como si hubiera estado corriendo—. Los vigilantes te llevan si te quedas quieto.
él la miró sin comprender. La palabra le llegó un instante después:
Vigilantes.
—?Qué son? —preguntó. Su voz sonó ronca, rota, como si llevara siglos sin usarse.
La ni?a se?aló al fondo de la calle. él miró y vio unas figuras uniformadas que avanzaban entre la multitud. Vestían de negro, de pies a cabeza. Llevaban algo en la mano, unos palos largos, y en la cara unas gafas oscuras que les cubrían medio rostro. No caminaban como las sombras. Caminaban como due?os.
—Ellos —dijo la ni?a—. Deciden quién se queda y quién desaparece.
—?Desaparecer adónde?
Ella no respondió. En lugar de eso, preguntó:
—?De dónde sales? ?Te cayó anoche? ?Eres de los que caen?
De los que caen.
La frase le golpeó como un pu?etazo. Porque sí. él había caído. Recordaba la caída. Recordaba el vacío. Recordaba el impacto. Recordaba no recordar nada más.
—Yo... yo caí —dijo—. Caí. No sé de dónde. No sé por qué. No sé nada. No sé quién soy.
La ni?a lo estudió un momento. Sus ojos de agua recorrieron su cara, su ropa, el hilo de oro que asomaba bajo la chaqueta. Cuando sus pupilas se posaron en el hilo, algo cambió en su expresión. Un destello. Un reconocimiento.
—Vente —dijo, tirando de su manga—. Si te quedas aquí, te llevan. Y si te llevan, no vuelves.
—?Volver adónde?
Ella lo miró con una tristeza que no era propia de su edad. Una tristeza milenaria, como de alguien que ha visto demasiado.
—No lo sabes aún —dijo—. Pero lo sabrás. Todos lo saben, al final. Que hay un sitio al que querrían volver. Y que no pueden.
Le soltó el brazo y echó a andar calle abajo, esquivando sombras con la agilidad de un animal peque?o. él dudó un instante. Miró atrás. Los vigilantes se acercaban, abriéndose paso entre la multitud con esa seguridad de los que saben que nadie les plantará cara.
La siguió.
VI
Corrieron.
Bajo los soportales, a través de callejones que apestaban a orina, esquivando monta?as de bolsas negras que rezumaban líquidos pestilentes, saltando charcos de agua sucia donde flotaban jeringuillas y preservativos usados. La ni?a conocía el camino. Sus pies descalzos encontraban los espacios limpios, las piedras firmes, las rendijas por las que un cuerpo peque?o podía colarse.
él, en cambio, tropezaba, resbalaba, se golpeaba contra las esquinas. Su cuerpo no respondía como debía. Era como si llevara siglos sin usarlo.
—?Por aquí! —gritó ella, metiéndose por un hueco entre dos contenedores.
él la siguió, ara?ándose los brazos con el metal oxidado. Al otro lado había un patio interior, una especie de corral rodeado de edificios que se caían a pedazos. En el centro, un colchón putrefacto. En las esquinas, más bolsas de basura. Y en una de las paredes, un agujero cubierto con una lona.
La ni?a apartó la lona.
—Adentro —dijo.
él entró.
El interior era una habitación peque?a, sin ventanas, iluminada por velas clavadas en sus propias cera derretida sobre latas de conserva. El suelo era cartón. El techo, vigas podridas. Y en las esquinas, sentados, mirándolo, había otros.
Un hombre mayor, de barba blanca enmara?ada, con una pierna doblada en un ángulo imposible. Una mujer joven, de rasgos afilados, que mecía en brazos algo que podía ser un mu?eco o podía ser un bebé muerto. Un chico de su edad, flaco como un alambre, con los ojos vacíos de quien ha visto cosas que no deberían verse. Y dos ni?os más, peque?os, acurrucados juntos, compartiendo el calor de sus cuerpos.
Todos lo miraron.
—Es de los que caen —dijo la ni?a que lo había salvado—. Trae el hilo.
El hombre de la barba se incorporó con esfuerzo, arrastrando la pierna rota. Se acercó a él, cojeando, y apartó la chaqueta para ver mejor. Sus ojos viejos se posaron en el hilo de oro y algo brilló en ellos. Algo húmedo.
—Siéntate —ordenó—. Tienes que contarnos qué recuerdas.
—No recuerdo nada —dijo él.
—Nadie recuerda nada al principio —respondió el viejo—. Pero luego, poco a poco, empiezan a venir. Olores. Caras. Nombres. Tienes que atraparlos antes de que se vuelvan a ir.
él se sentó en el cartón, junto a los demás. El viejo se sentó frente a él. La ni?a de los ojos claros se acurrucó a su lado, como si ya lo conociera de siempre.
—Yo me llamo Eder —dijo el viejo—. Llevo aquí treinta a?os. O cuarenta. Aquí el tiempo se come.
—?Aquí dónde?
Eder sonrió con una boca donde faltaban la mitad de los dientes.
—No tiene nombre. O tiene muchos. Algunos le llaman el Otro Lado. Otros, la Ciudad. Otros, el Mundo de Fuera. Los que vinieron antes, los primeros, le llamaban el Exilio. Pero da igual cómo le llames. Duele igual.
—?Y cómo se sale?
Eder negó lentamente.
—No se sale. No se ha salido nunca. Algunos lo intentan. Buscan el umbral. Se adentran en los territorios prohibidos. Pero no vuelven. No vuelve nadie.
—Entonces... —la voz le tembló—. ?Estoy atrapado?
Eder puso una mano sobre su hombro. Era una mano grande, pesada, cálida a pesar del frío.
—Todos lo estamos —dijo—. Pero algunos aprenden a vivir así. Algunos encuentran razones para seguir. Algunos... algunos construyen una nueva familia con los pedazos de las que perdieron.
La ni?a de los ojos claros apoyó la cabeza en su hombro. Los otros lo miraron con una atención que no era amenazante, solo curiosa. Como si él fuera una novedad, un soplo de aire fresco en aquella tumba.
—?Cómo te llamas? —preguntó la ni?a.
él abrió la boca. Iba a decir que no lo sabía. Pero entonces, de algún lugar muy hondo, muy oscuro, muy olvidado, llegó una palabra. No supo qué significaba. No supo por qué llegó. Pero llegó.
—Kael —dijo.
La ni?a sonrió. Por primera vez, su cara no pareció vieja.
—Bienvenido, Kael —dijo—. Yo soy Ula. Y esto es la familia que encontré. No es gran cosa, pero es nuestra.
Kael miró a su alrededor. Las velas parpadeaban. Las sombras bailaban en las paredes podridas. Los otros lo observaban en silencio. Y en su pecho, el hilo de oro seguía brillando.
No supo si reír o llorar.
Hizo las dos cosas.

