—?Le dije que se alejara! —bramó de nuevo.
Rex no había parecido moverse, pero cualquier gesto peque?o detonaba la paranoia de la mujer
—?Cómo sabe dónde vivo?
Sin embargo, Rex no estaba de humor para contestar preguntas. Quería información y la quería rápido. De un arrebato, le quitó la pistola de las manos a Mildred. Desarmarla resultó sencillo, casi ridiculizándola. Mildred, al ver que éste no tenía intenciones de lastimarla, se tranquilizó un poco.
—Sé del enga?o —dijo Rex—. Sé que los hermanos Severino no robaron Hepburn’s.
—?Cómo?
Se quedaron en silencio. Mildred insistió.
—?Cómo sabe que fue un enga?o?
—Porque robaron otra joyería —dijo con tono cansado, sinónimo de se?alar la naturalidad.
Mildred se abrazó el vientre. Se había percatado de que su bata no le cubría enteramente el camisón.
—Pues… —dijo—. No robaron Hepburn’s porque escribí que los vi merodeando ahí.
Rex se hartó y cruzó el umbral sin ser invitado, empujando a Mildred con su hombro y sacándole un “?Oiga!”.
El hombre caminó hasta la habitación de la mujer, abriendo cajones y diferentes gabinetes hasta que encontró lo que buscaba.
—?Ser periodista debe pagar muy bien! —exclamó sarcástico, refiriéndose al montón de dinero que había sacado de una caja de madera.
—Eso es mío —titubeó la se?orita—. Déjelo. Por favor.
—Sabe —siguió hablando Rex—, yo tenía mis dudas sobre cómo es que los hermanos Severino robaban una misma ciudad y se quedaban sin ser atrapados. Después de conocerla a usted, lo supe.
Mildred Bustamante soltó una bocanada de aire.
—?O sea que soy mala fingiendo? ?A eso se refiere?
—No. Fui con mis amigos a un bar a cenar. Todos ahí hablaban de la protección especial que el sheriff había encargado para Hepburn’s. Todos habían leído el periódico.
El forajido dejó escapar un sonido muy sutil, como una risilla. “El periódico”.
—Así que voy a preguntar una vez más. ?Dónde están los hermanos Severino?
Mildred sacó una caja de fósforos de su cajón de la cocina, encendió una lámpara y se sentó.
—Me interrumpieron en mi descanso. Yo estaba recargada en una pared, fumándome un cigarrillo y, de la nada, me cubría una bolsa de tela la cabeza. Me metieron a una carreta y me llevaron a una parte fea de la ciudad. Intentaron esconderme su ubicación, pero escuché el Río Bueno. Supe que se trataba del este. Me ofrecieron dinero del banco, lo tomé y dijeron que me darían más si escribía sobre otra joyería.
Mientras escuchaba esto, Rex empezó a contar los lingotes de oro.
—?Dónde está su amigo, el guapo?
—?Dónde están los hermanos Severino?
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—No lo sé. Desconozco cuál es la otra joyería que están robando.
Rex le lanzó una mirada, pero Mildred insistió.
—?Lo juro! —bramó, irritada.
Se escucharon ruidos en la calle. Pisadas con espuelas para ser exactos. Mildred se adelantó a revisar antes que Rex, como imponiendo la autoridad de que se trataba de su propia casa. Se asomó a la calle y vio a su jefe, el se?or Harper, recuperado de su reciente golpiza. Asumiendo que los oficiales lo habían interrogado, era natural que ahora lideraba una manada de estos hacia la casa de la se?orita. “Es ahí, caballeros”.
—Oh… El se?or Harper viene para acá con bastantes oficiales.
—No quiero una joyería. Dígame a dónde la llevaron.
—A un hostal feo que se llama “La Gran Sirena”.
Mildred miró las botas de Rex, llenas de lodo.
—Le sugiero que, si se va a ir para allá, se vaya a caballo.
—Miéntales —ordenó Rex, dando zancadas hacia la puerta.
—?A los oficiales? ?No están del mismo lado?
—No para Harper, gracias a usted.
Mildred se encogió un poco ante el rega?o.
—?Y usted solo se encargará de los hermanos Severino? —quiso confirmar.
Rex examinó la pistola de Mildred antes de guardarla en su cinto. La periodista no tuvo el valor de reclamarle, pues al menos le había dejado el dinero del banco.
—Sí. Solo quedan dos.
A varias cuadras, dentro de un viejo edificio polvoriento, Enya estaba sentada sobre la cama de la habitación adicional que habían rentado en el hostal. En el callejón trasero, una carreta llena de sacos de monedas y joyas estaba estacionada, atada a dos mulas en espera.
Liz caminaba de un extremo de la habitación al otro con las manos en la espalda y los pies tan inquietos como su mente. “?Dónde está Jerónimo?”
Enya la seguía con la mirada, moviendo la cabeza de lado a lado para estar a la par con su hermana.
—Tal vez no fue la mejor idea enviar al único de nosotros con carteles de “Se Busca” a por Mildred.
Liz ignoró el comentario de su hermana y no contestó. Su hermano podía ser muchas cosas, pero no era descuidado; no desde su arresto. No había manera en que se hubiera topado con algún oficial, pues además de que estaban distraídos en Hepburn’s, no tenían razón para estar cerca del periódico o de Mildred.
—No me gusta esto —admitió después de pasar un buen rato en silencio—. Tal vez tengamos que…
Enya sacudió la cabeza.
—No podemos irnos sin él.
—Si lo arrestaron, podemos sacarlo de nuevo —razonó la mayor.
—?Lo colgarán! Tiene antecedentes.
—Hay un proceso. Tendríamos al menos tres días.
—?Para irnos y regresar? ?Y a dónde?
—No podemos quedarnos aquí; menos con todo el dinero. Y todavía está ese cazarrecompensas.
Se detuvo. Tuvo que ser él. Aquel cazarrecompensas debió haber perseguido a Jerónimo de alguna manera. ?Lo habría arrestado? ?O peor?
—Fue aquel hombre —aseguró.
Quizás fuera solo una corazonada, pero era la única opción.
—?El de la barba?
—Sí. —De pronto sintió un miedo terrible—. Dio con Jerónimo. Dará con nosotras si no nos movemos. Podemos volver por él pero no si nos atrapan también.
Liz jaló a Enya del brazo para alzarla de la cama y dirigirse a la ventana, por donde saldrían al callejón trasero.
—Espera —se quejó la menor—. Me estás lastimando.
Dos pares de botas aterrizaron sobre la tierra tras La Gran Sirena, y éstas se acercaron a la carreta. Enya titubeó, pero Liz subió al asiento de conductor y dirigió una mirada seria a su hermana: “Sube.”
Se escuchó el martilleo de una pistola y las dos hermanas miraron al otro lado del callejón, donde el cazarrecompensas salió de las sombras agitado, sudoroso y lleno de lodo, pero apuntando su arma firme.
—Al cielo —dijo Rex, con el volumen justo para ser oído.
Enya alzó las manos inmediatamente, pero Liz aún estaba debatiendo. Tenía medio segundo para decidir si sacar su propio acero u obedecer. A pesar de la penumbra, sus ojos se encontraron con los del pistolero, y en ellos vio la frialdad de un hombre que había cobrado más de una vida. A diferencia del oficial, quien había sido sorprendentemente dócil, éste cazarrecompensas no dudaría en jalar el gatillo.
Liz alzó las manos.
—Las hermanas Severino —dijo Rex de manera burlona—. Las que quedan, al menos.
El color abandonó el rostro de Enya y los ojos de Liz se abrieron como platos mientras su pecho se llenaba de furia. “No…”

