***Punto de vista de Kanea***
Sentada en las escaleras, siento la lluvia cayendo sobre mi capa de protección. Es una sensación extra?a, casi pegajosa. El murmullo de las personas que rezan, mientras que otros vigilan en se?al del final de la cacería, me invade. Me pongo de pie. El ruido del pisar y la urgencia de salir hacia la lucha amenazan con apoderarse de mí.
—Kanea —una voz pronuncia mi nombre desde atrás—.
Regreso la vista hacia la voz y la figura de Sey se hace presente.
—S-sí —respondo, algo sorprendida.
—Sabes, Kanea, ese chico te conoce bien.
—?Chico? —cuestiono.
—Víctor... él me pidió que te mantuviera aquí sin importar qué —se burla, acercándose pesadamente.
—... —me río, algo incómoda.
—?Sabes qué sucedería con esta gente si yo muriera?
—Yo... yo no —trato de ordenar una respuesta.
—Aquí hay magos, pero no como en otros lugares. Ellos no tienen el conocimiento suficiente para salvar a otros —habla mientras se cubre de la lluvia.
Regresando junto a Sey, un trueno sacude mi espalda.
—Lo sé, es una de las primeras reglas que nos dan en caso de ataque de otros aventureros, mercenarios o monstruos: se defiende a los magos y sanadores —expreso, como si hubiera repetido eso mil veces para mí.
—No, ni?a... aun no lo conoces, pero no lo entiendes... aun no.
—Yo...
—Kanea, podrías —interrumpe Sey, extendiendo la mano.
Tomándola, la ayudo a sentarse delicadamente en el suelo de madera, junto a la pared de la sala de reuniones. Su mano se mantiene sujeta a la mía.
—Podrías sentarte... nunca me ha gustado quedarme quieta —pide, mirando hacia la puerta.
—Claro —acepto, sentándome junto a ella.
—No creo poder llegar más allá de cierto punto.
—Se?oría Sey, no creo que deba hablar así... todo estará bien —hablo, tratando de creer en mis propias palabras.
—Yo también creo en ese ni?o, pero... al menos quisiera asegurarme de que todos estarán bien.
—... —trato de buscar una respuesta.
—Según nuestras creencias, el día en que estemos muertos, estaremos en el cielo junto a las personas que amamos.
—?Y ellos? —pregunto, se?alando las casas de los nativos.
—Ja, ellos... creen que de la tierra vienen y a la tierra regresan, aunque rezan a varias deidades: Ina y Teyara. Pero también... ja, si otro sacerdote me escucha, me diría "blasfema".
—?Ina? —cuestiono.
—Ina, la deidad de la tierra, según ellos cuida de su gente y los protege en las cacerías —explica Sey.
—Es una cultura muy rica... a mi maestro le encantaría aprender de ellos.
—Disculpa, Kanea... dejé escapar demasiado para ti —habla Sey, apretando su bastón.
—... tranquila, yo... antes de conocer a Víctor no sabía lo que era sonreír con tanta sinceridad, y tampoco pensé en confiar en alguien que no fueran los que conocía.
—Mi ni?a... tú lo elegiste, elegiste confiar en él. Tal vez un día confíes en más personas, solo no debes cerrarte. Créeme, yo sé lo que es estar ahí —habla Sey, mirando más allá del horizonte.
Antes de poder continuar, una luz amarillo rojiza se alza en el horizonte, como si la tela misma de la realidad se distorsionara hasta donde las nubes dejan ver. Y, tal como apareció, desaparece, dejando incertidumbre en mi cabeza. Regresando mi mirada a Sey, mi rostro desconcertado se refleja en sus ojos, que expresan un temor y duda iguales a los míos.
—Eso... ?qué fue? —pregunto.
—Vacío —contesta, poniéndose de pie con dificultad.
—Sey, debemos...
—Mantente alerta...
Pero antes de poder continuar, el ruido de otro rayo atraviesa el cielo, seguido de otros más, hasta que el fuego trata de abrirse paso entre la lluvia.
—Debemos cumplir nuestro papel. Ve y revisa si tienes todo listo. Cuando regresen, deberemos actuar rápido —ordena Sey, como una soldado, como si la debilidad de hace un momento fuera un sue?o pasajero.
Stolen novel; please report.
Asintiendo con la cabeza, acompa?o a Sey a ver a los enfermos, rodeando la pared. La puerta, donde los enfermos y heridos reposan, aparece frente a nosotros. Entran unas cuantas mujeres y un par de jóvenes revisando cuidadosamente a los enfermos. Sin saludar, Sey ordena:
—Dime, ?qué ha pasado?
—Todo en orden, pero...
—Continúa, por favor —pide.
—Sus marcas brillaron con un resplandor nunca antes visto por unos segundos... la mayoría, o tal vez lo que alcanzamos a revisar antes de poder revisar a todos —explica, tomando pausas para expresar correctamente lo que vio.
Tomándose un minuto para ordenar sus pensamientos, Sey me mira:
—Ve a revisar todo. Esa lucha ya inició; no tardará mucho para que conozcamos el resultado y tú debes estar lista —explica y, sin decir más, se vuelve para revisar ella misma. Pero antes de dar un primer paso, se regresa y continúa—: Si sientes algo raro, ven a mí. Tú eres parte esencial para que todos podamos sobrevivir.
Asintiendo con la cabeza, salgo rápidamente de la sala de reuniones, cruzando por la lluvia que se vuelve más fuerte. Hasta que lo único que logro escuchar es el latir de mi corazón y el rugir de la lluvia cayendo a mi alrededor. Logro llegar a la casa en donde preparé todo. Abriendo la puerta, el ruido de ella me da la sensación de frialdad que la lluvia no puede tocar.
Dentro, la oscuridad contrasta con el fuego que mantiene caliente una caldera en medio de la habitación. Al entrar, dejo atrás la lluvia que rogaba por sumergirme en ella. Al mirar el caldero, recuerdo lo que me dijo Víctor:
—Debes mezclar todas las hojas de Abel en este recipiente, y cuando logremos traer el núcleo, tú deberás extraerlo junto a tu se?ora Sey —mientras la mira.
—?Cómo sabremos si lo hacemos bien? —indagué.
—Confía en ti... yo confío en ti. Y cuando lo hagan, necesitarán algo más: un medio para transmitir la cura.
—?Medio? —Nehari habla.
—Algo que transfiera esto como una marca —explica Víctor.
Tomando un respiro, tomo una madera cercana y la lanzo a las llamas que se mantienen ardiendo. El rugir de la lluvia se mantiene, y el peso de lo que tendré que hacer comienza a sobrepasarme. Un ardor tenue en mi espada avanza. Reviso lo que sucede y veo cómo una energía purpura rojiza comienza a salir. Un zumbido tenue llega a mis oídos, y me vuelvo rápidamente. Una luz diferente, más lejana que los primeros rayos, aparece en la dirección opuesta. Algo más morado, tenue y frío, como si esa rabia rojiza se transformara en un frío. Pero, sin poder notarlo, una voz crece en mis oídos:
—?Kanea, Kanea, regresaron! —la voz de una mujer grita en dirección a la puerta.
Sin pensar en nada más, corro hacia ella, cruzando casas vacías, destruidas y claros que crecen lentamente por las lluvias. Al llegar al origen de la voz, la figura de un hombre alto y robusto camina lentamente, con unos ojos apagados, sosteniendo a alguien. A medida que la distancia se acorta, la figura de Tovael se aclara, llevando a Nehari entre sus brazos. Con cada paso, las preocupaciones comienzan a acumularse como gotas en un río que está en calma.
Detrás de ellos, los soldados, tanto del pueblo como los nuestros, aparecen, unos sosteniéndose por los otros, pero igual de heridos. Entre ellos, la figura de Daina sostenida por uno de sus soldados, con una esfera oscura y toques grisáceos en su brazo. Esa visión me provoca un dolor en los ojos, sacándome de esa hipnosis. Al revisar a las personas que salen del bosque, la figura de un joven sostiene a otro un poco más peque?o que comienza a acercarse.
Con cada paso, mi corazón comienza a calmarse, hasta que esa figura se aclara y se muestra el rostro de Falu y el cuerpo de Víctor, con un brazo retorcido de forma extra?a, al igual que la pierna. La calma se asienta en mí como si mi propio cuerpo ya no fuera mío; incluso la lluvia ya no se siente, tratando de mojarme. La voz de Sey ordena, gritando:
—Kanea, toma a los heridos y llévalos adentro junto a los demás. Cuando los dejemos, iremos a preparar la cura. Eso es lo único que importa.
Asintiendo con la cabeza, comienzo a recoger a todos los que puedo, guardando tanta energía como pueda para lo que vendrá. Cada gota de sudor y sangre que mancha mis manos es como electricidad, recordándome que lo que está en juego es la vida de personas... seres humanos. Hasta que la figura de Daina, pálida, aparece ante mí con esa esfera que me provoca un escalofrío cada vez que la veo.
—Esto... ya sabes qué es —me ordena, antes de caer sobre mí.
Tragando saliva, la acomodo en el suelo junto a la esfera, revisando el alrededor. Observando cómo todos llevan a los heridos, regreso mi vista a ella, rasgando mi ropa. Apreto su brazo con esa prenda, tomando la esfera en un brazo y a Daina con esfuerzo en el otro. La llevo al refugio improvisado dentro del salón de reuniones. Tan pronto como puedo, la dejo en el suelo. La figura de la misma mujer que le entregué el pergamino carga a Víctor con sumo cuidado. Pero antes de poder acercarme, una figura me toma del brazo.
—Debemos ir —explica Sey.
Viendo su cara, llena de cansancio por el esfuerzo, solo puedo asentir, sintiendo el peso que el núcleo me transmite. Al volver una vez más la vista hacia Víctor, solo puedo esperar lo mejor. Caminando junto a Sey, las voces rezando por los heridos llegan a mis oídos, hasta que la lluvia, que una vez estuvo rugiendo, comienza a calmarse.
Llegamos a la puerta que no hacía más que transmitir soledad. Sey la cruza sin vacilación alguna, y entro junto a ella. La oscuridad que cubría la habitación se aleja hasta que Sey, poniéndose en la esquina opuesta del caldero, extiende su mano.
—Debemos apresurarnos.
Asintiendo con la cabeza, extenuada, dejo atrás las imágenes de Falu y Víctor heridos, la figura de la chica ayudando a los heridos con la siguiente exhalación queda atrás.
Acercándome frente al caldero, extiendo mi mano que sostiene el núcleo para igualar el de Sey. Compartiendo su peso, expreso:
—A la cuenta de tres liberaremos lentamente todo... un ritmo constante. Solo tendremos una oportunidad —casi para mí misma.
Comenzando la cuenta regresiva, el miedo que se mantenía en calma comienza a salir de mi corazón. Pero esta vez, apretando los dientes, no dejo que me domine, hasta que llego a uno y la voz de Sey habla:
—Sin importar qué, no dejes de fluir hasta que todo esté listo.
La cuenta termina y mi mana, respondiendo a mi voluntad, comienza a fluir tan cálidamente como siempre, hasta el núcleo del vacío. Cada gota derramada es como lanzar agua fría a una olla con agua caliente; cada gota es rápidamente tratada de bloquear por el poder del vacío. Hasta que la calidez del poder del vacío se mezcla con el mío y, como si los caminos se abrieran, mi poder comienza a fluir cada vez más fluidamente.
Observando a Sey, su rostro comienza a te?irse de un pálido preocupante, como si lo que a mí me costaba era rápidamente cubierto por ella. Y el núcleo, como si no resistiera más, libera una energía igual de oscura que su núcleo y cae en la mezcla, llenando el verdor con un negro tan oscuro como el mismo vacío. Sin dejarme reaccionar, unas voces casi indescifrables hablan detrás de mí. Hasta que una oscuridad me cubre por completo, dejándome aislada por unos segundos junto a las voces.
—Yo... no... promesa... frío —hablan, sin que logre entender nada.
Hasta que un dolor en mi núcleo sale de mí, y la figura de Sey, mucho más pálida y cansada, aparece frente a mí.
—Lo logramos, ni?a —me felicita, mirando la caldera que, una vez tenía un tono verde oscuro por las hojas, ahora tiene un dorado tenue que parpadea en esa mezcla espesa e incolora.
—?Eso es? —hablo con dificultad.

