home

search

Capítulo 4 - Las Puertas que Respiran

  El bosque se partía en dos detrás de ellos.

  Las sombras no corrían... se deslizaban. Eran humo con intención, hambre con forma.

  Elarith apenas podía pensar. Sentía su propio corazón golpearle el pecho como si quisiera huir también.

  Grek lanzó el último hechizo que le quedaba.

  Una esfera de luz azul explotó delante, abriendo un pasillo entre la oscuridad. Las raíces chispearon, los troncos se doblaron como si una fuerza invisible los apartara.

  —?Por ahí! —gritó el kobold—. ?Corran, no me hagan arrepentirme de salvarlos!

  Dorian cargó a Elarith del brazo, casi arrastrándola. Kael iba detrás, con los ojos ardiendo en reflejos plateados y la voz aún vibrando, cantando esa nota imposible que mantenía a las criaturas a raya.

  El aire temblaba con su canto. No era música humana.

  Salieron del bosque justo cuando la luz se extinguió.

  Y ahí estaba.

  La mansión.

  Se alzaba entre la niebla como una monta?a de piedra enferma: torres torcidas, ventanales ciegos, muros cubiertos de hiedra muerta.

  Parecía antigua... y viva.

  Dorian escupió al suelo.

  —?Qué clase de loco vive en un sitio así?

  —Alguien que no teme a los fantasmas —dijo Kael, sin apartar la mirada.

  Detrás de ellos, las sombras se detuvieron al borde de los árboles.

  No cruzaban.

  La frontera invisible las hacía retorcerse y disolverse en humo.

  Elarith alzó su símbolo sagrado, y el metal vibró en su mano.

  —Hay una barrera. Algo antiguo.

  Grek bufó.

  —Antiguo o no, prefiero que esté del otro lado de las cosas que quieren comernos.

  Empujaron la verja. El chirrido metálico fue como un alarido.

  Help support creative writers by finding and reading their stories on the original site.

  El jardín estaba cubierto de estatuas rotas y flores secas, los pétalos duros como piedra.

  Cada paso hacia la mansión sonaba demasiado fuerte, como si el aire escuchara.

  Las puertas dobles los esperaban abiertas apenas un poco, como si se tratara de una hendidura.

  Kael tocó la madera. Estaba tibia.

  —Siente... como si respirara.

  Elarith lo miró, tensa.

  —No digas tonterías.

  —No es una tontería —replicó con una sonrisa casi triste—. Escucha.

  Ella lo hizo.

  Y sí, se oía algo.

  Un ritmo leve, profundo, que no era el viento.

  Dorian se adelantó y empujó la puerta de un golpe.

  El vestíbulo los recibió con una ráfaga de aire caliente y polvo dorado.

  El olor era denso: madera vieja, cera y algo dulzón, como fruta podrida.

  Un reloj marcaba la medianoche, aunque nadie lo había tocado.

  Grek se rascó el hocico.

  —Bueno, al menos no hay más sombras.

  Dorian sonrió con cinismo.

  —Sí. Sólo una casa maldita. Me siento mucho mejor.

  Kael observaba los retratos colgados a los lados del salón.

  Los rostros eran borrosos, las sonrisas torcidas.

  Elarith lo alcanzó.

  —Descansemos un momento. No creo que el mal pueda cruzar aquí.

  —El mal no siempre viene de fuera —murmuró Kael, sin mirarla.

  El kobold frunció el ce?o.

  —?Podemos dejar las frases misteriosas para después? Tengo los nervios de punta.

  El grupo avanzó hacia el centro. La alfombra bajo sus pies ocultaba algo... un sonido húmedo, que palpitaba.

  Elarith se agachó, levantando un extremo.

  El suelo... latía.

  No era ilusión. Cada tabla se movía al compás de un corazón invisible.

  —Esto no es magia elfa —susurró—. Es algo más antiguo.

  Kael se inclinó junto a ella, la voz apenas se escuchaba:

  —Es una promesa.

  Entonces el reloj volvió a sonar.

  Tres campanadas.

  Una tras otra, más fuertes, más y mas cerca.

  Las antorchas del salón se encendieron por sí solas, ba?ando las paredes en una luz rojiza.

  La puerta principal se cerró con un golpe seco.

  Dorian corrió hacia ella, pero no cedió.

  —?Maldición, nos encerró!

  El silencio cayó de nuevo.

  Solo se oía el tic-tac del reloj... y ese latido bajo los pies.

  Grek alzó la mirada hacia la escalera.

  Allá arriba, una figura los observaba.

  Delgada. Inmóvil. Sin rostro.

  Elarith tragó saliva.

  —?Quién está ahí?

  La figura se inclinó, apenas como realizando un gesto.

  Y la voz que brotó resonó en todas las paredes, como si la casa misma hablara:

  —Bienvenidos a casa.

Recommended Popular Novels