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Un mal día

  Carlos apenas había apoyado una mano en el suelo para incorporarse cuando la puerta se abrió de golpe.

  Durante un segundo, el tiempo pareció congelarse.

  La madre de Angélica se quedó en el umbral, con una bandeja en las manos, mirando a un chico sentado en el suelo de la habitación de su hija. Carlos, todavía con la visión a medio recuperar, alzó la cabeza lo justo para distinguir una silueta adulta, unos ojos abiertos por la sorpresa.

  Se miraron.

  Dos segundos eternos.

  La bandeja tembló en las manos de la mujer y su boca se abrió para gritar.

  Carlos reaccionó por puro instinto.

  El maná recorrió su cuerpo como una descarga violenta. Se impulsó hacia delante, demasiado rápido para alguien normal, y en un movimiento torpe pero desesperado le agarró el brazo, tapándole la boca con la otra mano mientras la empujaba de vuelta al interior de la habitación.

  La puerta se cerró de un golpe seco.

  —Tranquila… —murmuró, más para sí mismo que para ella, mientras colocaba el antebrazo bajo su cuello, intentando aplicar una llave que había visto demasiadas veces pero ejecutado muy pocas.

  La mujer forcejeó, aterrada, u?as clavándose en su brazo, un gemido ahogado escapando entre sus dedos.

  —?Carlos!

  La voz de Angélica sonó desde el pasillo, seguida de pasos apresurados subiendo las escaleras. La puerta volvió a abrirse de golpe y ella se quedó paralizada al ver la escena: su madre atrapada contra el pecho de Carlos, el brazo de él tensándose en un intento torpe de dejarla inconsciente.

  —?Qué estás haciendo? —exclamó, con la voz rota entre rabia y pánico.

  Carlos giró la cabeza hacia ella, los ojos aún enrojecidos, la respiración agitada.

  —?Ahora! —gru?ó—. Usa tu habilidad con ella. Haz que olvide los últimos cinco minutos. Que se duerma.

  Angélica negó con la cabeza de forma automática, horrorizada.

  —No… yo no…

  El tirón invisible de la orden la atravesó antes de que pudiera terminar la frase.

  Su cuerpo se movió solo.

  Se acercó a su madre, le tomó la cara con manos temblorosas y activó la habilidad. Sus ojos brillaron un instante, apenas perceptible. La tensión en el cuerpo de la mujer se deshizo de golpe; sus músculos se relajaron y sus párpados se cerraron lentamente.

  Carlos sintió cómo el peso se le venía encima y la soltó con cuidado, dejándola deslizarse hasta el suelo, dormida.

  Se apartó un paso y apoyó la espalda contra la pared, jadeando.

  —Eso… —resopló— estuvo jodidamente cerca.

  Angélica se giró hacia él con los ojos desorbitados.

  —Estás mal de la cabeza —escupió—. ?Te das cuenta de lo que acabas de hacer? ?Es mi madre!

  Carlos levantó la vista despacio. La borrosidad aún no se había ido del todo, pero su expresión era clara. En dos pasos estaba frente a ella. La agarró del cuello de la camisa y la acercó a su cara, sin llegar a hacerle da?o, pero lo bastante cerca como para que lo sintiera.

  —?Y qué co?o hacía entrando en tu habitación? —gru?ó en voz baja—. ?Eh? ?Pensabas que no pasaría nada? ?Que esto era un juego?

  Angélica apretó los dientes, el orgullo y el miedo mezclándose en su mirada.

  —No tenía por qué saber que había un intruso —respondió con rabia contenida—. No puedo controlar cada puto movimiento de mi casa.

  Carlos la soltó de golpe y dio un paso atrás, pasándose una mano por el pelo.

  —Pues ya ves lo que pasa cuando no controlas las cosas —dijo—. Esto no puede volver a ocurrir.

  Miró a la mujer dormida en el suelo y luego volvió a Angélica.

  —A partir de ahora, cuidado extremo. Ni una sorpresa más. Porque la próxima vez… —se detuvo, tragando saliva— no sé si tendré margen para arreglarlo así.

  El silencio que siguió fue pesado, denso, cargado de algo que ninguno de los dos quería nombrar.

  Angélica bajó la mirada.

  Por primera vez desde que lo había conocido, no dijo nada.

  Carlos sintió cómo el cansancio le recorría el cuerpo de manera brutal, casi cayéndose al suelo por haber reforzado su cuerpo con mana. Chasqueó la lengua con frustración, el sonido seco resonando en la habitación.

  —Maldita sea… —murmuró, más para sí mismo que para nadie—. Esto empieza a ser más problemas de los que necesito.

  Shion, como no podía evitarlo, soltó una carcajada burlona desde algún rincón de su mente.

  —?Ja! Mira esa cara… No sabes lo que te espera —se rio, disfrutando de la mezcla de fatiga y tensión de Carlos.

  Carlos suspiró, agotado, y centró la mirada en Angélica.

  —Vamos, ?cuánto te falta? —preguntó, notoriamente impaciente.

  —No mucho —respondió Angélica, cruzando los brazos y mirando al suelo, el ce?o fruncido por el esfuerzo de cumplir la orden.

  Carlos no perdió tiempo. Su paciencia ya estaba al límite.

  —?Pues date prisa! —exclamó—. Tenemos que ir a la escuela. No vaya a ser que haya que dormir a algún familiar más por tu culpa.

  Angélica bufó, claramente irritada, pero continuó con lo que estaba haciendo.

  —?Eh, no empieces con eso! —se quejó—. Esto no es…

  Carlos la interrumpió, el ce?o fruncido y la voz cargada de enojo:

  —?Que te des prisa de una puta vez! —gritó, dejando muy claro que no toleraría más retrasos.

  Angélica, con un suspiro pesado, obedeció, moviéndose con rapidez pero sin perder su evidente desagrado.

  Shion, incapaz de resistirse, se rió burlonamente de la situación.

  —Venga, tranquilízate un poco, chico —dijo con tono sarcástico—. Que pareces un ogro furioso.

  Carlos le lanzó una mirada fulminante, molesto incluso a través de su fatiga.

  —Cállate —gru?ó—. Cuando te toque a ti, ya sabrás lo que es ser una molestia que eliminar.

  Shion soltó otra risita mientras Carlos se concentraba en mantenerse en pie, supervisando a Angélica y calculando mentalmente los próximos pasos para salir de ahí sin más problemas. La tensión aún flotaba en el aire, mezclándose con el cansancio, la urgencia y la inevitabilidad de tener que enfrentarse a otro día lleno de complicaciones.

  Esforzándose al máximo, Carlos tomó su maleta y se dirigió hacia la puerta de la casa, sintiendo cómo cada músculo le dolía por el esfuerzo de mantener el cuerpo reforzado con mana. Su respiración era pesada, y un sudor frío le recorría la espalda. Esperó a Angélica, golpeando inconscientemente el suelo con el talón mientras miraba el reloj mentalmente.

  Después de un par de minutos, Angélica apareció, con paso rápido pero con la habitual queja en los labios, y juntos salieron de la casa. El sol de la ma?ana iluminaba la calle, pero Carlos apenas podía disfrutarlo; otro problema molesto los esperaba.

  Pasando por la acera, Sandra los vio. Su mirada se clavó como un pu?al, llena de rabia y asco.

  —??Y esto qué?! —gritó, cruzando los brazos—. ?Ni siquiera me avisaste ni cogiste las llamadas porque estabas ocupado con tu nueva amiga?

  Carlos intentó abrir la boca para responder, pero Sandra lo ignoró y se marchó, su figura desapareciendo rápidamente calle abajo. El ruido de sus pasos resonó en la acera vacía, dejándole a Carlos una sensación de impotencia mezclada con frustración.

  Carlos respiró hondo y miró entre Sandra y Angélica. La decisión estaba clara: no iba a perseguir a Sandra ahora. Se quedó junto a Angélica, cruzando los brazos, mientras un suspiro cargado de molestia escapaba de sus labios.

  —Problemas… uno detrás de otro —murmuró, más para sí mismo que para nadie, mientras Shion no paraba de reír desde dentro de su cabeza.

  —Qué pena —dijo Angélica con tono burlón—. Tu amiguita ahora te odia. Eres un verdadero malhechor de los corazones de las chicas.

  Carlos se tensó, la mandíbula rígida y los ojos brillando con una frialdad inquietante. De repente, tomó a Angélica de la cara con fuerza, sus dedos apretando levemente. La sangre le latía en las sienes, el mundo parecía ralentizarse. Con una mirada vacía y fría que congeló a Angélica en su lugar, se preparó para darle un pu?etazo. Shion, por su parte, no pudo contenerse y se rió a todo pulmón.

  Pero justo antes de que el golpe impactara, Carlos se detuvo abruptamente. Soltó a Angélica y retrocedió un paso, respirando con fuerza, el corazón golpeándole en el pecho como un tambor.

  —?Muévete! —le dijo a Angélica con voz firme, dejando un hilo de amenaza en su tono—. Que nos demos prisa, no podemos llegar tarde.

  Angélica, todavía en shock, tardó unos segundos en reaccionar, parpadeando y llevándose una mano al rostro mientras procesaba lo cerca que había estado del golpe.

  Shion, riéndose a carcajadas, comentó:

  —Bien hecho… aunque estés más loco que nunca.

  Carlos simplemente resopló, ajustó la correa de su maleta y empezó a caminar por la acera, con Angélica siguiéndolo, todavía algo atónita por la tensión reciente. La ciudad despertaba a su alrededor, indiferente a los conflictos sobrenaturales que se desarrollaban en sus calles.

  Carlos avanzaba con paso firme por la acera, aunque por dentro todo le pesaba. Cada paso le recordaba el cansancio acumulado, el mana aún revuelto en su interior, la vista que todavía no era del todo nítida. Angélica caminaba a su lado, en silencio por primera vez desde que la conocía, con los hombros tensos y la mirada baja, como si cualquier palabra pudiera detonar algo peor.

  El sonido lejano del tráfico, voces de gente y el murmullo normal de la ciudad contrastaban demasiado con lo que acababa de ocurrir. Para el mundo, solo eran dos estudiantes caminando hacia la escuela. Para Carlos, era un campo minado.

  —No vuelvas a provocarme —dijo de repente, sin mirarla—. No te conviene.

  Angélica apretó los dientes.

  —?Y crees que a mí me conviene estar contigo? —respondió en voz baja, cargada de veneno—. Me tienes atada como a un perro.

  —Sigues viva —replicó Carlos sin emoción—. Eso ya es más de lo que Shion cree conveniente.

  Dentro de su cabeza, Shion chasqueó la lengua, divertido.

  —Lo admito, estás empezando a tener carácter. No me des las gracias.

  Carlos lo ignoró.

  Llegaron a una esquina y, al girar, la escuela apareció frente a ellos. El edificio se alzaba imponente, completamente ajeno a que uno de sus estudiantes había noqueado a una portadora de mundos en la azotea hacía apenas unas horas. Carlos se detuvo un segundo antes de cruzar la verja.

  —Aquí las reglas cambian —dijo—. Te comportas como una estudiante normal. No usas habilidades. No intentas nada raro. Si lo haces…

  Angélica soltó una risa seca.

  —?Y qué? —preguntó con desprecio—. ?Me vas a ordenar que me mate?

  Carlos se giró por completo hacia ella. Su mirada era plana, fría, sin rastro de duda.

  —No —respondió—. Te mataré yo. Tal y como dijo Shion.

  El silencio que siguió fue pesado. Angélica se quedó rígida, como si por primera vez comprendiera de verdad que aquello no era una amenaza vacía. Tragó saliva, pero no dijo nada.

  Shion, satisfecho, rió suavemente dentro de la mente de Carlos.

  —Así se habla. Por fin lo estás entendiendo.

  Angélica desvió la mirada.

  Entraron al recinto escolar. Varias miradas curiosas se posaron en ellos, algunos susurros se alzaron al reconocer a la “alumna nueva”. Carlos notó cómo, incluso sin usar su habilidad, Angélica atraía atención de forma natural. No mágica. Social. Eso, de algún modo, le incomodaba aún más.

  —Shion —murmuró Carlos apenas moviendo los labios—. Si intenta algo…

  —Lo sabré —respondió él—. Y tú también. Relájate… dentro de lo posible.

  Subieron las escaleras hacia su aula. Carlos notó cómo el pulso le volvía a acelerarse. El recuerdo de Sandra cruzándose con él le mordía la conciencia, pero no podía permitirse pensar en eso ahora.

  Al entrar al aula, el murmullo se apagó poco a poco. El profesor levantó la vista.

  —Llegan tarde —dijo con tono seco.

  —Lo siento —respondió Carlos sin explicaciones.

  Angélica inclinó ligeramente la cabeza, adoptando de inmediato una expresión dócil que hizo que varios alumnos la miraran con interés renovado. Carlos lo notó… y lo odió un poco.

  Tomaron asiento. Carlos dejó caer la mochila a sus pies y apoyó los codos en el pupitre. Su cuerpo pedía descanso, pero su mente estaba más despierta que nunca.

  —Esto no ha terminado —murmuró para sí mismo.

  Shion sonrió dentro de su cabeza.

  —No. Ahora es cuando empieza lo interesante.

  Carlos cerró los ojos un segundo, respiró hondo y los abrió de nuevo, mirando al frente.

  Esta vez, no iba a dudar.

  Angélica llegó a la azotea sin hacer ruido. La puerta metálica se cerró tras ella con un clic suave, casi imperceptible, pero suficiente.

  —Tenemos visita —avisó Shion.

  Carlos no se detuvo. Siguió moviéndose, respiración controlada, golpes al aire, el leve refuerzo de mana recorriéndole los músculos sin llegar a forzarlos.

  —?Qué quieres? —preguntó, sin girarse—. ?Y qué haces aquí?

  Angélica avanzó un par de pasos. No había burla en su rostro esta vez, ni sonrisa torcida. Solo una mirada fija, directa, incómoda.

  —Quiero saber quién eres —dijo sin rodeos—. Y qué hace tu habilidad de verdad.

  Carlos frenó en seco.

  El silencio se tensó de inmediato.

  Giró apenas la cabeza, lo justo para mirarla de reojo. Sus ojos no eran duros por rabia, sino por cálculo. Fríos. Vacíos.

  —No soy tan imbécil —respondió— como para soltar información crucial porque sí.

  Angélica frunció el ce?o.

  —Yo te dije lo que podía hacer —replicó—. Te expliqué mis habilidades.

  Carlos giró un poco más el cuerpo, lo suficiente para que ella entendiera que ahora sí le estaba prestando atención.

  —Que tú seas lo bastante idiota como para revelarlo —cortó, seco— no significa que los demás tengamos que hacer lo mismo.

  Angélica apretó los pu?os.

  —Eso es injusto.

  Carlos dio un paso hacia ella. Solo uno. No necesitó más.

  —Arrodíllate.

  La orden fue cortante, sin alzar la voz. No hubo emoción en ella. Solo autoridad.

  El cuerpo de Angélica reaccionó antes que su mente. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas contra el suelo de la azotea, el golpe seco resonando en el aire abierto. Sus dientes rechinaron de impotencia.

  Carlos se colocó frente a ella y la miró desde arriba, expresión impenetrable.

  —?Tengo que recordarte —dijo con frialdad— en qué posición estás ahora mismo?

  Angélica alzó la mirada, furiosa, humillada, los ojos brillándole de rabia contenida.

  —Eres un cabrón —escupió entre dientes.

  —Probablemente —respondió Carlos—. Pero sigues viva.

  Shion soltó una carcajada suave, complacida.

  —Aprendes rápido —comentó—. Eso me gusta.

  Carlos no le hizo caso. Se agachó un poco, lo justo para quedar a la altura del rostro de Angélica, sin tocarla.

  —Escucha bien —continuó—. No te debo explicaciones. No te debo confianza. Y no te debo respuestas. La única razón por la que sigues respirando es porque me resultas más útil así que muerta.

  Angélica tragó saliva.

  —Y si vuelves a confundirte —a?adió Carlos— y olvidas quién da las órdenes… no dudaré. Te mataré tal y como Shion dijo.

  No hubo amenaza exagerada. No hubo dramatismo. Solo una afirmación simple.

  Carlos se enderezó, dio media vuelta y retomó su entrenamiento como si nada hubiera pasado.

  —Ahora —dijo, sin mirarla—. Quédate ahí. Y no vuelvas a subir sin que yo te lo permita.

  Angélica permaneció de rodillas, temblando de rabia, mientras el sonido de los golpes al aire volvía a llenar la azotea.

  Y por primera vez desde que llegó a ese mundo, entendió algo con claridad absoluta:

  Carlos no estaba jugando a ser un monstruo.

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  Solo estaba aprendiendo a sobrevivir.

  Angélica, todavía de rodillas, dudó unos segundos antes de hablar. La rabia seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con algo más incómodo.

  —?De quién hablabas antes…? —preguntó al final—. ?Quién me quiere muerta? ?Quién es ese tal Shion?

  Carlos tardó en responder. Siguió unos instantes más con el entrenamiento, como si la pregunta no mereciera atención inmediata. Luego se detuvo. El aire pareció enfriarse apenas.

  —Ni yo mismo lo sé con exactitud —dijo finalmente, sin girarse—. Solo sé que cuando tenga la oportunidad… lo eliminaré sin remordimientos.

  Shion soltó una risa abierta, divertida, resonando solo en la cabeza de Carlos.

  —Qué palabras tan feas para alguien que todavía me necesita —se burló.

  Angélica frunció el ce?o.

  —No entiendo nada —dijo—. Nada de esto tiene sentido.

  Carlos respondió sin mirarla:

  —No es necesario que lo entiendas.

  El tono cortó cualquier intento de réplica. Carlos dio media vuelta y se acercó a ella, deteniéndose a un par de pasos. La observó con atención por primera vez desde que la había obligado a arrodillarse, evaluándola como si fuera una pieza más de un tablero.

  —Háblame del otro mundo —dijo—. Al que vas cuando duermes.

  Angélica parpadeó, desconcertada.

  —?Cuando duermo…? —repitió—. ?A qué te refieres?

  Carlos se quedó quieto.

  Por un segundo, solo uno, su expresión se resquebrajó. No fue miedo. Fue sorpresa. Un leve, peligroso shock.

  —?No necesitas dormirte para ir? —preguntó despacio.

  Angélica negó con la cabeza.

  —No —respondió—. Yo solo… elijo ir. Cuando quiero. Basta con pensarlo.

  Carlos chasqueó la lengua con fastidio y apartó la mirada.

  —Genial… —murmuró para sí—. Otra desventaja más.

  Shion se inclinó sobre su hombro, con una sonrisa afilada.

  —No todos los portadores juegan con las mismas reglas —susurró—. Algunos nacen con ventaja.

  Carlos apretó los dientes, pero no respondió. Volvió a mirar a Angélica.

  —Entonces habla —ordenó—. Dime cómo es ese mundo.

  Angélica dudó. No porque pudiera resistirse a la orden, sino porque no sabía por dónde empezar.

  —Es… diferente —comenzó—. No es como este mundo. Hay ciudades enormes, pero no todas son humanas. Hay razas que aquí solo existirían en cuentos. Y magia… magia por todas partes. No como aquí, donde está escondida o limitada.

  Carlos escuchaba en silencio absoluto.

  —Allí —continuó Angélica— el poder lo es todo. No importa de dónde vengas, sino qué puedes hacer. Los débiles obedecen o mueren. Los fuertes mandan. Y los portadores de mundos… somos vistos como anomalías. Algunos como herramientas. Otros como amenazas.

  Carlos entrecerró los ojos.

  —?Y tú qué eres allí?

  Angélica apretó los labios.

  —Alguien que aprendió rápido a no confiar en nadie.

  Carlos soltó una risa breve, sin humor.

  —Vaya coincidencia.

  Se incorporó del todo y se dio media vuelta.

  —Levántate —dijo—. Ya me has dicho suficiente por ahora.

  Angélica obedeció, aún tensa.

  —Esto no ha terminado —a?adió Carlos—. Si vamos a coexistir… necesito entender ese mundo. Y tú vas a ayudarme.

  Shion sonrió, satisfecho.

  —Cada vez te pareces más a mí —comentó.

  Carlos siguió caminando, ignorándolo.

  —No —respondió en voz baja—. Precisamente por eso pienso matarte cuando pueda.

  El timbre resonó por todo el edificio, metálico y estridente. Carlos se detuvo y miró de reojo a Angélica.

  —Volvamos a clase —dijo sin rodeos—. No quiero que empiecen a hacerse ideas raras. Ya me das suficientes problemas como para que me traigas más.

  Angélica se levantó sin decir nada y dio un paso hacia la puerta, pero Carlos la detuvo alzando una mano.

  —Antes —a?adió—. ?Conoces a algún otro portador de mundos?

  Ella se giró, con una mueca de molestia clara en el rostro.

  —Ya te dije que—

  —Es una orden —la interrumpió él, frío.

  Angélica apretó los dientes. Su cuerpo se tensó un instante antes de responder, forzada.

  —No —dijo—. No conozco a ninguno más.

  Carlos la observó un segundo extra, como asegurándose de que no había trampa. Luego bajó la mano.

  —Bien. Vamos.

  Salieron de la azotea y se separaron en el pasillo, cada uno yendo hacia su aula como si nada hubiera pasado. Para cualquiera que los viera, no eran más que dos estudiantes volviendo tarde del recreo.

  Carlos entró a su clase justo cuando el profesor estaba acomodando unos papeles en el escritorio. Nadie le dijo nada. Nadie le preguntó nada. Era lo de siempre: miradas rápidas que se apartaban, algún susurro apagado, y luego indiferencia. Existía, pero no importaba lo suficiente como para generar ruido.

  Se sentó en su sitio y dejó caer la mochila al suelo. El cansancio todavía le pesaba en el cuerpo, pero su vista ya estaba completamente recuperada. Aun así, sentía esa molestia sorda detrás de los ojos, como un recordatorio del precio que había pagado.

  Un chico de la fila de atrás, uno con el que a veces hablaba en educación física, le dio un golpecito al respaldo de la silla.

  —Oye, tío —susurró—. ?Es cosa mía o últimamente estás metido en líos raros?

  Carlos giró apenas la cabeza.

  —Cosas tuyas.

  El chico rió por lo bajo.

  —Ya… claro. Como lo de la azotea el otro día, o cuando gritaste en el pasillo. Estás empezando a dar miedo, ?lo sabías?

  Carlos lo miró un segundo más de la cuenta. No con amenaza, sino con una frialdad que hizo que el otro se removiera incómodo.

  —Entonces no te acerques —respondió.

  El chico levantó las manos en gesto de rendición.

  —Eh, tranquilo. Solo decía.

  Se giró hacia delante y no volvió a hablarle.

  Desde su asiento, Carlos notó algunas miradas más. No de miedo, exactamente. Más bien curiosidad mezclada con cautela. Algo había cambiado. No era popular, pero ya no pasaba completamente desapercibido.

  Shion soltó una risita en su cabeza.

  —Empiezan a notarte —comentó—. La gente siempre huele cuando alguien deja de ser inofensivo.

  Carlos apoyó el codo en la mesa y miró al frente.

  —Que miren lo que quieran —pensó—. Mientras no se metan en mi camino.

  La clase continuó con normalidad: explicaciones aburridas, apuntes mecánicos, el ruido de bolígrafos sobre el papel. Pero para Carlos, nada era normal.

  Sabía que Angélica estaba a unos pupitres de distancia.

  Sabía que no era el único portador de mundos… aunque no supiera cuántos más existían.

  Y sabía, sobre todo, que las cosas ya habían empezado a moverse.

  Quisiera o no.

  Shion soltó una carcajada más sonora de lo habitual, casi satisfecha.

  —No sabía que la actitud de alguien podía cambiar tanto en tan pocas semanas —comentó—. A lo mejor he sido demasiado duro contigo.

  Carlos apretó la mandíbula.

  —Cierra la puta boca.

  —Eh, eh, me rindo —respondió Shion con fingida inocencia—. Pero admítelo, ?vale? El chico que solo copiaba a los demás para encajar ya no está. Mírate ahora… pareces un maleante de verdad.

  Carlos cerró los ojos un segundo, conteniendo el impulso de responder con algo peor.

  —Cállate de una puta vez —dijo al fin—. Si no tienes nada que aportar, déjame descansar aunque sean cinco minutos.

  Shion volvió a reírse, claramente entretenido.

  —Entonces no sería divertido.

  —No soy tu payaso.

  —Oh, seguro que no —replicó Shion—. Eres mucho más importante que un simple payaso. El problema es que todavía no puedo exprimirte como me gustaría. No estás lo bastante maduro.

  Carlos abrió los ojos de golpe.

  —Déjate de tus diálogos misteriosos —espetó—. Si me vas a hacer algo, hazlo ya. Hoy ha sido caos tras caos. Parece que los planetas se han alineado solo para joderme a mí.

  Shion guardó silencio unos segundos. Demasiados. Cuando volvió a hablar, su tono era más bajo, más contenido.

  —Eso no es casualidad —dijo—. Cuando alguien empieza a moverse de verdad en el tablero, atrae atención. Problemas. Oportunidades.

  Carlos soltó una risa seca.

  —Genial. Justo lo que necesitaba.

  —Relájate —a?adió Shion—. Aún no ha empezado lo interesante.

  Carlos apoyó la frente en la palma de la mano y miró al frente. Sentía el cuerpo pesado, la cabeza cargada y un cansancio que no era solo físico.

  Cinco minutos.

  Solo quería cinco minutos de silencio.

  Pero, en el fondo, sabía que ya no los tendría.

  Carlos dejó escapar un suspiro largo, intentando concentrarse mientras el murmullo de la clase llenaba la sala tras el recreo. Las voces de sus compa?eros se mezclaban con el raspado de las sillas y el sonido de los libros al abrirse. Shion flotaba detrás de él, invisible para todos los demás, y continuaba con sus burlas silenciosas, observando cada movimiento de Carlos como un juez entretenido.

  —?Vas a quedarte ahí durmiendo con los ojos abiertos? —susurró Shion, apenas audible—. Porque parece que no has aprendido nada del caos del recreo.

  Carlos frunció el ce?o y apretó los pu?os bajo el escritorio, manteniéndose firme mientras el profesor continuaba explicando la lección, completamente ajeno a lo que pasaba en la mente de Carlos. Podía sentir la mirada de algunos compa?eros sobre él, algunos curiosos por su actitud reservada, otros intentando adivinar su relación con Angélica, la nueva. Ese tipo de atención siempre le molestaba, pero había aprendido a ignorarla… aunque no completamente.

  A mitad de clase, uno de los alumnos más parlanchines intentó acercarse a Angélica con la típica charla de bienvenida, pero Carlos reaccionó casi instintivamente. Su cuerpo se tensó, un impulso de protegerla, de marcar distancia. Shion no pudo evitar reírse silenciosamente.

  —Eso es… un poco excesivo —dijo, aunque Carlos no le respondió, centrado en que nadie cruzara la línea con Angélica.

  La nueva alumna, sin embargo, no pareció notar nada. Se mantuvo tranquila, consciente de su propio control y de que podía manejar la situación si quisiera. Carlos suspiró internamente, recordando la dinámica que habían establecido: él, vigilante; ella, potencial amenaza; Shion, caos personificado.

  Cuando el profesor comenzó a escribir fórmulas en la pizarra, Carlos aprovechó para practicar mentalmente movimientos de combate y estrategias de evasión que había visto y copiado, todo en su mente, invisible para los demás. Shion murmuró, divertido:

  —Vas a acabar convirtiéndote en un espectáculo, chico. No solo entre portadores de mundos, sino aquí mismo, en la vida normal.

  Carlos chasqueó la lengua y negó con la cabeza, concentrado. No le importaba el espectáculo, solo la preparación. Cada minuto en clase era una oportunidad para observar, planear y adaptarse. La clase continuó con la misma monotonía aparente, pero para Carlos cada instante estaba cargado de análisis, estrategia y tensión silenciosa. La batalla no había terminado; simplemente se había trasladado a otro terreno, uno que requería paciencia y concentración más que fuerza bruta.

  Carlos apoyó la barbilla en la palma de la mano, mirando al frente sin realmente ver lo que el profesor explicaba. Las palabras pasaban por su cabeza como ruido blanco. Fórmulas, fechas, conceptos… todo quedaba en segundo plano frente al cansancio que se le acumulaba detrás de los ojos y en los hombros.

  Shion seguía ahí, como siempre.

  —Te estás oxidando —comentó con tono burlón—. Antes al menos fingías interés. Ahora ni eso.

  Carlos no respondió. Ni siquiera le dedicó un pensamiento. Se limitó a respirar hondo, lento, contando mentalmente, como había aprendido a hacer cuando entrenaba con Kaelis después de recibir paliza tras paliza. Ignorar también era una forma de resistencia.

  El aula estaba tranquila. Demasiado tranquila.

  El sonido de un bolígrafo cayendo al suelo lo hizo tensarse un instante. Giró apenas la cabeza, lo justo para comprobar que no era Angélica. No lo era. Una chica de otra fila lo recogía con torpeza. Carlos relajó un poco los hombros, aunque el gesto fue mínimo.

  Angélica estaba sentada dos filas más adelante, recta, aparentemente atenta. Demasiado correcta. Demasiado normal. Carlos entrecerró los ojos, analizándola por costumbre. No había movimientos raros, ni gestos fuera de lugar. Pero eso no significaba nada. Ya sabía que alguien peligroso no necesitaba llamar la atención para serlo.

  —Sigues mirándola —susurró Shion—. Y luego dices que quieres descansar.

  Carlos apretó la mandíbula.

  —Cállate.

  —Oh, vamos —continuó Shion, claramente divertido—. No puedes bajar la guardia ni cinco minutos. Eso es agotador, ?no? Me pregunto cuánto tiempo más podrás seguir así antes de romperte.

  Carlos deslizó la mano hasta el borde del pupitre y la apretó con fuerza. Sentía el cansancio en los músculos, no físico esta vez, sino más profundo, como si llevara días sin dormir bien aunque su cuerpo hubiera descansado. Era la acumulación de decisiones, de tensión constante, de estar siempre preparado para lo peor.

  El profesor hizo una pregunta en voz alta.

  —?Alguien puede decirme la diferencia entre…?

  Un silencio incómodo se extendió por la clase. Carlos ni se movió. No tenía energía para fingir interés hoy. Un alumno al fondo respondió algo a medias y el profesor continuó.

  Carlos cerró los ojos un segundo. Solo un segundo.

  Shion no perdió la oportunidad.

  —Si te duermes ahora, sería irónico —dijo—. Con todo lo que has hecho para no perder el control.

  Carlos volvió a abrirlos despacio.

  —No voy a dormirme —murmuró—. Solo… necesito bajar el ritmo.

  Miró otra vez a Angélica, rápido, casi por reflejo. Ella no se giró. No hizo nada. Seguía siendo una presencia incómoda, silenciosa, como una bomba que aún no había explotado.

  Carlos soltó el aire lentamente.

  Que la clase fuera rara y pesada era, en ese momento, casi un alivio.

  Porque significaba que, al menos por ahora, el mundo le estaba dando una tregua.

  Y pensaba aprovecharla, aunque fuera a medias.

  Los párpados de Carlos empezaban a pesarle de verdad. No era un parpadeo largo ni un cabeceo evidente, era algo más traicionero: esa sensación en la que el mundo se vuelve blando, los sonidos se alejan y la mente empieza a soltarse sin pedir permiso.

  —Vaya, vaya… —rió Shion, claramente entretenido—. Al final sí que te duermes. Pensé que al menos hoy aguantarías despierto por puro orgullo.

  Carlos no respondió. Su cabeza se inclinó apenas un centímetro.

  —No me jodas… —a?adió Shion—. Después de todo el caos, ?así es como caes?

  —Eh, Carlos.

  La voz lo sacó del borde del sue?o de golpe. Parpadeó con fuerza y levantó la cabeza casi por reflejo.

  —?Qué? —respondió, un poco más seco de lo que pretendía.

  El compa?ero que se había girado desde el asiento de al lado lo miraba con curiosidad.

  —El profe preguntó si tenías el apunte de antes… —dijo se?alando la pizarra—. El de la fórmula.

  Carlos tardó un segundo en procesar la frase, pero logró reaccionar.

  —Ah… sí. Sí, aquí —murmuró, pasando el cuaderno.

  El compa?ero asintió, agradeció en voz baja y se giró de nuevo. Carlos se recostó otra vez en su asiento, respirando hondo, intentando espabilarse del todo.

  —Salvado por la campana —comentó Shion—. O por el NPC de turno.

  Carlos ignoró el comentario y, casi sin querer, alzó la vista.

  Angélica estaba mirando.

  Sus miradas se cruzaron apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente para que a Carlos se le tensara todo el cuerpo. Ella apartó la mirada de inmediato, como si no hubiera pasado nada, volviendo a clavar los ojos en el cuaderno frente a ella.

  Carlos frunció el ce?o.

  No había burla.

  No había sonrisa.

  Solo una retirada rápida, calculada.

  —Hm… —murmuró Shion—. Interesante.

  Carlos apoyó la espalda contra el respaldo, completamente despierto ahora.

  El sue?o se había ido.

  Y con él, cualquier ilusión de que podía bajar la guardia, aunque fuera un minuto.

  El profesor seguía hablando frente a la pizarra, su voz monótona convirtiéndose en un ruido de fondo constante. Carlos apoyó la mejilla en la mano, los párpados pesándole como plomo. No estaba dormido, pero tampoco del todo despierto. Era ese estado peligroso en el que la atención se afloja lo justo como para cometer errores.

  Shion, como si lo oliera, se inclinó en su mente.

  —Cuidado —murmuró con falso desinterés—. Ese estado es cuando la gente baja la guardia.

  Carlos no respondió. Se limitó a respirar hondo, contando mentalmente, intentando mantenerse anclado.

  Un sonido seco rompió el ritmo de la clase.

  Un bolígrafo rodó por el suelo.

  Carlos levantó la vista por reflejo… y se detuvo a tiempo. No miró al frente. No miró a los ojos. Solo vio piernas levantándose del asiento de al lado.

  —Perdón —dijo una voz femenina, suave, demasiado neutra.

  Angélica se había agachado a recoger el bolígrafo. Carlos mantuvo la mirada fija en el borde de la mesa, pero su visión periférica captó movimiento. Demasiado cerca.

  El corazón le dio un golpe seco.

  Shion no dijo nada. Eso fue peor.

  Angélica se incorporó despacio. No dijo nada más. Volvió a su sitio como si nada hubiera pasado, pero antes de sentarse, Carlos notó algo.

  No una mirada directa.

  Una pausa.

  Como si ella estuviera comprobando algo.

  Carlos tensó la mandíbula.

  —Lo ha hecho a propósito —susurró en su cabeza.

  —No del todo —respondió Shion al fin—. Está tanteando. Midiendo cuánto aguantas sin romperte.

  Carlos apretó el pu?o bajo la mesa. Sintió el leve cosquilleo del mana reaccionando a su tensión y lo reprimió al instante. No aquí. No ahora.

  El profesor llamó la atención a la clase y siguió explicando, ajeno a todo.

  Carlos se obligó a escribir algo en el cuaderno, aunque no estaba prestando atención real al contenido. Necesitaba parecer normal. Invisible.

  Un par de filas más adelante, un compa?ero se giró un segundo.

  —Oye, ?te encuentras bien? Tienes mala cara.

  Carlos levantó el pulgar sin mirarlo directamente.

  —Dormí poco.

  —Ya… —respondió el chico, sin darle más vueltas.

  Cuando volvió a apoyar la cabeza en la mano, Carlos sintió otra vez esa presión incómoda, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso.

  Angélica estaba quieta. Demasiado quieta.

  No lo miraba.

  Pero estaba ahí.

  Esperando.

  Carlos tragó saliva y pensó una sola cosa con absoluta claridad:

  No va a atacarme en clase.

  Va a esperar a que me equivoque.

  Y por primera vez desde que empezó el día, sonrió apenas, sin humor.

  —Pues va a tener que esperar sentada —pensó—. Porque hoy… no pienso caer.

  El resto de la clase avanzó con una lentitud casi cruel. Cada minuto parecía estirarse más de lo normal, como si el tiempo también estuviera probando su paciencia. Carlos se mantuvo inmóvil, escribiendo por inercia, borrando sin darse cuenta, repasando las mismas líneas una y otra vez. No era estudio. Era resistencia.

  El timbre sonó al fin.

  Un sonido simple, cotidiano… y aun así Carlos sintió un alivio casi físico.

  Las sillas se movieron, las voces subieron de volumen, la clase se desarmó en segundos. Carlos no se levantó de inmediato. Esperó. Dejó que la mayoría saliera primero. No quería verse atrapado en un pasillo lleno, no quería empujones accidentales, ni giros bruscos, ni miradas cruzadas sin querer.

  —Bien —comentó Shion, con un tono que rozaba la aprobación—. Estás aprendiendo a moverte como alguien que sabe que puede morir por un error tonto.

  —No me felicites —murmuró Carlos por lo bajo—. Me pone de los nervios.

  Cuando el aula quedó medio vacía, se levantó y recogió sus cosas con calma medida. Al girarse hacia la puerta, la vio.

  Angélica estaba apoyada junto al marco, hablando con dos compa?eras. Sonreía. Una sonrisa fácil, natural, de esas que no levantan sospechas. En el momento exacto en que Carlos apareció en su campo de visión, ella dejó de hablar.

  No lo miró a los ojos.

  Pero su sonrisa se curvó apenas más.

  —Problemas —dijo Shion—. Está marcando territorio.

  Carlos pasó junto a ella sin detenerse, sin acelerar el paso, sin agachar la cabeza. Neutral. Invisible. A medio metro de distancia, Angélica habló.

  —Oye.

  Carlos no se detuvo.

  —Carlos —a?adió ella, como si fuera casual.

  Ahí sí se paró.

  No se giró del todo. Solo lo suficiente para que quedara claro que la escuchaba… sin concederle la mirada.

  —?Qué? —preguntó, seco.

  Angélica ladeó la cabeza, fingiendo curiosidad.

  —Nada. Solo quería saber si estabas mejor. Antes parecías cansado.

  Una frase inofensiva. Perfectamente normal.

  Carlos sintió el impulso de apretar los dientes.

  —Estoy bien.

  —Me alegro —respondió ella—. Sería una pena que te pasara algo.

  Shion soltó una risa muda en su cabeza.

  Carlos dio un paso más, dispuesto a irse, pero Angélica a?adió, en un tono apenas más bajo:

  —Hoy después de clases tengo tiempo. Por si… necesitas ayuda con algo.

  Silencio.

  Carlos se giró un poco más. Lo justo para que ella supiera que estaba hablando en serio ahora.

  —No —dijo—. No necesito nada de ti.

  La sonrisa de Angélica no se rompió, pero algo en sus ojos —esa fracción que Carlos evitó mirar directamente— se tensó.

  —Qué lástima.

  Carlos se dio la vuelta del todo y se fue. No corrió. No dudó. No miró atrás.

  Solo cuando dobló la esquina del pasillo y se mezcló con otros alumnos, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

  —Está jugando —dijo Shion—. No va a forzar nada aún. Quiere verte reaccionar primero.

  —Que se quede con las ganas —respondió Carlos—. No pienso mover ficha hasta tener algo sólido.

  —Eso te va a costar —a?adió Shion—. Ella no es paciente por naturaleza.

  Carlos apretó la correa de la mochila.

  —Yo tampoco.

  Mientras avanzaba hacia la siguiente clase, con el cansancio tirándole de los hombros y la mente aún en tensión constante, una idea empezó a tomar forma, lenta pero firme.

  Si Angélica podía moverse libremente entre mundos. Si podía usar habilidades sin pagar precio. Si jugaba a largo plazo.

  Entonces él no podía permitirse improvisar más.

  Necesitaba información. Necesitaba control. Y, sobre todo…

  Necesitaba estar preparado para el momento en que mirar ya no fuera opcional.

  La última clase terminó sin sobresaltos. Demasiado tranquila, incluso. Las miradas entre Carlos y Angélica siguieron ahí, tensas pero medidas, como dos animales que se vigilan sin lanzarse todavía. Cuando sonó el timbre final, Carlos no se levantó.

  Esperó.

  Uno a uno, los alumnos fueron saliendo. Risas, planes para después de clase, el ruido habitual. Angélica fue de las últimas en irse, pero no se acercó a él ni dijo nada. Simplemente salió del aula como cualquier otra persona.

  Cuando el aula quedó vacía, Carlos apoyó los codos sobre la mesa y bajó la voz casi hasta un susurro.

  —Angélica —dijo—. Orden: ve al pabellón. Ahora.

  No sabía si aquello funcionaría. Ella no estaba cerca. Puede que ni siquiera estuviera en el mismo edificio ya.

  —Interesante experimento —comentó Shion, con un tono divertido—. Si funciona, abre posibilidades. Si no… al menos lo intentaste.

  Carlos se levantó sin prisa y salió del aula. Caminó por los pasillos con normalidad, sin mirar atrás, sin acelerar. Cada paso era una cuenta atrás silenciosa. Cruzó el patio, ignoró las voces alrededor y se dirigió al pabellón deportivo, que a esa hora solía estar medio vacío.

  Al llegar, empujó la puerta y entró.

  El lugar estaba en silencio. El eco leve de sus pasos resonó en el suelo pulido. Durante unos segundos no pasó nada. Carlos se quedó de pie, inmóvil, observando.

  —?Nada? —se burló Shion—. Tal vez el alcance tenga límite. O tal vez…

  La puerta del pabellón se abrió.

  Carlos giró la cabeza lentamente.

  Angélica entró con paso rígido, los hombros tensos, el ce?o fruncido como si estuviera luchando contra cada músculo de su cuerpo. Cerró la puerta de un golpe seco y lo miró con una mezcla de rabia y… algo más difícil de definir.

  —Así que sí —murmuró Carlos.

  Angélica apretó los pu?os.

  —Me dolió la cabeza —dijo entre dientes—. Como un tirón. No sabía por qué estaba caminando hasta aquí… hasta que te vi.

  Shion soltó una carcajada abierta.

  —Vaya, vaya. Alcance ilimitado. Eso es oro.

  Carlos no sonrió. Observó cada detalle: la respiración de Angélica, la forma en que evitaba dar un paso más cerca, cómo su cuerpo obedecía aunque su expresión gritara lo contrario.

  —?A qué distancia estabas? —preguntó.

  —Saliendo del edificio principal —respondió ella, forzada—. Ya me iba.

  Carlos asintió despacio.

  —Entonces funciona —dijo—. No necesito verte. No necesito oírte. Mientras esté consciente… puedes recibir órdenes.

  Angélica levantó la mirada, furiosa.

  —Eres un monstruo.

  —No —corrigió Carlos, con frialdad—. Soy alguien que aprende rápido.

  Se giró y empezó a caminar hacia una de las gradas, dejando claro que no tenía intención de acercarse más.

  —Relájate. No te he traído para hacer nada raro —a?adió—. Solo quería confirmar algo.

  Shion chasqueó la lengua, satisfecho.

  —Cada vez me gustas más cuando haces ciencia aplicada.

  Carlos se sentó, dejando que el cansancio volviera a caerle encima como un peso viejo.

  —Puedes irte —ordenó—. Vuelve a casa. Actúa normal.

  El cuerpo de Angélica reaccionó antes que su mente. Dio media vuelta, dio un paso… y se detuvo.

  —Esto no va a acabar bien —dijo sin mirarlo—. Para ninguno de los dos.

  Carlos no respondió. Cerró los ojos un segundo.

  La puerta se cerró tras ella.

  Cuando el silencio volvió al pabellón, Shion habló con una calma inusual.

  —Ahora ya no hay marcha atrás, ?lo sabes, no?

  Carlos apoyó la cabeza contra la pared.

  —Nunca la hubo.

  El pabellón quedó en silencio absoluto.

  Carlos permaneció sentado unos minutos más, sin moverse, dejando que el eco de lo ocurrido se asentara. El cansancio volvió a golpearle con fuerza, más mental que físico. Cada uso de mana, cada decisión tomada a la fuerza, parecía ir acumulándose como una deuda que aún no sabía cómo pagar.

  —Bonito cierre —comentó Shion, con un tono extra?amente neutro—. Confirmaste el alcance, estableciste dominancia y sembraste miedo. Un manual bastante eficiente.

  —Cállate —murmuró Carlos—. Solo… cállate un rato.

  Por una vez, Shion no respondió de inmediato.

  Carlos se levantó con lentitud y salió del pabellón. El cielo empezaba a te?irse de naranja; el día había pasado demasiado rápido. Caminó de regreso a casa sin prisas, con la cabeza baja, evitando cruzarse con nadie conocido. No tenía energía para explicaciones, ni para sonrisas falsas.

  Al llegar, dejó la mochila en el suelo y se dejó caer sobre la cama sin siquiera cambiarse. El cuerpo le pesaba, pero la mente seguía despierta, repasando cada detalle: Angélica, su habilidad, la facilidad con la que había obedecido… y lo fácil que había sido cruzar una línea que antes ni siquiera sabía que existía.

  —Te estás adaptando —dijo Shion al fin, en voz baja—. Eso siempre tiene un precio.

  Carlos cerró los ojos.

  —Entonces ya lo pagaré —respondió—. Pero no hoy.

  El cansancio terminó por vencerlo. La consciencia se le apagó poco a poco, y con ella el mundo humano se desdibujó.

  Antes de dormirse del todo, una última idea cruzó su mente, clara y peligrosa:

  Esto ya no va de sobrevivir.

  Va de control.

  Y en algún lugar, entre mundos, algo sonrió.

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