El dormitorio asignado estaba en el ala este, una galería larga y silenciosa donde cada puerta tenía una placa de bronce grabada con un apellido. Adrian encontró la suya al final del corredor: Vane.
Dentro, la habitación era austera: cama dura, escritorio de roble y un armario vacío. En el muro colgaba un espejo antiguo, tan alto como él. El cristal estaba manchado por dentro, como si reflejara una versión más oscura de la realidad.
Se sentó en la cama, intentando asimilar el lugar. El silencio era tan espeso que alcanzaba a escuchar su propia respiración. De repente, un peque?o pulso de luz blanca recorrió el marco de la placa de bronce en la puerta; el sistema de seguridad de la habitación acababa de vincularse a su ADN. Estaba oficialmente encerrado en su propio refugio.
Un golpe seco en la puerta lo hizo sobresaltarse.
—Nuevo, ?verdad? —dijo una voz masculina.
Adrian abrió y encontró a un chico de su edad, delgado, con ojos pálidos y sonrisa ladeada.
—Marcus Hale —se presentó, tendiéndole la mano—. Vecino de cuarto.
El apretón de manos fue extra?o: demasiado firme, demasiado prolongado, como si Marcus estuviera probando cuánto podía incomodarlo.
—Adrian —respondió.
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Marcus lo miró de arriba abajo.
—Ya lo sabes, ?no? Aquí nadie está a salvo. Ni siquiera en tu cama. —La sonrisa se ensanchó—. Pero no te preocupes, los de primer a?o rara vez son objetivos... a menos que llamen demasiado la atención.
Y sin más, se marchó por el pasillo, silbando.
Más tarde, decidió explorar. El ala este conectaba con el claustro central, un patio empedrado rodeado de columnas góticas. Había estudiantes repartidos en peque?os grupos, todos vestidos de negro, hablando en susurros. Cada gesto parecía calculado, cada mirada era una amenaza velada.
En una de las paredes había un tablero de anuncios: "Lista de desafíos pendientes. Semestre actual. "Nombres tachados, otros resaltados en rojo. Adrian se inclinó a leer, pero alguien colocó una mano en su hombro.
—Los curiosos no suelen durar mucho.
Era una chica. Alta, cabello oscuro, mirada afilada.
—Selene Drax —se presentó con un leve gesto de cabeza—. Y tú eres el nuevo.
—Vane.
—Lo sé. —Lo observó como si ya hubiera memorizado su expediente—. Consejo: no preguntes demasiado. Aquí, los muros escuchan. Y algunos muros responden.
Se fue tan rápido como había aparecido. Adrian se quedó solo, con la sensación de que la Universidad entera lo estaba examinando.
Esa noche, durante la cena, descubrió lo peor. El comedor era un salón interminable, con mesas largas y candelabros que proyectaban sombras inquietas. La comida estaba servida, impecable, pero nadie hablaba. Solo se escuchaba el sonido metálico de los cubiertos.
Al final de la mesa principal, una campana sonó. Un hombre de traje negro, con rostro enjuto y gafas de cristal oscuro, se levantó.
—Soy el Director Arkwright. Bienvenidos. Recordad la primera y única ley de esta casa: el asesinato es mérito , pero el error es imperdonable . El silencio fue total. Nadie aplaudió. Nadie sonrió. Todos bajaron la cabeza, como si acabaran de presenciar un juramento sagrado.
Adrian tragó saliva. Por primera vez, comprendió de verdad en qué lugar había entrado.

