El murmullo de Marcus junto con Lucian y Nathan se fueron desvaneciendo mientras Adrián y Selene, se quedaban atrás . Cruzaron el arco de mármol que daba salida a la Plaza de los Fundadores y, de repente, se encontraron en un tramo del pasillo donde las sombras de las gárgolas se alargaban sobre el suelo.
Adrian agarró a Selene del brazo y le dijo ,—?Nacer en un abismo te hace creer que eres la due?a de la oscuridad? —preguntó .
Adrián, bajó la voz hasta que solo ella pudiera sentir el aire de sus palabras—. Porque yo he visto lo que hay en el fondo del tuyo, Selene. Y no es sólo silencio.
Selene no retrocedió; al contrario, acortó la distancia hasta que sus chaquetas militares casi se rozaron. Su mirada descendió un segundo a los labios de Adrián antes de volver a sus ojos con una intensidad feroz.
—?Ah, sí? ?Y qué has visto, Vane? —desafió ella con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ?Has visto a la chica que no debería estar aquí o has visto algo que te da miedo reconocer en ti mismo?
—He visto que no juegas para el equipo de los que cazan —soltó él, arriesgándolo todo en esa frase—. Hablas de "control", pero tu frecuencia vibra con una lealtad que no le pertenece a esta academia.
Selene tensó la mandíbula y, por un instante, la máscara de frialdad dejó paso a una chispa de puro instinto de supervivencia. Le puso una mano en el pecho, justo sobre la insignia plateada de los Vane, y Adrián sintió el calor de sus dedos a través de la tela.
—Cuidado, Adrián —susurró ella, y su aliento rozó su oído—. En Dragonhall, saber demasiado es el primer paso para convertirse en un cadáver académico. Si realmente eres un Eco, sabrás que hay verdades que es mejor no sintonizar.
—Tarde para eso —respondió él, atrapando la mano de Selene con la suya, sin apretar, pero sin dejarla ir—. Ya estamos en la misma red.
La campana volvió a sonar, un recordatorio metálico de que el tiempo se había agotado. Selene retiró la mano con un movimiento seco, recuperando su postura de estatua de mármol.
—Entonces asegúrate de que tu "frecuencia" no te delate hoy en clase —sentenció ella mientras se daba la vuelta—. Porque si tú caes, yo no pienso hundirme contigo.
Selene echó a caminar hacia el anfiteatro sin mirar atrás, dejándolo solo con el rastro de sándalo y lluvia, y la certeza de que el abismo de Selene era mucho más profundo —y familiar— de lo que él estaba dispuesto a admitir.
Ella sabía que ese era su secreto y que Vane no lo iba a fastidiar , sabía que él no diría nada porque si no caerían los dos .
Al cruzar el umbral del aula, el ambiente cambió. El olor a cera y piedra vieja fue sustituido por el aroma metálico de los hologramas activos. La se?ora Dahlia Morven ya estaba en la tarima, con los brazos cruzados y esa mirada que parecía diseccionar el alma de cada estudiante que ocupaba su asiento.
—Tomen asiento —ordenó Dahlia, y su voz resonó como un látigo—. Hoy comprobaremos si sus mentes son capaces de algo más que seguir órdenes. Quiero ver sus dise?os de asesinato teórico.
El anfiteatro de Teoría del Asesinato estaba sumido en una penumbra rojiza. La se?ora Dahlia Morven permanecía de pie tras su atril, tan inmóvil como una de las gárgolas del tejado.
—Se?or Hale —tronó su voz—. Suba y demuéstranos que su mente sirve para algo más que para ocupar espacio en mi aula.
Marcus se levantó de un salto, ajustándose la chaqueta militar con un nerviosismo evidente. Al llegar a la tarima, conectó su cuaderno y una imagen algo borrosa de una copa de vino apareció en el holograma.
—A ver, se?ora Morven, prepárese porque lo que viene es... cine —empezó Marcus, intentando lucir una seguridad que no tenía—. Mi caso se titula: "El Brindis del Adiós". He dise?ado un veneno a base de ricino, pero con un toque de canela para que la víctima no note el regusto amargo. Es elegante, es clásico, es... infalible.
Dahlia Morven ni siquiera pesta?eó. Observó el diagrama de Marcus con una mezcla de lástima y desprecio.
—Es una receta de cocina, se?or Hale, no un asesinato —sentenció ella—. El ricino es previsible, lento y deja un rastro químico que hasta un perro olfateador de primer curso detectaría en segundos.
—?Pero es que la canela lo camufla todo! —insistió Marcus, soltando una risita nerviosa y buscando la aprobación de la clase—. Además, el sospechoso sería el sumiller. Yo me iría de rositas mientras todos culpan al que sirvió el vino. Admítalo, es brillante. ?Un 10? ?Un 9 por el esfuerzo?
Dahlia dio un paso hacia él, y Marcus retrocedió hasta chocar con el borde de la mesa. La profesora se inclinó, su broche de daga brillando a escasos centímetros de la cara del chico.
—Se?or Hale, su "brillante" plan tiene más agujeros que un colador. Si esto fuera un examen real, usted estaría ahora mismo en una bolsa de cadáveres por su propia incompetencia. No tiene instinto, no tiene precisión y, lo peor de todo, no tiene gracia. —Dahlia se?aló el anfiteatro con un gesto seco de su mano enguantada—.? Toma tu asiento, Marcus ! Antes de que decida que la canela queda mejor sobre su propio informe de expulsión.
Marcus tragó saliva, recogió su cuaderno a toda prisa y bajó las gradas mientras la clase contenía las risas.
—Lo has intentado, Marcus, lo has intentado —le susurró Iris cuando pasó por su lado, dándole una palmadita de consuelo en el hombro.
Después llegó el turno de Lucian Crowe . Su exposición sobre el "Francotirador Acústico" fue mucho más técnica y seria. Habló de decibelios, de distancias y de la trayectoria de la bala sincronizada con los fuegos artificiales de un festival. Fue un trabajo limpio, de un 7 sólido, pero le faltaba la "chispa" de maldad pura que la academia buscaba.
—Bien, Crowe. Técnico, aunque distante —dijo Dahlia, recuperando su tono gélido—. Pero ahora... dejémonos de disparos a lo lejos y venenos de supermercado.
La profesora miró hacia la fila donde Adrián y Selene estaban sentados. El aire del aula parecía congelarse de repente.
—Se?or Vane, suba. Muéstranos su trabajo a ver que nivel tenemos hoy en la clase .
Adrián se levantó. El silencio que se hizo en el aula fue tan pesado que el ruido de sus botas sobre la madera sonó como disparos. Marcus, que todavía estaba recuperando el aliento tras su ridículo, se quedó petrificado al ver la expresión de su amigo.
Ya no había espacio para bromas. La luz carmesí del anfiteatro se extinguió, dejando paso a una proyección holográfica tan nítida que el aire pareció cargarse de una humedad gélida. Ya no estábamos en Dragonhall ; estábamos en la mente de un depredador.
En el centro del aula, la imagen de una caba?a aislada en las Tierras Altas se materializó. Dentro, el escenario era de una pulcritud quirúrgica. Elena estaba atada a una silla de madera reforzada, con los ojos desencajados y una mordaza que apenas dejaba escapar gemidos sordos. Frente a ella, a escasos dos metros, su hermana Clara yacía sobre una mesa de metal, sedada pero con los ojos abiertos, parpadeando lentamente bajo el efecto de un fármaco que le impedía moverse, pero no sentir.
Adrián comenzó a narrar con una voz desprovista de emoción, como si estuviera leyendo un informe de autopsia antes de que ocurriera:
—El asesino no elige a sus víctimas por azar. Estudia el vínculo durante varios meses, este hombre ha vivido en las sombras de la vida de estas hermanas. Sabe que Elena daría la vida por Clara. Por eso, él no va a dejar que Elena muera.
—La preparación es una coreografía de paciencia —continuó Adrián. Las imágenes mostraron al asesino moviéndose por la habitación. No llevaba máscara; su rostro era la definición de la normalidad, lo que lo hacía diez veces más aterrador—. Capturó a Clara en el parking de su trabajo. Un pinchazo rápido, un rastro borrado. Luego, usó el móvil de Clara para enviar un mensaje a Elena: "Ven a la caba?a del abuelo, he tenido un accidente".
Adrián hizo un gesto y el holograma mostró al asesino afilando un bisturí mientras esperaba.
—él no tiene prisa. Ha cronometrado cuánto tarda el sistema nervioso en procesar el terror puro. Quiere que Elena llegue, que vea a su hermana y que comprenda, en un microsegundo, que no hay escapatoria.
—?Por qué hace esto? —preguntó Adrián, y su mirada se cruzó con la de la profesora Morven—. No busca dinero, ni sexo, ni venganza. Busca divinidad.
El holograma cambió de escenario. La luz carmesí de la clase se filtró en una imagen granulada y fría: una pista forestal rodeada de pinos .
—Elena llega a las siete y doce —narró Adrián, y su voz resonó en el silencio sepulcral del aula—. El motor de su coche es el único sonido que rompe la paz de la monta?a. Ella está asustada, tiene las manos sudadas sobre el volante porque el mensaje de Clara era confuso, desesperado.
En la proyección, un todoterreno plateado se detuvo frente a la caba?a. Elena bajó del vehículo sin apagar las luces; los faros delanteros cortaban la niebla como dos ojos amarillos.
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—Ella no mira a su alrededor —continuó Adrián, y Marcus se inclinó hacia delante, atrapado por la narración—. El asesino ha calculado su túnel de visión . Ella solo tiene un objetivo: la puerta de madera de la caba?a donde cree que su hermana está herida. Corre. Tropieza con una raíz, pero no le importa. El pánico le ha anulado el instinto de preservación.
La imagen mostró a Elena empujando la puerta. Al entrar, el contraste de luz la cegó un segundo.
—Ahí es donde el tiempo se detiene para ella —dijo Adrián—. Ve a Clara sobre la mesa, inmóvil. Da un paso, abre la boca para gritar el nombre de su hermana, pero el asesino no está frente a ella. Está detrás .
En el holograma, una sombra se desprendió de la oscuridad tras la puerta. No hubo lucha violenta, ni persecuciones. Fue un movimiento fluido, casi tierno. El asesino rodeó el cuello de Elena con un brazo enguantado mientras con la otra mano presionaba un pa?o empapado en cloroformo contra su rostro.
—él no quiere da?arla, todavía no —explicó Adrián—. La sostiene mientras ella se desploma, evitando que se golpee la cabeza contra el suelo de piedra. La trata con la delicadeza de un coleccionista que acaba de recibir una pieza de porcelana única.
La imagen mostró al asesino arrastrando el cuerpo inconsciente de Elena hacia la silla ya preparada, justo frente a la mesa donde Clara empezaba a recuperar una conciencia parcial y aterrada.
—Cuando Elena despierte diez minutos después, lo primero que verá no será el rostro del hombre que la capturó. Verá el perfil de su hermana, el brillo del bisturí sobre la mesa y comprenderá que el coche que dejó fuera, con las luces encendidas y el motor aún caliente, es el último rastro de su libertad. El asesino ha cerrado el círculo. La caza ha terminado; ahora empieza el arte.
Adrián hizo una pausa, dejando que la imagen de Elena despertando en la silla, atada y amordazada, se quedara grabada en la retina de sus compa?eros.
—él ha preparado el escenario para que el primer contacto visual de Elena sea el dolor de Clara. Así es como se asegura de que el trauma se selle en su hipocampo antes de que pueda procesar quién es su captor.
Dahlia Morven asintió, con una mano rozando su broche de daga. La precisión de Adrián al describir la captura no era teórica; era la descripción de alguien que había sentido el peso del cuerpo de Elena en los brazos del asesino a través del Eco.
La imagen mostró al asesino acercándose a Clara. Con una lentitud insoportable, hizo el primer corte en el brazo de la chica sedada. Elena, en su silla, empezó a convulsionar, gritando tras la mordaza. El asesino se detuvo. No miró a la víctima que sangraba; miró a la que observaba.
—él se alimenta del reflejo —explicó Adrián—. Al obligar a Elena a ser testigo de cada incisión, de cada suspiro de dolor de la persona que más ama, el asesino está reprogramando su cerebro . No quiere matar a Elena; quiere que ella sea su obra de arte viviente. Quiere que, cuando él se vaya, Elena sea una cáscara vacía que solo contenga la imagen de su crueldad.
—?A dónde quiere llegar? —concluyó Adrián, mientras el holograma mostraba al asesino inclinándose sobre Elena para susurrarle al oído mientras su hermana expiraba—. Quiere ser eterno. Sabe que mientras Elena respire, él seguirá existiendo en su memoria como un Dios oscuro. Para él, el asesinato es el medio; el testigo eterno es el fin.
De repente, en la proyección, el asesino dejó de mirar a las hermanas. Lentamente, giró la cabeza hacia la "cámara", hacia el punto exacto donde la conciencia de Adrián (y ahora la de toda la clase) estaba observando. Sus ojos vacíos parecían enfocar a cada alumno del anfiteatro.
Adrián cerró el cuaderno rojo con un golpe seco. La luz carmesí regresó, pero nadie se movió. Marcus estaba pálido, e Iris había dejado de jugar con su cabello. Selene, desde su sitio, mantenía la respiración contenida, reconociendo en ese dise?o la frecuencia exacta de un depredador que ella también había sentido.
Dahlia Morven rompió el silencio con una voz que, por primera vez, no era un látigo, sino un susurro de aprobación:
—Impecable, Vane. Ha capturado no solo el cuerpo, sino la esencia del vacío que dejamos tras nosotros. Tome asiento... si es que todavía le queda algo de alma tras habitar esa mente.
Adrián regresó a su sitio en medio de un pasillo de miradas que evitaban la suya. Marcus estaba rígido, con las manos entrelazadas sobre la mesa, como si temiera que, al tocar a su amigo, la oscuridad de la caba?a se le contagiara.
Dahlia Morven se desplazó por la tarima, el taconeo de sus botas marcando un ritmo fúnebre. Se detuvo justo en el extremo, mirando hacia la fila donde Selene permanecía como una esfinge de mármol.
—Se?orita Drax, su turno —dijo Dahlia, y su voz recuperó ese filo cortante que tanto la caracterizaba—.
Selene se levantó con una lentitud que bordeaba la insolencia. El roce de su uniforme contra la silla fue el único sonido que se escuchó antes de que sus pasos, rítmicos y decididos, marcaran el camino hacia la tarima. Al llegar al atril, no conectó el cuaderno de inmediato. Primero, recorrió las gradas con sus ojos de cuchilla, deteniéndose un segundo exacto en Adrián. Sus labios gruesos se curvaron en una sombra de sonrisa: una invitación al infierno.
—Mi caso no ocurre en una caba?a olvidada, sino en el lugar donde todos se sienten más seguros, una cena de celebración —comenzó Selene. Su voz era un susurro magnético que obligaba a los alumnos a inclinarse hacia delante—. Se titula: El Banquete de los Olvidados
Al conectar su dispositivo, el holograma estalló en una definición tan real que Marcus parpadeó, creyendo que las partículas de polvo de la mansión flotaban en el aula. Era un comedor barroco. La mesa, de una madera tan oscura que parecía absorber la luz, estaba puesta para seis personas. Había centros de mesa con dalias negras y copas de cristal de Bohemia que brillaban como diamantes bajo la luz de los candelabros.
—El asesino no es un extra?o. Es el anfitrión —explicó Selene, se?alando a la figura que presidía la mesa—. Durante meses, ha sido el amigo perfecto, el confidente.
En la proyección, los invitados estaban sentados, vestidos con sus mejores galas: sedas, esmóquines y joyas que costaban fortunas. Pero sus rostros eran máscaras de un terror puro e infinito. Sus ojos estaban desorbitados, las pupilas dilatadas hasta el límite, fijas en los espejos de plata que el asesino había colocado estratégicamente frente a cada uno de ellos.
—La captura no fue violenta —narró Selene, y el holograma mostró un flashback del anfitrión vertiendo un líquido incoloro en el vino—. Utilizó una variante sintética de tetrodotoxina concentrada. No los duerme, Vane. Los congela.
La imagen mostró a una de las mujeres intentando levantar su copa. Sus dedos se cerraron, pero su brazo no respondió. En segundos, la parálisis recorrió sus cuerpos.
—Están plenamente conscientes —continuó Selene, caminando por la tarima como si ella misma fuera el asesino entre los invitados—. Sus pulmones funcionan, su corazón late, sus oídos captan el tic-tac del reloj de pared. Pero no pueden parpadear. Ni un milímetro de movimiento. El asesino les ha inyectado además una dosis masiva de adrenalina y atropina para asegurar que sus sentidos estén en un estado de hiper-alerta. Sienten hasta el peso de la joya sobre su piel como si fuera una cadena de hierro.
—Aquí es donde el dise?o supera la simple muerte —dijo Selene, y su voz se volvió más gélida—. El asesino aparece con un carrito de cirugía de acero inoxidable. Con una precisión que hace que el bisturí parezca un pincel, realiza incisiones en los muslos y las pantorrillas de sus "amigos".
La clase contuvo el aliento. En el holograma, el asesino extraía finas láminas de tejido muscular de las víctimas vivas. No había gritos, sólo el sonido del metal cortando la carne y el goteo rítmico de la sangre sobre el suelo de mármol.
—Luego, introduce las sondas gástricas —explicó Selene, se?alando el tubo flexible que el asesino pasaba por la fosa nasal de un invitado paralizado—. Conecta la sonda a un procesador que licúa el tejido recién extraído y lo bombea directamente a sus estómagos.
Selene hizo una pausa, dejando que la brutalidad del concepto calara en los huesos de sus compa?eros.
—El asesino los obliga a cometer el pecado definitivo: alimentarse de sí mismos para no morir. Mientras ellos miran sus propios rostros en el espejo, ven cómo su cuerpo se va vaciando por fuera para llenarse por dentro con sus propios restos. Es un ciclo de retroalimentación macabro. La víctima no es un testigo de la muerte de otro, como en el caso de Vane ...la víctima es el verdugo de su propio cuerpo .
—?A dónde quiere llegar? —concluyó Selene, apagando lentamente las luces del holograma hasta que solo quedó la imagen del espejo frente a una víctima moribunda—. No busca la eternidad en la memoria de nadie. Busca la aniquilación total de la identidad . Quiere que lo último que pase por la mente de estas personas sea la comprensión de que se han consumido a sí mismos bajo su dirección. El asesino se sienta a la mesa, termina su copa de vino y les lee el obituario que él mismo ha escrito para ellos antes de que el corazón de la víctima se detenga por el shock.
Selene desconectó el cuaderno. El silencio en el aula era absoluto, pesado, casi doloroso. Incluso la se?ora Morven parecía haber olvidado cómo respirar durante un segundo.
—Enhorabuena, se?orita Drax —susurró Dahlia, con una chispa de oscuro orgullo—. Ha traído el vacío a este salón.
La campana de la torre central dejó de vibrar, pero el eco del "Banquete" de Selene seguía martilleando en las sienes de todos. Los alumnos salieron del anfiteatro en un bloque compacto, como si necesitaran el calor de los demás para sacudirse el frío de la clase de la se?ora Morven.
—Tío, necesito un filete de un kilo para olvidar que he oído la palabra "sonda gástrica" —murmuró Marcus, pasándose una mano por la cara mientras caminaban por el pasillo de los bustos—. Vane, ?vienes?
Adrián se detuvo frente a un arco de piedra.
—Id yendo vosotros y coged sitio. Se me ha caído algo en clase y tengo que pasar por los aseos. Os cojo enseguida.
Marcus e Iris asintieron y siguieron el flujo de estudiantes hacia el comedor. Adrián esperó a que el pasillo se despejara mínimamente. Se dirigió hacia la zona de los servicios, donde el mármol negro y las luces tenues daban un aire de cripta al lugar. Justo antes de entrar en el de caballeros, una voz lo detuvo en seco.
Venía del aseo de chicas. Era una voz baja, cargada de una urgencia que nunca le había oído a ella. Era Selene.
Adrián se acercó a la puerta entornada. El corazón le latía con una cadencia pesada, pero sus movimientos fueron los de un depredador. Empujó el metal un par de milímetros, lo justo para que el sonido se filtrara.
—...no he podido todavía —decía Selene. Su tono era defensivo, casi desesperado—. No he podido coger datos ni recopilar información. Es muy pronto, apenas llevo unos meses aquí y estoy en el primer curso.
Hubo una pausa. Selene parecía estar escuchando a alguien al otro lado de la línea, alguien que no tenía mucha paciencia.
—?No me presiones! —dijo ella, y Adrián pudo notar la vibración de su frecuencia de Eco, alterada, eléctrica—. Sabes perfectamente en qué bando estoy. No necesito que me lo recuerdes cada vez que me llamas. Haré el trabajo, pero a mi ritmo.
Adrián contuvo la respiración. "?En qué bando?". La sospecha de que Selene no era solo un espejo, sino una infiltrada, se clavó en su mente como un bisturí. Justo cuando iba a empujar un poco más para intentar verla a través del reflejo de los espejos interiores, una mano pesada se posó en su hombro.
—?Vane? ?Qué haces ahí? —la voz de Lucian Crowe sonó como un trueno en el pasillo desierto—. Ese es el aseo de chicas, colega. Si tienes tantas ganas de ver a la Drax, invitala a salir, pero no te quedes ahí como un mirón.
Adrián reaccionó por puro instinto. Cerró la puerta de un golpe seco, haciendo que el metal resonara en todo el pasillo, y se giró hacia Lucian con una mirada que habría hecho retroceder a un lobo.
—Me he equivocado de puerta, Crowe. No duermo bien últimamente —respondió Adrián con una voz gélida, recuperando la compostura en un segundo.
Lucian soltó una carcajada burlona. —Ya, claro. El "Banquete" de Selene te ha dejado un poco mareado, ?no? vamos al aseo que nos están esperando en el comedor .
Dentro del aseo de chicas, el silencio se volvió absoluto. Selene, con el móvil aún apretado contra la oreja, miró fijamente la puerta de metal que acababa de vibrar. Sus ojos negros se entrecerraron. Sabía que alguien había estado allí. Sabía que alguien había escuchado lo que no debía.
Guardó el teléfono en el bolsillo del uniforme, se miró al espejo y se humedeció los labios. El juego acababa de volverse mucho más peligroso.
Adrián caminó junto a Lucian hacia el comedor, pero su mente no estaba en la comida. Estaba en la frase: "Sabes perfectamente en qué bando estoy".
El cazador acababa de descubrir que su presa también estaba cazando.
?Cuál de los dos casos os ha parecido más perturbador? Os leo en los comentarios (prometo que no os juzgaré... mucho).
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