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Capitulo 11: Subasta en el laberinto (Parte 2)

  (Mientras los enfrentamientos transcurrían, Yui y Kimara le harían frente al jefe de gremio)

  El suelo tembló antes incluso de que el jefe del gremio se moviera.

  La tierra respondió a su voluntad como si fuera una extensión natural de su cuerpo. Columnas de roca emergieron desde abajo, formando un anillo defensivo perfecto a su alrededor. Su postura era firme, pero robotizado

  Yui no solo sentía el enlace del aura de Gemine, ahora podía ver la mezcla de su aura original. No era caótica ni violenta, era estable, pesada, propia de un experto

  Kimara se colocó detrás de ella, apoyando una mano en su espalda.

  —Refuerzo activo —anunció—. Aumento de flujo y estabilidad del aura. No te sobre exijas.

  Yui asintió.

  El jefe del gremio avanzó sin prisa, pero cada uno de sus pasos alteraba el terreno. La tierra respondía a su voluntad con una precisión inquietante. Yui lo sintió antes de verlo: la presión bajo sus pies cambió, el flujo de aire se volvió irregular.

  Saltó hacia atrás justo cuando el suelo se cerró donde estaba, formando una trampa de roca que habría inmovilizado a cualquiera con menos reflejos.

  Yui liberó una ráfaga de viento cortante que impactó contra un muro de piedra creado. El resultado fue inmediato: el viento se dispersó, absorbido por la estructura sin causar da?o real.

  El jefe del gremio levantó un brazo.

  El suelo bajo los pies de Yui explotó.

  Ella reaccionó a tiempo, impulsándose con viento hacia atrás, pero aun así fragmentos de roca golpearon su costado. El dolor fue real, inmediato.

  —Es fuerte… —murmuró Kimara—. Y preciso.

  No hubo descanso. Lanzas de piedra salieron disparadas desde distintos ángulos. Yui giró en el aire, creando escudos de viento para desviar algunas, pero otras lograron rozarla. Cada impacto drenaba su concentración.

  El jefe del gremio creó una armadura firme y avanzó un paso.

  Y el terreno avanzó con él.

  —Defensa absoluta, control del campo y presión constante… —pensó Yui—. Está dominando todo, el es un experto y yo soy un recién nacido a su lado, pero de camino a esta ciudad practiqué mucho, no lo suficiente para alcanzar a alguien de su nivel pero si para molestar

  El escudo de Yui no era lo suficiente para detener sus ataques, sus espirales parecían no tener efecto

  Se impulsó con una ráfaga desde sus pies, deslizándose lateralmente con una agilidad mejorada. El viento era extensión de su cuerpo.

  El jefe golpeó el suelo con el pu?o.

  Pilares de tierra emergieron en cadena, cerrándole el paso. Yui inhaló con calma y extendió la mano. El aire a su alrededor cambió de dirección, envolviendo su cuerpo.

  —Espiral de viento —Dijo.

  Una corriente giratoria se formó frente a ella, comprimida y afilada. La lanzó sin titubeos. El ataque impactó de lleno contra los pilares, triturándolos y abriendo un camino. No era un golpe descontrolado; era preciso, medido.

  El jefe del gremio respondió levantando una muralla gruesa, reforzada con capas de tierra compacta. Yui no atacó de inmediato.

  Cerró los ojos.

  Dejó que su brisa de percepción se expandiera. El aire le habló: el desplazamiento de partículas, la vibración bajo el suelo, el cambio mínimo en la postura de su enemigo.

  Abrió los ojos justo cuando la muralla se fracturó desde abajo.

  Saltó antes de que la trampa se cerrara, girando en el aire y usando el viento como apoyo. Su movilidad era fluida, casi natural. Aterrizó detrás del jefe y lanzó una ráfaga cortante dirigida a las articulaciones de su armadura de piedra.

  El impacto fue efectivo. La defensa se resquebrajó.

  — ?Sé que no estás actuando por tu cuenta! —gritó, creando una corriente ascendente para elevarse—. ?Gemine te está controlando!

  No hubo respuesta inmediata.

  Respondió cerrando el pu?o, haciendo que la tierra se elevara y la golpeara de costado. Yui sintió el impacto completo. Rodó por el suelo, el aire escapando de sus pulmones.

  Aun así, se levantó.

  El viento volvió a rodearla, más estable, más firme.

  —Aún puedo seguir —dijo, con la respiración agitada pero la mirada clara.

  Se impulsó una vez más, veloz, precisa. Ya no reaccionaba tarde. Leía el campo, anticipaba los movimientos.

  Por primera vez, el jefe del gremio retrocedió un paso.

  —No escucha… —dijo Kimara con preocupación.

  —Entonces haré que escuche —respondió Yui.

  Aterrizó frente a él, manteniéndose firme pese a la presión del aura.

  — ?Esta ciudad confía en ti! —continuó—. ?No puedes ser solo una marioneta! ?Quiero conocerte como el hombre que protege Akron, no como el arma de alguien más!

  Yui realiza una bomba de aire que los separa gran distancia

  El jefe del gremio mostraba signos de emociones en su cara.

  — ?Ahí estás! —gritó—. ?Quiero aprender de alguien tan fuerte como tú!

  En ese momento, una figura apareció entre sombras y llamas.

  —Entrada poco elegante, lo sé —dijo Nerfex, materializándose—. Pero creo que llegué justo a tiempo.

  Una explosión de fuego impacta y hace retroceder al jefe. La coordinación de sus movimientos ya no era perfecta.

  —Escucha —dijo Yui rápidamente a Nerfex—. No tenemos que derrotarlo… tenemos que despertarlo.

  —Estuve atento antes de actuar, creo que tienes razón, a juzgar por lo que vi podremos traer de nuevo a este grandote

  El jefe del gremio atacó de nuevo, pero esta vez sus golpes eran menos precisos. Las formaciones de tierra se agrietaban antes de completarse.

  Kimara aumentó el refuerzo.

  —última mejora —advirtió—. Si tienen un az bajo la manga díganmelo, haré que sea preciso

  —Oye, centra en el interior de mi espiral de aire ese fuego tuyo. Lo derrotaremos con este ataque

  Yui y Nerfex se movieron al mismo tiempo.

  Viento y fuego se entrelazaron, comprimidos por el soporte de Kimara hasta formar una espiral incandescente, concentraron tanta aura que el espiral era del doble de su tama?o.

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  — ?Danos el acierto Kimara! —Gritó Yui

  —Aquí voy

  El libro de Kimara se ilumina, un circulo de conjuro aparece bajo los pies del jefe de gremio, la tierra se torna casi liquida impidiéndole la movilidad pero lo que más destacaba era que no parecía oponer resistencia.

  El jefe del gremio levantó la mirada.

  — ?Soren! Ese es mi nombre, será un placer conocerte ni?a

  El dúo lanza el ataque combinado que avanzó como un vendaval ardiente, rompiendo las múltiples defensas que utilizó el jefe de gremio

  Soren no se protegió luego de que destruyeran sus defensas y su armadura

  Recibió el impacto de frente.

  La explosión sacudió la cueva, levantando polvo y fragmentos de roca. Cuando todo se disipó, Kimara cayó de rodillas, exhausto, libre.

  Yui apenas podía mantenerse en pie.

  Al mismo tiempo en la cueva…

  Mina avanzó sin apuro, los pu?os cerrados, el cuerpo relajado de alguien acostumbrada al combate directo. Indora la observó con atención, evaluando cada paso, cada ajuste en su postura. No llevaba un arma visible; solo guantes reforzados y una armadura ligera que no sacrificaba movilidad.

  —Así que tú eres Indora —dijo Mina—. La guardaespaldas que nunca falla. He oído mucho de ti.

  Indora esbozó una sonrisa breve, sin orgullo.

  —La fama suele exagerar, simplemente cumplo con mi trabajo

  Mina inclinó la cabeza y con una sonrisa en el rostro

  —Hoy será tu primera vez

  No hubo más palabras. Indora fue la primera en moverse, cerrando la distancia con un golpe directo al rostro. Mina lo bloqueó con el antebrazo, pero el impacto fue más pesado de lo esperado. Retrocedió medio paso, sorprendida por la fuerza contenida en ese ataque.

  Indora no le dio respiro. Encadenó rodilla, codo y un giro bajo que golpeó las costillas de Mina. El dolor fue inmediato, profundo. Mina gru?ó, pero no se apartó.

  Algo cambió en su postura.

  — ?No usaras tu espada? —preguntó Mina, limpiándose un hilo de sangre del labio.

  Indora negó con la cabeza mientras ajustaba su guardia.

  —Sería injusto. Tu estilo es cuerpo a cuerpo. El mío también puede serlo.

  Mina respetó su decisión y sonrió de forma placentera.

  Indora activó su habilidad: Pulso de Equilibrio. Cada impacto que daba o recibía ajustaba su centro de gravedad y lectura del rival, permitiéndole anticipar movimientos y responder con precisión casi perfecta. No aumentaba su fuerza, pero sí su control absoluto del combate cercano.

  Chocaron otra vez.

  Indora golpeaba con técnica impecable, apuntando a puntos de presión, a músculos clave. Mina recibía golpes que habrían derribado a cualquiera. Sus piernas temblaron cuando un pu?etazo directo le sacudió el pecho.

  Pero no cayó.

  —Tus golpes son muy precisos, es notorio que sabes cómo hacer esto… —dijo Mina, respirando hondo— pero lo haré difícil para ti.

  Su aura se intensificó. Su habilidad, Resonancia de Combate, respondía al da?o acumulado. Cada golpe recibido se convertía en fuerza, velocidad y resistencia. No de forma explosiva, sino progresiva, peligrosa.

  Indora lo notó.

  —Así que esa es tu habilidad… —dijo.

  Mina avanzó esta vez. Su golpe impactó en el hombro de Indora con una fuerza muy superior a la de antes. La guardaespaldas salió despedida varios metros, rodando por el suelo antes de incorporarse.

  —Dime algo —continuó Mina mientras se acercaba—. ?Por qué trabajar con gente así?

  Indora bloqueó un golpe ascendente, pero el impacto le hizo crujir los brazos.

  —No estoy de acuerdo con esto —respondió, forzando la voz—. Pero el pago fue anticipado. Y cuando supe la verdad… ya estaba dentro.

  Mina lanzó una combinación brutal. Indora logró esquivarla por poco, contraatacando con una patada directa al abdomen. Mina la recibió de lleno.

  Su aura volvió a crecer.

  —Siempre hay marcha atrás —dijo Mina—. Aunque duela.

  El combate se volvió más cerrado. Indora seguía siendo técnica, precisa, pero Mina ahora la superaba en fuerza pura. Cada intercambio inclinaba la balanza. El Pulso de Equilibrio comenzaba a fallar frente a una oponente que se hacía más peligrosa con cada golpe recibido.

  Indora dejó de retroceder. La ligereza inicial de su postura desapareció y su expresión se volvió completamente seria. Ya no había espacio para tanteos. Enderezó la espalda, relajó los hombros y fijó la mirada en Mina con una intensidad incómoda.

  —Hasta aquí llegamos jugando —dijo con voz firme—. Iré algo más seria

  Mina avanzó un paso… y se detuvo en seco.

  Sus músculos respondieron con retraso, como si una fuerza invisible los sujetara desde dentro. Indora no había levantado la mano ni cambiado su respiración. Solo sostenía la mirada.

  Los ojos de Indora brillaron

  —Te quedaras quietecita para mí.

  Unos segundos bastaban. El cruce visual prolongado interfería directamente con el flujo de aura del oponente, provocando una parálisis parcial del cuerpo. No era absoluta, pero sí suficiente.

  —Tch… —Mina forzó una mueca mientras intentaba moverse.

  Indora no desaprovechó la oportunidad. Cerró la distancia y descargó una serie de golpes limpios y precisos. Pu?os al abdomen, costillas, mandíbula. Mina recibió cada impacto sin poder responder a tiempo. El dolor se acumuló de golpe, más intenso que antes.

  La parálisis cedió y Mina cayó de rodillas, respirando con dificultad.

  — ?Ves? —Dijo Indora, con un dejo de cansancio—. No siempre gana la que resiste más.

  Mina alzó lentamente la cabeza. Su aura, lejos de apagarse, comenzaba a concentrarse. Un tono rojizo, denso, envolvió sus brazos.

  —Eso… aún no lo decides tú.

  Mina vuelve a lanzarse al ataque, con menos velocidad, pero Indora vuelve a cruzar miradas con ella que instintivamente la siguió. Una combinación perfecta de parálisis y pulso de equilibrio

  Indora lanzó su mejor ataque: una secuencia perfecta, calculada para derribarla.

  Mina aguantó, vuelve a levantarse

  —No puedo caer, no puedo hacerlo. Llama sagrada que envuelve mi cuerpo, préstame tu energía diosa mía y no fallaré

  —Hechizo divino de una diosa…

  Indora volvió a fijar la mirada, intentando activar la habilidad otra vez, pero esta vez Mina cerró los ojos y avanzó con su intuición soportando otro golpe directo al rostro.

  Su aura se intensificó de golpe.

  Cada ataque recibido había alimentado su resonancia de combate. El dolor ya no la frenaba; lo transformaba.

  —Gracias… —murmuró Mina, dando un paso firme—. Justo lo que necesitaba.

  Concentró toda el aura roja en su pu?o derecho. El aire vibró alrededor del golpe, pesado, comprimido. Indora lo vio venir y respondió, reforzando su defensa con todo su control y fuerza restante.

  Los pu?os chocaron.

  El impacto resonó en la cueva como un estallido seco. La onda de choque levantó polvo

  Luego, Indora salió despedida hacia atrás y cayó con fuerza, quedando inmóvil en el suelo.

  Mina permaneció de pie, respirando agitadamente, el aura disipándose poco a poco, con una sonrisa gratificante

  —Eres fuerte —dijo—. Y no eres como ellos.

  Indora alzó la mirada, derrotada, pero serena.

  —Entonces… espero que hoy mi falla sirva para algo.

  La pelea había terminado.

  Por otro lado el enfrentamiento de Athena y Vanos…

  Athena avanzó un paso dentro del amplio círculo de la cueva, separándose del resto del grupo. El eco de los combates paralelos vibraba en las paredes, pero su atención estaba fija en una sola figura: el primer domador. El hombre sostenía su látigo electrificado con naturalidad, como si fuera una extensión más de su cuerpo, mientras a su alrededor se agrupaban varios monstruos menores del laberinto: duendes de piel gris, lobos de colmillos afilados y un orco menor que gru?ía con impaciencia.

  —Una arquera sola… —sonrió el domador, haciendo chasquear el látigo contra el suelo, liberando una descarga—. No sé si eres valiente o ingenua.

  Athena no respondió. Su arco ya estaba en tensión.

  La primera flecha fue azul.

  Al soltarla, el proyectil lanzado hacia el techo de la cueva hace explosión y cae una lluvia sobre los monstruos: una flecha amarilla siguió de inmediato, cayendo en el suelo y electrificando a todas las bestias que habían sido roseadas con agua dejándolos bastante heridos, una lluvia de flechas normales creadas con aura siguió limpiando cada bestia sobre el campo

  El domador reaccionó rápido. Giró el látigo en círculos y creó una barrera chisporroteante que desvió una flecha roja antes de que lo alcanzara.

  —Interesante… lanzaste una flecha más camuflada en las últimas directo hacia mí —Dijo, avanzando.

  El domador lanza un hechizo de invocación trayendo al campo un lobo gris de dos cabezas mucho más grande que los normales y esqueletos con armaduras

  El lobo de dos cabezas se lanza al ataque instantáneamente. Athena retrocedió con pasos medidos, disparando dos flechas marrones que impactaron en el suelo frente a ellos. La tierra se elevó en picos irregulares, golpeándolo y elevándolo hacia el aire y chocando contra el techo de la cueva

  Nuevamente Athena lanza flechas hacia el domador con el fin de conocer sus movimientos pero el látigo se extendió como una serpiente viva, golpeando las flechas en pleno vuelo y desviándola. No era solo reflejos: su control era preciso, casi elegante.

  — ?No se queden mirando!

  Nuevamente traía más monstruos menores al campo

  Athena cambió de estrategia.

  Una flecha negra se clavó en la pared detrás del domador, justo donde su sombra se proyectaba. Al instante, el hombre gru?ó de dolor, llevándose la mano al hombro, como si algo invisible lo hubiera atravesado.

  — ?Qué…?

  Otra flecha negra. Esta vez, el da?o se reflejó en su costado.

  El domador retrocedió, sorprendido, y ordenó a los monstruos restantes avanzar al mismo tiempo. Athena disparó sin pausa, combinando colores: fuego para quemar, electricidad para frenar, tierra para controlar el espacio. El suelo quedó marcado por impactos, grietas los núcleos de monstruos derrotados

  La arquera se estaba quedando sin flechas

  —Te estás quedando sin recursos —se burló el domador, recuperando la compostura—. Yo no.

  Athena respiró hondo. Cuando la última flecha preparada salió disparada, ya estaba creando otra con su propia aura. La flecha improvisada ardía en llamas débiles, menos precisa, menos letal, pero suficiente para mantener la presión.

  El domador sin que Athena se diera cuenta había realizado un ataque sorpresa, como una víbora el látigo sale desde el suelo tomando su pierna con una descarga eléctrica potente. Athena cayó al suelo, pero se levantó de inmediato soportando un dolor que a cualquiera dejaría sin fuerzas, dispara otra flecha de fuego creada al instante.

  El combate se cerró. Distancia mínima.

  —No eres una arquera común —admitió el domador, cansado—.

  Athena cerró los ojos por un segundo

  —Diosa préstame tus fuerzas, que tu llama sagrada guíen mis flechas.

  Su aura cambió.

  Un arco de aura brilló con una luz intensa y las llamas crearon flechas que se volvieron densas, casi blancas en su núcleo. Athena tensó la cuerda y disparó.

  Una flecha blanca.

  El domador intentó bloquearla, pero el impacto atravesó la defensa del látigo y explotó frente a él con una descarga brutal de energía. El suelo se hundió

  Cuando la luz se disipó, el domador estaba de rodillas, el látigo inerte a su lado.

  Athena permaneció de pie, apuntándole con el arco aún encendido.

  —Creíste que lo tenías todo controlado —dijo con calma—. Ese fue tu error.

  —Pues tu error es creer que esto se terminó—dijo Vanos

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