# Capítulo 1: El Susurro de la Luna Negra
## I. La Maldición y el Pacto
Un susurro tenue, casi etéreo.
*"Te amo..."*
La voz se deslizó como niebla cálida en el oído de Zack, despertándolo con la dulzura de una pesadilla agradable. A su lado, enterrada en el suelo ennegrecido, yacía la **"Luna Negra"** —su espada—, palpitando como una herida abierta en la realidad. Tan oscura que devoraba toda la luz, su empu?adura plateada grabada con un rústico símbolo de luna menguante, como si la propia hoja estuviera de luto sin fin.
Zack yacía inmóvil, rígido como un cadáver fresco, con los ojos muy abiertos en trance mientras buscaba en el techo la fuente de esa voz. Pero solo había silencio.
Tomó una respiración profunda y áspera. El aire era denso, casi pútrido.
Se giró hacia la única ventana, agrietada y deforme, colgada con un trapo sucio que ondeaba como un suspiro olvidado. La luz de la luna se esforzaba por colarse, pero era rechazada por la mugre y el tiempo.
Levantándose lentamente, fijó su mirada en la espada. Parecía devolverle la mirada.
No era un arma. Una maldición. Un espejo. Un pacto.
En la habitación oscura, iluminada solo por una vela temblorosa, la palabra se abrió paso a través de su garganta:
“Maldición…”
Una pausa. Un silencio casi reverente.
Con fuerza violenta, Zack dejó caer la cabeza al suelo.
*Crack.* La madera gimió.
Su cráneo se encontró con las tablas con un golpe sordo.
La sangre brotó en sus ojos.
En ese momento, se odió a sí mismo más que a nada.
?Pero por qué?
Tambaleándose, se arrastró hasta el espejo roto.
La sangre goteaba por su frente.
Allí se vio a sí mismo: cabello blanco, enredado y manchado de sangre; piel tan pálida como nieve enferma; ropas de gran tama?o cosidas con pieles y plumas de bestias cazadas. Un hombre de veinticinco a?os destrozado por dentro, retorcido por fuera.
Sin propósito. Sin salvación.
Un loco tambaleándose al borde del abismo.
El espejo le devolvió su imagen con desprecio. Detrás de ese marco agrietado yacía una cama de heno y trapos, ba?ada por la pálida luz de la luna. Y allí, como un fantasma, estaba ella:
Una chica de blanco.
Cabello dorado como el pecado.
Ojos dorados como la promesa.
Piel dulce como la avellana.
Y, como bajo un hechizo, ella susurró una vez más:
*"Te amo..."*
## II. Refugio en In Medias Res
La caba?a de tablones torcidos, encajada entre barracas de metal oxidado, era el escondite perfecto para alguien que deseaba pasar desapercibido. En *In Medias Res*, el alquiler era lo suficientemente barato como para mantenerse alejado de los militares, pero demasiado caro para que alguien lo llamara "hogar". Allí, Zack Fair dormía bajo un velo de indiferencia.
En este barrio podrido, los ojos marrones y caramelo eran la norma; los ojos negros, como los suyos, pasaban desapercibidos. Por la noche, las calles se silenciaban: ni robos, ni asesinatos; incluso en la miseria, había ley y respeto. Y Zack; él era ley y respeto.
A unas pocas callejuelas de distancia, la ciudad alta brillaba como un cielo estrellado. En el horizonte, el castillo real se alzaba en tonos antinaturales: violeta, blanco y negro, más precioso que el oro.
“Un imperio pobre para un país pobre”, murmuró, sus dedos rozando la empu?adura de la “Luna Negra” en su cintura.
Nadie se atrevía a saludarlo. Una sola mirada podía traer un silencio mortal; mirar hacia otro lado era sentido común. El miedo que Zack inspiraba se demoraba en cada puerta y sombra.
Llegó a la **“Taza con Fugas”** con un golpe seco:
*toc, toc…*
La madera crujió. Se abrió una rendija y una voz oculta siseó:
“?Contrase?a?”
“Cerdos morados.”
La puerta se abrió de par en par y el salón estalló en música estridente, risas y gritos. Un bardo tocaba acordes feroces en su laúd mientras la multitud, ebria de alegría y desesperación, cantaba, lloraba y bailaba para exorcizar el hambre y el miedo.
Cuando Zack entró, todo se congeló. Todos los ojos se volvieron hacia el extra?o encapuchado. Los dedos del bardo se detuvieron en las cuerdas. La tensión se espesó como la niebla... hasta que Zack levantó el brazo en un gesto casi imperceptible. En un instante, el salón volvió a la juerga. El bardo reanudó su melodía y las tazas tintinearon una vez más.
Zack se deslizó en un rincón oscuro del bar. Sin una palabra, el camarero colocó ante él una taza humeante y un sobre arrugado. Vació la taza de un trago, inhaló bruscamente y murmuró:
“?Qué es, K?”
A su lado, una mujer con una capa negra se bajó la capucha. Rizos oscuros enmarcaban un rostro moreno, y sus ojos, rojos y profundos, brillaban como ascuas vivas.
“Eres extra?o, Zack. ?Cómo sientes mi aura tan fácilmente?”
él esbozó una media sonrisa irónica, con los nervios vibrando bajo su piel.
“No lo sé, K. Parece que el entrenamiento valió la pena.”
K le devolvió la sonrisa, suave y desafiante.
“Entonces celebra conmigo. Tenemos una cacería esta noche.”
Zack levantó una ceja.
“?Dónde está ese tonto?”
“Durmiendo, maestro”, dijo ella, con un tono extra?amente maternal. “No fue fácil traerlo aquí…”
K lanzó una mirada cautelosa a su taza.
“Lo mimas demasiado.”
Con una risa suave, ella se acercó. Su aroma, a pimienta y romero, hizo que Zack se sintiera incómodo. Sin previo aviso, K lo abrazó y le dio un beso breve y cálido en los labios, murmurando en su oído:
“Es solo un ni?o.”
Zack no dijo nada. Se sonrojó, sonrió y sostuvo su mirada ardiente.
“Lo sé.”
Juntos, se escabulleron sin decir otra palabra. Afuera, la niebla pútrida del Vacío se curvaba por las calles, recordándoles que la cacería había comenzado.
## III. La Cacería Bajo las Luces Rojas
Saltando por los tejados de *In Medias Res*, Zack y K se mezclaron con la oscuridad, haciéndose uno con la noche: sombras en medio de la gran cacería. La niebla negra colgaba espesa y sofocante sobre la ciudad como un presagio ominoso. Los ciudadanos del distrito inferior conocían bien las se?ales: cerrar las puertas, tapiar las ventanas y permanecer en silencio absoluto.
En lo alto, sin embargo, la historia era diferente. Las regiones ricas de la ciudad brillaban intensamente, las calles repletas de nobles que se entregaban a sus caprichos. La niebla negra no los asustaba; la ignoraban como si fueran inmunes al Vacío. Garitos de juego, burdeles y mercados de esclavos formaban el glamour grotesco de la élite. Allí, los ojos azules eran la norma; una marca de nobleza grabada en cada rostro.
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Saliendo de las sombras del distrito inferior, Zack sacó un trozo de papel arrugado de su bolsillo.
Nombre: Pratt Zanola
Edad: 35
Altura: 6'2"
Características: Ojos azules, cabello negro
Razón: (Violación)
“Maestro, es de la Familia Zanola. Va a llamar mucho la atención”, susurró K.
La respuesta llegó como una cuchilla: rápida, fría y despiadada:
“Fue pagado. Su padre vendió partes de su cuerpo para conseguir dinero.”
El silencio que siguió fue pesado. Una respuesta cruel para un acto inhumano. K supo, solo con mirar a los ojos de Zack, que la muerte de Pratt no sería rápida.
Mientras se dirigían hacia el distrito de las luces, la abrumadora iluminación dificultaba el sigilo, pero no era nada a lo que no se hubieran enfrentado antes. Deslizándose por callejones y saltando de casa en casa, avanzaron hasta que divisaron su destino: un enorme bar empapado en luces rojas pulsantes, más un burdel que un bar ordinario.
Este era territorio de la Casa del Dragón.
Zack y K entraron discretamente por la ventana de un ba?o. Dentro, unos pocos hombres reían y hablaban en voz alta. Fueron rápidamente noqueados y les quitaron la ropa.
Con gorras de béisbol y gafas de sol oscuras que habían traído para el trabajo, Zack y K se mezclaron con la multitud.
La música atronadora sacudía las paredes. Símbolos de dragones y serpientes retorciéndose bailaban a lo largo de las paredes en patrones hipnóticos, un claro recordatorio de quién gobernaba este rincón podrido del mundo.
Allí, Zack ya podía sentirlo. Energías oscilantes, caos palpitando a través de pasillos estrechos y detrás de puertas cerradas. La música alta destrozaba el aire, mezclada con gritos, risas de borrachos y gemidos.
“?Cómo sabremos que está aquí?” preguntó K, su voz casi tragada por el ruido.
“Está aquí”, respondió Zack sin dudar. “Mi informante lo confirmó hace una hora.”
Su voz era una cuchilla.
“Iremos puerta por puerta.”
Cada puerta era un nuevo infierno.
K y Zack ya sabían lo que les esperaba, pero aun así... cada paso era un pu?etazo en el alma.
Detrás de cada puerta:
— Esclavos siendo mutilados y humillados.
— Mujeres siendo abusadas verbal y sexualmente.
— Monstruos en jaulas, devorando personas aún vivas mientras los nobles rugían de risa.
— Ni?os sacrificados por placeres retorcidos.
— Orgías donde la violencia y la sangre rezumaban por las paredes.
Con cada puerta abierta, el hedor a corrupción se hacía más fuerte.
Los ojos azules de los nobles brillaban como faros del infierno mientras cometían sus horrores.
Y los que sufrían, todos ellos, tenían ojos como los de Zack y K: negros como el vacío.
Las sonrisas repugnantes de los torturadores se mezclaban con la atmósfera, contaminando el aire, sofocando la cordura.
Eran demonios. Todos y cada uno.
K tembló. La rabia palpitaba en su pecho, envenenando sus pensamientos.
Apretó los pu?os con tanta fuerza que sus u?as se clavaron en su propia carne. La sangre goteó.
Tropezó hasta un cubo de basura y vomitó, su cuerpo rechazando lo que su mente intentaba soportar.
Pero la risa...
La maldita risa aún resonaba, burlándose de ella, tratando de destrozarla.
En un gesto rápido y raro de ternura, Zack la atrajo a sus brazos.
La abrazó con fuerza, acunó su rostro con ambas manos y besó su frente con una ferocidad suave.
“Estoy aquí”, susurró. “Cuenta hasta diez... y respira, K.”
Con cada número, su respiración se ralentizaba.
La tormenta dentro de ella comenzó a calmarse.
Por un momento, el mundo pareció un poco menos podrido.
“Por eso no quería que vinieras”, murmuró Zack, su voz áspera por la emoción. “Aún no estás lista... ni el chico. Pero ahora... sé fuerte. Terminamos con esto.”
K asintió, su cuerpo aún temblaba, pero su voluntad se endureció.
Siguieron adelante.
Al final del corredor de los horrores, se dieron cuenta: él no estaba allí.
Pero Zack... Zack ahora sabía exactamente dónde los estaba esperando Pratt Zanola.
## IV. El Festín de Sangre en el Bar del Dragón
Al final del corredor, Zack y K avanzaron en silencio hacia el Bar del Dragón. Desde lejos, vieron a Pratt Zanola sentado en una silla, encadenado, ante esclavos arrodillados como perros. Pratt, en su deleite enfermo, arrojaba trozos de comida en sus bocas mientras saltaban y gru?ían como bestias. A su alrededor, los nobles rugían de risa, las mujeres "entretenían" a los caballeros ricos y los soldados del rey montaban guardia.
El salón era una macabra exhibición de ostentación: dragones tallados en el techo; candelabros de plata relucientes; mesas y sillas adornadas en oro. Los soldados se daban un festín con manjares raros, vestidos con armaduras violetas con incrustaciones de oro y empu?ando espadas de plata. Algunos incluso abusaban de los esclavos, perdidos en sus placeres sádicos.
K apretó el pu?o, su voz ronca:
“No puedo... me siento tan...”
En un abrir y cerrar de ojos, Zack ya no estaba a su lado. K retrocedió cuando él se materializó ante ella, envuelto en humo negro. Su gorra y gafas de sol habían desaparecido; su rostro estaba libre y retorcido en una sonrisa demente. Los Ojos Negros del Vacío succionaron cada gramo de energía del salón mientras giraba en el aire como un torbellino.
De repente, la hoja de la Luna Negra brilló, devorando la luz circundante. La risa frenética de Zack resonó y la carnicería estalló:
— Cayeron cabezas.
— Las espadas chocaron contra la armadura.
— Los nobles fueron decapitados en la penumbra.
Las antorchas se apagaron; solo quedaron chispas de acero y gritos aterrorizados.
Las mujeres huyeron en pánico, pero no había dónde esconderse. Los cuerpos fueron destrozados: brazos, piernas, cráneos esparcidos por el suelo. Era un teatro empapado en sangre, y las víctimas, su elenco grotesco. Los soldados suplicaron piedad, pero Zack los derribó sin piedad.
K corrió hacia la puerta, apuntalándola con todas sus fuerzas. Cada golpe de metal sonaba como un toque de difuntos: “?PAH! ?CLACK! ?PAAH!” Gradualmente, el ataque se desvaneció hasta que solo quedó un silencio mortal, tragado por el humo negro del Vacío.
En el Bar del Dragón, solo perduró el eco del festín de sangre.

