Mientras el hombre del manto negro colocaba la bolsa sobre la mesa, Jack y otro de los presentes se abalanzaron a la vez. Sus manos chocaron, pero Jack fue más rápido; la atrapó con una sonrisa triunfal, mientras el otro retrocedía, cruzándose de brazos con una mueca de derrota.
El encapuchado se inclinó un poco hacia adelante, su voz tranquila pero cargada de curiosidad.
—Entonces, ?qué podéis deciros de esa gente enigmática y de la morada?
Jack le devolvió la sonrisa, con un brillo de ambición en la mirada. —Con esta bolsa —dijo, se?alándola— puedo hablaros de la casa. Mas de la gente… eso os costará un precio mayor, ya me entendéis.
El hombre se inclinó aún más, apoyando los codos en la mesa.—Os daré más, si lo que escucho lo merece. Creo que bastante os he dado ya.
Jack miró la bolsa, luego asintió, aceptando las condiciones. —Sea pues. Pero si tras oírme no me dais lo convenido, dormid con un ojo abierto.
Jack comenzó a relatar con voz calculada.
Jack comenzó a relatar con voz calculada. —Hace unos meses, quien manda en este gremio reunió a varios, entre ellos la pelirroja que visteis antes.Fuimos allí varias veces, pero era más bien preparación, organizaba víveres, camas y demás. Al principio lo tomamos por un simple escondrijo. Mas con el paso de los días, el propósito se mostró claro: no era mero refugio. Quien lo guardaba aguardaba algo, y por los víveres almacenados y renovados, era evidente que esperaba a más de uno.
Los hombres escuchaban con atención. Jack, que estaba más cerca de la acción, sabía más detalles. Continuó: —Y una noche, la due?a en persona llegó durante una expedición. Entró y—
—?Due?a? —lo interrumpió el encapuchado bruscamente.
Un silencio incómodo recorrió la mesa. Jack se maldijo a sí mismo; había hablado de más. Algunos de los presentes se levantaron y se marcharon, reacios a verse implicados. Hablar de la casa era una cosa; revelar la identidad de la due?a era otra.
Al darse cuenta del error, Jack empujó la bolsa de nuevo hacia el hombre, dispuesto a marcharse, pero el interés del encapuchado solo aumentó. El saber que era una mujer lo había dejado intrigado. Sacó otra bolsa y la colocó sobre la mesa. Los ojos de Jack se abrieron, divididos entre la codicia y el miedo.
El hombre, ya impaciente, se levantó y reveló un pu?al oculto bajo la capa, apoyándolo discretamente en el costado de Jack. —Salgamos fuera —ordenó con voz baja, sin dejar lugar a discusión.
Jack dudó. Si pedía ayuda, todo el mundo en la taberna acudiría, y Jana acabaría enterándose. Si ella empezaba a hacer preguntas, sus propios compa?eros podrían venderlo por muy poco.
Ya en el callejón, el frío no aliviaba la tensión. El encapuchado lo empujó contra la pared, la daga ahora rozándole la garganta. —?Quién es ella? —exigió.
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Jack permaneció callado, el pulso acelerado. El hombre lo apretó aún más contra la piedra, y al hacerlo, su manto se deslizó hacia atrás, revelando su rostro.
El miedo de Jack se transformó en una mueca de burla. Soltó una risa sarcástica, te?ida de pánico. —Siempre pensé que acabaría topándome con alguien de vuestra talla… —dijo con ironía—. No creí que sería así, Vuestra Gracia.
Los ojos del duque Edmund se entrecerraron. El juego había cambiado. Jack lo sabía: Edmund no podía soltarlo sin arriesgarse a que corriera la voz de su implicación, pero tampoco podía dejarlo vivir si le arrancaba la verdad. Jack sonrió con desafío, consciente de la balanza.
—Entonces decidme, duque Edmund… —escupió, sin apartar la mirada— ?qué habréis de hacer?
La noche aún era joven cuando Jana se encaminaba hacia la taberna. Cada paso era un recordatorio doloroso de sus heridas, y la dureza de las calles de la capital hacía que extra?ara aún más la comodidad perdida: máquinas de curación, transporte veloz, todo aquello que había quedado atrás.
Al llegar, un ruido sordo en un callejón lateral la hizo detenerse. Normalmente no se habría metido donde no la llamaban, pero esa vez algo la impulsó. Se acercó con cautela, atenta. El callejón estaba vacío. Lo desestimó como un animal callejero, pero la sensación incómoda de ser observada la hizo volver rápidamente hacia la puerta de la taberna.
Dentro, el bullicio y el calor la envolvieron. Saludó con un gesto a los rostros conocidos y se dirigió al fondo, donde los Guardianes discutían acaloradamente. Parecía más una ri?a familiar que una reunión: voces superpuestas, reproches, pasiones encendidas. Jana sonrió apenas, con cierto alivio en medio de la fatiga y el dolor.
Elowen fue la primera en percatarse. Jana se dejó caer en una silla, rígida por el dolor. —?Hay algún sanador aquí? —preguntó, intentando sonar serena.
—?Qué ha pasado? —replicó Elowen, alarmada.
—Un cliente peligroso —dijo Jana con un suspiro—. Se volvió violento cuando no pude darle lo que pedía.
Sergey arqueó una ceja, interesado. —?Y qué información era esa?
Jana midió bien las palabras. —Nuestro efecto aquí debido al efecto mariposa ha causado que se estén subastando joyas de la familia real, joyas que nunca estuvieron perdidas según los archivos de la oficina. Y él quería saber cuándo y dónde.
Thomas, el más joven, levantó la vista con miedo. —?Entonces ya no podemos fiarnos del futuro?
—No exactamente —intervino Amina, firme—. Algunas cosas cambian, pero los grandes hechos requieren más que unas palabras con un panadero.
Hassan, con seriedad, preguntó: —?Y qué significa que joyas de la realeza, que nunca desaparecieron, estén ahora en subastas clandestinas?
El silencio se apoderó de la sala. Jana los miró a todos, grave. —Significa que no somos los únicos que estamos haciendo vida en Valtoria y alterando la línea del tiempo.
Hassan se levantó despacio, clavando los ojos en ella. —?Y si… alguien solo intenta llamar nuestra atención ?
Thomas frunció el ce?o, confundido.
—No entiendo… ?quién querría atraer la atención de semejante manera?
Leon intervino con tono grave.
—Hemos estado intentando comunicarnos con todos los Guardianes del Tiempo. Llegamos a formar una red de frecuencias que se activa cuando alguien entra en nuestra zona. En esas transmisiones dejamos instrucciones claras y los puntos de encuentro para reintegrarlos en la aldea. Si están en Valtoria, deberían haber recibido nuestra se?al. No creo que quisieran llamar tu atención así… a menos que fueran hostiles a tu régimen.
Amina, que había guardado silencio, asintió con seriedad.
—Es cierto que entre los Guardianes siempre hubo mucha discordia… y mucha de ella fue incitada por… —calló un instante, la frase suspendida en el aire— por tu hermano, Jade.
Hassan no perdió la ocasión y replicó con un filo de sarcasmo en la voz.
—Cierto. ?Qué ha sido de tu querido hermano? —dijo, con un tono tanto amenazante como burlón.
Jana lo miró, sorprendida por la hostilidad de sus palabras. Pero no respondió. Su mente estaba ya atrapada en otra preocupación, más urgente, que le impedía pensar en cómo contestar a aquel ataque.

