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El rito de la selva.

  El olor dulce de la savia impregnaba la nariz de Nava’rel. El aroma la llevó a un estado de relajación profundo.

  Estaba sentada sobre un manto de hojas, envuelta en una túnica blanca y con las piernas cruzadas. Varios guerreros nutch estaban a su alrededor en la misma posición, también en estado meditativo. Tesca permanecía a su lado con sus músculos fornidos relajados bajo una camiseta y un pantalón blancos. Un cinturón verde destacaba entre las otras prendas, lo que lo denotaba como el líder máximo de la Orden de Luchadores.

  Ella dejó de fijarse en su compa?ero, y cuando la savia comenzó a surtir efecto, cerró los ojos. El negro del interior de sus pupilas se desvaneció, dando paso a un mundo de tonos verdes y azulados.

  La selva se volvió omnipresente con sus intensos sonidos, el murmullo lejano de las aves, las antorchas quemándose entre los miembros de la tribu. Percibía todo desde lo alto, como si su conciencia se hubiera elevado hacia el cielo. Así era.

  La paz interior crecía a medida que sus sentidos se hacían más ligeros. Vio el ritual en el que participaba, como un águila que busca de presas. Aunque era de noche, podía distinguir con absoluta claridad el valanqhar en el que su cuerpo se encontraba. Ulard, el bastión religioso de los nutch, uno de los más grandes de la cuaderna oriental.

  Sus ojos percibieron con absoluta claridad las casas en lo alto de los árboles, las lianas que los indígenas usaban como medio de transporte de árbol en árbol, las elevaciones del terreno, con salientes rocosos y las colinas infestadas de ramaje, que habían servido como defensas naturales de la ciudad incrustada en la jungla desde tiempos sin memoria.

  Al mismo tiempo podía percibir las hojas crujiendo bajo sus glúteos y piernas esbeltas, pero su mente seguía subiendo cada vez más alto, viendo el mapa entero de la selva en su inmensidad. La Jhada, el Gran Mar Verde

  Qué lejos estoy de mi hogar, pensó, mientras su conciencia se aferraba a sus pensamientos, como si en cualquier momento los pudiera perder, elevándose hacia el infinito, abandonando su cuerpo, su pasado.

  Recordó la mazmorra núcleo de la que provenía, como si perteneciera a un viejo sue?o olvidado. Un pensamiento lejano, como los miles que desfilaban por su mente en ese momento. Recordó haber llegado a aquella ciudad fortaleza que los nutch llamaban valanqhar después de muchos días de viaje en el trotaselvas. No recordaba cuántos.

  El verde de los árboles era nebuloso, como la espuma del mar o el aura estelar que se veía entre las constelaciones en una noche despejada. Por su mente pasaron los peque?os ecosistemas de las granjas que poblaban el valle Arbóreo del que había regresado. Aquel era el único recuerdo claro en su mente a medida que el trance de la savia consumía su conciencia.

  En un principio había estado reacia a someterse, pero Tesca se lo había exigido. Era un ritual de iniciación obligatorio para cualquier aliado de los nutch, y ningún guerrero de la Selva Interior respetaba a alguien que no se hubiera sometido a él.

  Su mente se alejó de la inmensidad verde bajo sus pies, y se centró en las nubes que la rodeaban. Se elevó aun más, antes de volver a mirar hacia abajo. Vio valles, montes, cordilleras, y mares que iban del aguamarina al turquesa.

  Un ejército enorme de jinetes avanzaba por uno de los valles como una colonia de hormigas, arrasando con todo a su paso. El humo de los poblados quemados hasta los cimientos se alzaba hacia el cielo en jirones de humo.

  Un continente entero se alzaba a sus pies. Nunca me había sentido tan ligera, pensó. Todo era perfecto, todo una creación de los dioses, un lienzo natural que se extendía al horizonte.

  El idilio terminó de manera abrupta. Como si su mente supiera que había rebasado las fronteras de su yo consciente, y el cordón espiritual que la mantenía atada a su cuerpo estuviera a punto de romperse, descendió a su cuerpo como un azor en pos de una presa.

  Su nariz respingada se llenó con el aroma de la savia y el humo de las antorchas. El sonido de las aves y los monos lejanos rompía la tranquilidad del ritual, cuyo silencio pacífico no era ultrajado por ningún Nutch. Poco a poco abrió los ojos, sintiéndose un ser nuevo. Mientras el aura amarilla y naranja de una antorcha cercana, experimentó el trance en todo su esplendor.

  El suave murmullo de un vendaval que hacía cosquillas en su piel emplumada la sacó de su inmersión por un instante. De pronto, con sus ojos amarillos bien abiertos, se dio cuenta del ajetreo que estaba teniendo lugar en el claro donde se encontraba. Los guerreros a su alrededor se levantaron, empezando a ocupar posiciones entre los árboles. Nava y Tesca permanecieron en mitad de todos. Sus ojos rojizos mostraban que también estaban poseídos por el trance de la savia, pero sus movimientos eran ágiles, como los de un jaguar tras una presa suculenta.

  Todos ellos ya han participado de este ritual muchas veces, comprendió, mientras se ponía de pie. A diferencia de los demás, sus extremidades se sentían aletargadas: no estaba preparada para ningún tipo de actividad. Pero la mirada de Tesca le indicó que era justo lo que tenía que hacer. Su mirada era severa, como la de un padre que ama a su hija, y quiere que tome una decisión difícil pero necesaria .

  —No tendrás que hacer nada, al menos en principio. Pero permanece de pie —dijo en voz baja.

  Entonces los guerreros y guerreras a su alrededor comenzaron a moverse por el claro en todas las direcciones, gritando palabras en su idioma que apenas podía comprender. Comprendía su lengua gracias al conocimiento heredado de la diosa, pero la velocidad en la que hablaban, así como en la que se movían, iban un paso adelante de su percepción.

  No es una danza. Pensó, mientras veía a los guerreros moverse entre los árboles y las antorchas con una sincronización abrumadora. Sus ojos apenas podían seguirlos. Es la simulación de una batalla.

  Sus movimientos eran los de una camada de panteras que se conocen desde la más tierna infancia. Los guerreros combatían entre sí con todo tipo de giros mortales, como una hojarasca levantada por el viento.

  Su velocidad era abrumadora. Nava comprendió que ya conocían de antemano los movimientos de sus contrincantes. Una empatía que sólo un grupo de humanos que lleva milenios alejado de cualquier otra civilización podía tener.

  Es una conversación marcial. Supo entonces. Una finta dentro de otra y otra. Están simulando una batalla.

  También supo que sus aliados no tendrían ninguna oportunidad con un ejército como aquel. Embriagada con la savia, que tenía su mente en erupción, grabó los movimientos en su mente, cada giro en el aire, cada acrobacia.

  Entonces una notificación apareció frente a sus ojos.

  ?Has conseguido el nivel 25!

  ?Has recibido 10000 puntos de experiencia!

  ?2000 puntos adicionales para tu mazmorra núcleo!

  El entusiasmo la llenó de adrenalina, y poco a poco empezó a salir del letargo causado por el trance, mientras los guerreros de túnicas y prendas blancas bailaban a su alrededor como planetas alrededor de un astro.

  Aunque seguía maravillada con la coordinación de los nutch y sus formaciones, no se quedó en la ignorancia intrínseca del asombro, y se enfocó en el estado de flujo al que el trance la había llevado para absorber los movimientos. Los grabó en su cabeza hasta que poco a poco pudo predecir cada uno de ellos, como si ella misma hubiera pertenecido a la tribu desde sus más humildes inicios.

  La savia es un portento. Entonces entendió la afición de aquella gente por la sustancia de la Madre del Monte.

  Pronto ella misma fue capaz de empezar a participar de los combates, lanzando estocadas con sus garras afiladas, y esquivando las ágiles patadas de sus contrincantes. Sus puntos de experiencia empezaron a subir tan alto como los árboles que la rodeaban.

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  A medida que pasaban los minutos, siguió interiorizando los movimientos de los guerreros, cada salto, cada patada giratoria, cada acrobacia.

  Comenzó a usar dichos movimientos para vencer uno a uno a los guerreros que la abordaban en la danza ritual.

  Los propios guerreros quedaban sorprendidos cuando la arpía, usando más sus piernas que sus garras, al estilo nutch, los hacía caer sobre el suelo del prado. En algunas ocasiones usaba sus pu?os, evitando atacar con las garras, que podían ser letales si acertaban en los puntos vitales de los combatientes.

  Todo ello parecía un juego de ni?os… hasta que fue Tesca quien se posó frente a ella en posición de lucha.

  Cualquier signo de amistad había desaparecido de su rostro, y en sus ojos ardía el fuego de un guerrero que quería salvar el honor de la tribu. Empezó a lanzar patadas que podrían derribar y matar a un oso, movimientos que parecían llegar desde todas partes, del todo impredecibles.

  La arpía era rápida para esquivarlos, pero no lo suficiente como para responder de vuelta. El combate era una cacería en toda regla.

  Este tipo está en otro nivel. Pensó entre sollozos, viéndose cada vez más perdida.

  Entonces comprendió que de su cuerpo había desaparecido del todo el efecto del trance de la savia. El estado en que la había dejado era una de las razones por las que podía predecir con facilidad los movimientos de sus contrincantes.

  Ahora que debía enfrentar al jefe final de aquella tribu salvaje en su propio rito, la había abandonado.

  Aun así, su mente había registrado los movimientos clásicos de los nutch. Pronto logró equilibrar el combate a pesar de su esfuerzo físico. Incluso consiguió lanzar un pu?o ocasional al líder guerrero, con la esperanza de derribarlo de forma sorpresiva, al tiempo que esquivaba sus patadas… hasta que Tesca entró en modo berserker.

  Sus ojos se tornaron del todo rojos, como los de un demonio, y las confusas volteretas que empezó a dar en el aire la acabaron por abrumar. Al final los dos combatientes estaban al límite de sus fuerzas, cuando Tesca la derribó con un derechazo que no vio venir, y que la dejó tumbada en medio de ramas y hojas, ante un grito de triunfo de los demás indígenas.

  Cuando volvió en sí, constató que había caído peligrosamente cerca de un matorral infestado de espinas, que la habría matado de caer sobre él.

  Fue el propio Tesca quien de manera caballeresca la ayudó a levantarse, junto a otros guerreros.

  —Eres una luchadora excepcional —le dijo. Su tono paternal había vuelto, y de nuevo sus ojos eran negros como la noche. Habían perdido aquel rojo malicioso del modo berserker, y ni siquiera los contornos de sus pupilas tenían las venas rojizas a causa del viaje de la sangre arbórea.

  —No he podido contigo. —fue todo lo que le pudo responder, con una sonrisa triste. A nadie le gustaba perder, y a una arpía menos.

  —Has estado a punto. Nada mal para ser tu Iniciación. —respondió él mientras acariciaba su mentón.

  Varios nutch se acercaron a felicitarla, conmovidos por su actuación. Otros se limitaron a lanzar miradas de envidia desde la distancia. Pero la mayoría eran gestos de sorpresa y admiración.

  —Ahora eres una de nosotros. —le dijo Tesca con la voz llena de orgullo, mientras los demás participantes del ritual comenzaban a perderse entre los árboles y las casas de madera camuflados entre estos. — Los guerreros están empezando a murmurar acerca de una leyenda antigua, en la que un hijo del dios emplumado Mardur con tus características vendría para liberarnos de nuestra prisión. Yo mismo la había escuchado. Es tan precisa que me aterra.

  Después la condujo por los lindes del valanqhar en una especie de cita de reconciliación, aunque la arpía no pudo borrar de su mente el rostro de su compa?ero en su estado berserker, poseído del todo.

  Todos tenemos un lado oscuro que tarde o temprano sale a flote, pensó, mientras observaba de nuevo el rostro amistoso del hombre que pretendía contentarla, como si nada hubiera pasado. Pero ya había mostrado su otro yo, la mente de Nava’rel ya no podría borrarlo.

  Entonces supo que aquel era un pueblo valiente y orgulloso. La derrota no estaba en sus entra?as, y preferirían morir luchando antes que perder su honor. Aquello podía ser bueno… o letal, si se estaba en el bando equivocado.

  —?Ahora soy una de ustedes, mi se?or?

  —Así es. Has pisado nuestra tierra, y has superado la prueba.

  Ella no estaba segura.

  —Pero me has derrotado. ?Eso no me hace incompatible con los tuyos?

  El nutch sonrió con ternura.

  —La derrota no es un problema entre nosotros. De hecho, cualquier hombre o mujer falla muchas veces, antes de ser exitoso en cualquier cosa. —el guerrero tomó la hoja de un árbol, y la pasó por su nariz, como si el olor de la planta le ayudara a controlar más sus cabales. — Lo que de verdad apreciamos entre los extranjeros, es qué tan bien pueden soportar el trance de la savia. Es la Madre Naturaleza quien acepta a los suyos, algo que sobrepasa el juicio de cualquier sacerdote. Un hombre o mujer que puede conectarse con ella en ese nivel, es capaz de defender cualquier valanqhar, así como a la selva misma.

  Entonces la arpía se fijó en la ciudad del bosque que la rodeaba. No se parecía en nada a las urbes del valle de Ixtul. Los indios habían levantado los edificios y las casas de madera de tal forma que se camuflaban entre la maleza y los troncos de los árboles, y sólo la presencia de los ni?os y los animales domesticados durante el día podrían dar alguna pista a un forastero de que en medio de aquel bosque denso había una tribu entera.

  —Este lugar es hermoso. —dijo Nava’rel, mirando a su alrededor. — Me da una idea de lo recursivo que puede ser tu pueblo para sobrevivir en un lugar tan salvaje. ?Nunca han pensado en salir de aquí? Un ejército como el de los tuyos podría arrasar a las hordas aneitas y a cualquier enemigo que se le interponga.

  El líder guerrero permaneció en silencio por un buen rato. Nava pudo percibir un destello de consternación en su rostro, iluminado por una antorcha.

  —No necesitamos nada del mundo exterior. —respondió al final. — La selva nos provee todo lo que necesitamos. Nuestros entrenamientos rigurosos están destinados sólo a defender nuestros territorio, suponiendo que alguna vez un ejército extranjero se aventure hasta aquí, algo que no ha ocurrido hace varios milenios.

  Nava se limitó a guardar silencio. Arrancó la hoja de una ceiba con sus garras. Aquella respuesta era lo que más temía. Pero algo le decía que no ganaría nada con contrariar al líder nutch.

  Siguió caminando en silencio, maravillada con la ciudad bosque. Los nutch no paraban de trabajar durante la noche. Todo lo contrario, esta parecía alertar aún más sus sentidos.

  Se movían de un lugar a otro atendiendo con presteza los huertos camuflados entre la maleza y los olmos, y a los animales domésticos, como los jabalíes y los monos de compa?ía, que eran tan comunes entre los nutch como los perros entre los habitantes de los valles.

  También se dedicaban a arreglar las chozas, que debido a la humedad y su cercanía con el terreno embarrado, requerían reparaciones constantes.

  Mientras los dos amantes avanzaban por los caminos de la selva tupida, el líder guerrero le explicó el funcionamiento de la economía en aquellos poblados selváticos, muy diferente al de las ciudades humanas.

  Cada persona debía producir más recursos de los que consumía de la Madre Tierra, ya fuera producto del saqueo a otros valanqhares o de la caza o la recolección, que eran las actividades más comunes en la jungla, mucho más que la incipiente agricultura.

  —Todos los recursos del valanqhar se reparten a partes iguales —dijo Tesca orgulloso. —Cualquier indio puede usar los trotaselvas a disposición, o habitar la choza que le plazca, siempre que lo avise con tiempo al Kazar. Además, puede alimentar por entero a su familia.

  —?Y no se agotan los recursos de esa manera?—preguntó ella, curiosa por aquel sistema de economía, tan diferente al de las ciudades de Ixtul.

  —Todos producimos más de lo que necesitamos. Es lo que hace que nuestro pueblo prospere.

  —?Y qué pasa si hay algún listillo que quiere tomar más de la cuenta?—dijo ella, maravillada con uno de los monos de compa?ía, que trabajaba en un huerto de café de manera laboriosa junto a un aldeano nutch, recogiendo los granos con sus manos ágiles y peludas.

  —Se lo entregamos a Quel Ya, la selva abierta. Si puede sobrevivir a un terreno tan hostil, será capaz de recapacitar acerca de sus acciones, y volver a la tribu… hasta ahora nadie ha regresado.

  El guerrero ya le había hablado a Nava’rel acerca de aquella porción de la selva, a la que ningún aventurero se atrevía a ir jamás. Las historias hablaban de anacondas gigantescas, y dragones de pantano descomunales, criaturas de un nivel abrumador.

  Mientras las libélulas flotaban a su alrededor, dando luz natural a los indígenas en medio de la noche, Nava estudió bien las defensas naturales del valanqhar , así como las artificiales creadas por los lugare?os. Tomó buena nota para implementarlas en el núcleo de su padre.

  Había trampas cubiertas de hojas en el suelo, cuyos fosos estaban infestados de serpientes venenosas y troncos afilados, y que sólo los lugare?os podían identificar gracias al color antinatural de las hojas que las rodeaban; veneno en las ramas de los árboles, guacamayas espía… cualquier elemento a su disposición para prepararse con tiempo ante cualquier visita inesperada.

  —Vendrán —dijo Nava al fin, con la certeza de alguien que hubiera vivido miles de a?os. —Los ejércitos extranjeros que mencionas, tarde o temprano llegarán hasta aquí. Tú lo sabes mejor que nadie.

  —Todos los nutch lo sabemos. Por eso nos esmeramos por hacer nuestro valanqhar cada día más fuerte, y a nosotros mismos más poderosos.

  —Pero no es suficiente. Eso también lo saben.

  Nava’rel pensó en los otros valanqhares, que como aquel, poblaban la selva profunda.

  Todos estaban en un territorio cercano, para los estándares del Mar Verde. A pesar de las guerras esporádicas entre ellos, todos estaban interconectados y conocían su situación… y se defenderían como una manada de leones ante cualquier amenaza exterior.

  Tesca se detuvo en un balcón de madera, que daba vista hacia la jungla oscura, habitada por criaturas desconocidas. Habían llegado a los límites de Ulard.

  —Un árbol cuyo tronco tiene que ser abrazado con las dos manos, alguna vez fue una semilla insignificante —dijo la arpía.

  Tesca permaneció en silencio, sopesando sus palabras.

  —Hay que sacar a los nutch de acá, y acabar con la amenaza antes de que se materialice. Es hora de que tu pueblo salga al mundo exterior. Llevan mucho tiempo confinados. Es hora de que el mundo les pertenezca, antes de que este acabe por devorarlos.

  Y ustedes me pertenezcan a mí. Pensó ella, con el esquema completo en su mente.

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