Qué extra?o…
Huele a humo y pólvora, pero no siento la nieve en la piel.
No escucho nada. O lo escucho todo a la vez.
?Dónde está mi rifle?
Me duelen los nudillos.
Siento como si estuviera martillando con la mano.
Martillo. Martillo. Martillo. Creo que estoy pintando.
Sí. Pintura.
Pared. Rojo. Boca abierta que huele a cobre.
Pu?o. Pared. Pintura.
Pu?o. Pared… Pintura…
Pu?o… Pared… y pintura.
La mano truena.
Repetir. Mecánico. Perfecto. Como debe ser.
Hay una figura debajo. Cabello blanco.
Hace un sonido que no debería salir de un cuerpo. Su pulso golpea contra mis ojos.
Me aprieta el corazón como un lazo. Me raspa la cara. Debe ser la pared.
Es una pared limpia. Blanca. Con ventanas celeste pálido.
Es bonita… me gusta. Me gustan las paredes bonitas.
Pero me gusta más cuando está roja. Roja. A papá le gusta el rojo. A mí también. Mi color.
Creo que escucho gritos. No sé. Muy confuso. Me duele el cuello. Se me aprieta el pecho. Me trae recuerdos.
“?Ghck…!”
Algo me aprieta la garganta. Hilos… dorados.
Bonitos. Cabello rubio. Me agarran la mu?eca también.
Me dicen que pare.
??Por qué?! ??Por qué debería parar?!
Pinté la casa. ?Misión cumplida? ??LO HICE BIEN, PAPá?!
La mano que me agarra la mu?eca no es una mano: también son hilos.
Completé el objetivo. Hace calor. Fuego por todos lados.
“Qué sensación tan hermosa…”
Ahora sí puedo escuchar los gritos. Qué molestos, los civiles. Siempre gritan.
Los odio por gritar. Quiero que se callen de una vez. Quiero matarlos. Voy a quemarlos. Me gusta verlos retorcerse en mis llamas. Sus familias… me gusta quemar familias…
Sí…
Tengo sue?o…
Dicen algo de emergencias.
?Ese es mi punto de extracción? Misión completa. Regresar a base.
Ese tipo tiene una máscara blanca estúpida. Odio su sonrisa falsa.
?Te estás burlando de mí? ?Eso es? Te voy a matar. Te voy a quemar vivo. Hijo de la gran puta…
Te voy a eliminar…
…
…
…
Un par de horas antes.
“Déjame ver si entendí bien”, dijo Astera, quitándose los lentes para frotarse la sien. “?Quieres participar también en el ejercicio práctico porque te consideras apta?”
“Así es, directora”, respondió Miria, alzando el mentón como un ave orgullosa. Enfrentó a ambos directores de frente, ignorando la mirada de reojo prejuiciosa de Feralynn. “Sé muy bien que ustedes llamaron a mi compa?era por su reciente demostración en la clase de Defensa, y yo también quiero ser parte.”
“Sí que te pones celosa…”, murmuró Feralynn entre dientes, apartando la mirada para contener el fastidio.
“Se?orita Frostweaver”, Astera recuperó su voz firme de siempre. “Esto no es una competencia de ningún tipo, y las razones por las que llamamos a su compa?era no son de ninguna de sus incumbencias.”
Smiley se mantuvo contenido, con los dedos entrelazados y el sombrero todavía sombreándole los ojos. Las dejó hablar. Mecía suavemente su silla de escritorio.
Miria, llena de orgullo terco, dio un paso al frente. “Con todo respeto, no estoy de acuerdo.” Se cruzó de brazos. “Me considero la más apta para una demostración.”
Eso cayó como una bofetada; Feralynn se giró para encararla. Su sangre hirvió más rápido que sus llamas bajo una tapa.
“Ah, anda a la mierda. ?La más apta? ?Yo reventé los mu?ecos! ?Tú solo les tiraste palitos de hielo!”
Aun así, la noble no retrocedió. Con los brazos cruzados, le sostuvo la mirada.
“Eres inestable. El profesor Sebastian tuvo que generar una barrera para contener la explosión.” Tragó saliva, afilando la mirada mientras recorría a la chica de pelo negro de arriba abajo. “Además, eres inmadura.”
Un paso más, la distancia cerrándose, igual que la paciencia de ambas.
“Tal vez te muestre lo que puedo hacer pateándote el culo de ni?a rica”, escupió Feralynn con los dientes apretados de rabia.
“…”
Los dedos de Smiley crujieron como ramas secas en una fogata, y aunque sonreía, sus ojos blancos no parpadearon.
Miria se puso su mejor cara de halcón cazador, pero por dentro… los labios le temblaron al ser insultada y mandada al infierno por primera vez. La humillación le quemó las mejillas, pero también había algo dulce en que no la trataran como porcelana. Era una sensación completamente nueva e interesante para ella.
Feralynn, por su parte, ya no podía contener el impulso de pegarle una pi?a en la cara. Quería golpearla. Quería callarla. Quería romper ese espejo que le devolvía todo lo que ella no era. Y encima, justo cuando por fin iba a demostrar su valor, la ni?a rica se plantaba en el medio. La odiaba no solo por interrumpir, sino porque su sola presencia le recordaba a Feralynn que no encajaba en este mundo nuevo, que jamás se vería tan limpia o tan segura como una persona normal, y mucho menos como una “Frostweaver”.
“?Basta!” gritó Astera, seguido por el trueno de sus palmas sobre el escritorio. “?No voy a tolerar ese comportamiento!”
CHASQ.
Un chasquido de dedos secos y firmes. Las dos chicas se congelaron, como si el tiempo se hubiera detenido para todos menos para los directores. Astera parpadeó, frunció el ce?o y giró la mirada hacia la fuente del hechizo.
“?Claro!” interrumpió Smiley, inclinándose desde su asiento. Entrelazó los dedos, apoyando el mentón sobre las manos. “Ay, Astie, sí que te estresas rápido.” Negó despacio con la cabeza. “Eso mata más rápido que cualquier veneno.”
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Astera cruzó los brazos. Todavía de pie, las observó: dos chicas congeladas en el tiempo. Pu?os cerrados. Labios sellados. Odio puro. El eco de recuerdos viejos le apretó el pecho. Apartó la mirada para hablar con su colega.
“No tengo que recordarte que tienes prohibido lanzar hechizos sobre estudiantes”, dijo con firmeza, y luego agregó con un resoplido resignado. “Aunque no me voy a quejar, esas dos me estaban dando dolor de cabeza.”
Smiley sacó dos cartas de su escritorio. El mueble estaba cubierto con los restos de sus pirámides y torres de cartas de póker. “Lo sé, lo sé. La idea era tener a nuestro cuervito, pero viendo cuánto se odian estas dos, supuse que era una mejor forma de ver.”
“?Ver qué, exactamente?”
Tomó una carta en cada mano, estudiándolas como si fueran un mapa hacia un tesoro escondido. “Autocontrol.” Frotó las cartas con cada pulgar antes de lanzarlas. “Después de todo, las dos son herederas.”
Astera vio cómo caían suave sobre su escritorio. Cada una al lado de las dos chicas enfrente: una reina de gota rojo sangre, y una de corona negra. Dos colores que rara vez se tocan sin iniciar una guerra violenta.
“…”
No tengo un buen presentimiento con esto. Más vale que valga la pena.
“Está bien…” respondió, ganándole la curiosidad a la rigidez. "Veamos de qué está hecha ella."
CHASQ.
Otro chasquido. Las dos chicas regresaron, y antes de que Feralynn pudiera abrir la boca para lanzar otra amenaza insultante, Smiley la interrumpió.
“Excelente, excelente”, canturreó el títere con un tono chillón. “Qué espléndida danza nos espera: ?fuego contra hielo! Oh, me recuerda a un libro que leí una vez.”
Feralynn dio un paso atrás, mirando al director con terror. “?Qué…? ?Vas a dejar que ella… participe…?” Sintió que se le cerraba la garganta, como si estuviera tragando brasas de su propia rabia. Sus pu?os apretados empezaron a calentarse.
Miria se mantuvo firme. Cerró los ojos y alzó el mentón en un gesto triunfal. Pero debajo de la falda, las rodillas le temblaban como si la traicionaran.
“?No se preocupe, se?orita Blackwood!”, Smiley ya estaba de pie sobre el escritorio como un maestro de pista en un circo prohibido. “Le aseguro, y lo juro por toda mi colección de ponis, que usted tendrá demostraciones privadas conmigo en primera fila. Considere esto solo una… excepción.”
Feralynn miró a Astera, buscando una aliada en la decisión. Pero la mujer solo se mordió el interior de la mejilla, la mandíbula tensa, negándose a cruzar su mirada. Desde que Fer había entrado, notó cómo Astera evitaba mirarla de frente.
“…Como sea.” Clavó la mirada en Miria. “No te vayas a llorarle a tu papi cuando te haga pedazos.”
“Tsk…”
Smiley dio mini-aplausos como un ni?o aplaudiendo su propia torta antes de soplar las velas. Astera bajó la mirada, sopesando si esto era buena idea. Por un lado, sabía que empujar estudiantes a situaciones así solo sembraría discordia; por el otro… necesitaba ver si la chica a la que se negaba a mirar a los ojos era como él… o peor.
“?No perdamos más tiempo, se?oritas! Tengo una novela a las cuatro y me niego absolutamente a perdérmela por nada en el mundo.”
PLAS.
Un aplauso, seguido de un destello breve. Smiley las teletransportó a una arena cerrada, inmensa como un estadio de conciertos, aunque vacía y silenciosa.
Cuando Feralynn y Miria abrieron los ojos, ya llevaban armadura y guantes. La mochila de Fer también había desaparecido.
La chica de pelo negro se agarró cada mu?eca y giró las manos, inspeccionando los guantes catalizadores. Eran de un metal liviano y resistente. Las runas neón celeste pálido seguían dormidas, esperando sentir su maná para conjurar.
“No los necesito”, dijo, alzando la vista hacia Smiley, que terminaba de invocar decenas y decenas de mu?ecos de práctica.
“Ah, ah, aaah~” movió un dedo de lado a lado. “Prodigio o no, el código de protección debe respetarse~”
Miria recorrió el lugar: amplio, áspero. Iluminado con tiras LED en paredes y techo. Miró hacia arriba: detrás de las enormes ventanas superiores, siluetas observaban. Entre ellas distinguió a Astera, erguida y severa como una estatua. ?Había venido tanta gente a verlas…?
“?Quién eres en realidad…?” pensó, mirando a Feralynn. Sin darse cuenta, sus pu?os enguantados ya se apretaban, el metal chirriando con un sonido sordo. “?Qué tienes tú que yo no…?”
Smiley se aclaró la garganta para llamar la atención. “?Mis queridas hechiceras! ?Tienen un máximo de treinta minutos para destruir tantos de mis preciosos mu?ecos como sea posible! Oh, por favor, no sean delicadas con ellos. Aman la acción tanto como yo.”
Con un gesto de manos, activó a todo el ejército armado con garrotes, lanzas, mazas, espadas de madera y armaduras de cartón y plástico pintadas y marcadas de forma torpe. Al activarse, sus sonrisas pintadas se convirtieron en ce?os fruncidos, aunque no eran más amenazantes que garabatos de un ni?o.
“Me gustaría que vean esto como trabajo en equipo y no como una competencia. Después de todo, es solo una demostración. No hay premio.” De debajo de una lluvia de caramelos sacó una enorme paleta del bolsillo interno de su saco. “?A menos que quieran dulces! ?Mm? ?Ni siquiera un chupetín chiquito?”
“…”
Silencio. Tan pesado que ni el crujido de un envoltorio se animó a sonar. Smiley fingió un gru?ido antes de guardarse todos los caramelos y chocolates en el abrigo.
“?Las estaré observando~!”
Con un gesto desapareció en un pop! que dejó una lluvia de confeti y brillantina.
“Treinta minutos”, repitió Feralynn, estirando brazos y cuello. “Suficiente para hacerte morder el piso frente a todos.”
Miria se ató el cabello con expresión furiosa. “No entiendo… ?por qué eres así conmigo?”
“?Así cómo?”
“Molesta, grosera, descortés, infantil.”
“Culpa tuya por joderme cuando viniste acá.” Feralynn se encogió de hombros con una mueca sarcástica. “Deberías haberte quedado con tu práctica bonita de violín. Eso te queda mejor.”
Miria resopló y la encaró. “Te juro que te vas a tragar tus palabras, Blackwood.”
Fer dio un paso hacia ella. “Lo mismo digo, Frosty.”
“No me llames así”, escupió entre dientes, la rabia triturándole la mandíbula.
RIIING… Un eco metálico rebotó por la arena.
“?QUE COMIENCE EL GRAN ESPECTáCULO, SE?ORITAS!”
La voz de Smiley, como un presentador de circo. Los mu?ecos que habían presenciado su discusión empezaron a marchar hacia ellas. Fer se tronó los nudillos con una sonrisa maliciosa, mientras Miria inhaló hondo y materializó un estoque de hielo. La arena dejó de ser un salón vacío: ahora era un ring.
Un mu?eco blandiendo una lanza de madera se lanzó contra Fer. La punta era tan roma que no atravesaría ni una hoja de papel. La chica apenas giró el torso, desvió el ataque y escupió una bocanada de fuego desde la palma: los mu?ecos se carbonizaron al instante, el calor deformando el aire entre ellos. Las llamas incluso alcanzaron a los de atrás.
Los guantes de Fer brillaron. Se sentían como una segunda piel que le chupaba el maná y lo escupía convertido en fuego. Era su primera vez lanzando magia con catalizadores.
“Tch… le falta potencia…”, murmuró, esquivando el martillo de otro mu?eco y partiéndole el cuello con un golpe seco.
Miria, en cambio, no esperó a que la atacaran. Se movió entre los mu?ecos con gracia, su estoque de hielo tan fino como una aguja quirúrgica. Cada corte en mu?ecas y talones era limpio, casi clínico, y su mano libre se mantenía pegada a la espalda, como soporte estable para que la otra se moviera con precisión letal. Entre ambas, parecía más una danza que una pelea: cada estocada, una incisión en un quirófano invisible.
Un mu?eco más grande que los demás, con dos mazos en lugar de brazos, cargó directo contra las dos. Sus pasos sonaban como tambores huecos, desplazando el aire con cada golpe.
Fer lo vio primero. Alzó la mano, el calor ya vibrándole en los guantes.
“?Mío!”, gru?ó, preparando la llama.
Pero Miria dio un paso al frente. Giró con elegancia y su estoque congelado perforó la rodilla del mu?eco, cristalizándola hasta que se agrietó. La bestia de madera se dobló torpemente, todavía tambaleándose.
“?Te dije que era mío!”, rugió Feralynn, soltando una explosión de fuego que partió el objetivo en dos y dejó brasas en el suelo.
Miria bajó el arma despacio, manteniendo la compostura. “Lo único que es tuyo acá es el berrinche que estás haciendo.”
Fer apretó la mandíbula, el humo del hechizo todavía filtrándose de sus guantes.
“Al menos yo sí los tumbo.”
“Al menos yo no tengo que prender medio campo fuego para pegarle al objetivo.”
Los mu?ecos restantes, ajenos a la rivalidad, empezaron a cerrar el círculo. Decenas de cascos pintados y espadas de juguete las rodearon como un ejército de sombras de feria.
La tensión en la arena ya no era solo contra los mu?ecos: era contra la otra chica.
Feralynn abrió ambas palmas. Chorros de fuego estallaron desde cada una, fusionándose en un solo infierno giratorio para borrar la mayor cantidad de mu?ecos posible en el menor tiempo.
Miria se tambaleó hacia atrás; su estoque estaba clavado en el pecho de un mu?eco justo antes de que las llamas de Fer lo carbonizaran.
“?Maldita sea, apuntá bien, bruta!”, gritó Miria, ya invocando dos nuevas espadas de hielo en las manos.
Un megáfono flotante zumbó sobre ellas con la voz chillona de Smiley: “Chicas, chicas. Dije ‘cooperación’, no ‘confrontación’.”
Más mu?ecos llegaron en oleadas. Miria frunció el ce?o.
“Si así querés jugar…”, murmuró, soltando sus estoques para alzar las palmas. “?ICE-BURST!”
Una ventisca cargada con fragmentos de hielo explotó hacia adelante, despedazando cabezas y torsos de madera. Pero los rezagados, intactos, se miraron entre sí y sacaron escudos metálicos grabados con runas. Formaron una barricada al frente, protegiendo a los que avanzaban detrás.
Miria apretó los dientes: sus proyectiles de hielo reventaban contra la barrera. Duplicó el maná en sus guantes, brillando más… en vano. Seguían avanzando.
Fer terminó con los que la presionaban, se giró y vio a Miria en problemas. “Heh, debilucha…” Le metió un pu?etazo al bajo vientre de otro mu?eco, lo usó de trampolín y saltó. En el aire formó una esfera de fuego y la arrojó directo al escuadrón atrincherado.
La explosión obligó a Miria a cubrirse los ojos. Alzó un muro de hielo y resistió el estallido mientras las llamas carbonizaban al pelotón, retorciéndolos en el suelo.
“De nada, Frosty”, se burló Fer, riéndose por lo bajo. Ya ni se molestó en disparar desde las palmas: se envolvió los pu?os en fuego y se lanzó al combate cuerpo a cuerpo.
El escudo de hielo había protegido a Miria, pero no a su orgullo. El calor le subió a las mejillas. Y entonces lo vio: un mu?eco deslizándose por detrás de Fer.
Con furia helada, formó un arco de hielo, tensó y soltó. La flecha atravesó el cuello del mu?eco, derribándolo justo detrás de Fer.
Fer se giró en plena frenesí y encontró la flecha todavía temblando en la madera. Miró a Miria.
“De nada”, escupió la noble, con veneno apenas disimulado. “Blackwood.”
Feralynn puso los ojos en blanco, gru?ó y siguió. Cada una se abrió camino, destrozando mu?ecos.
De vez en cuando, una salvaba a la otra de que la tumbaran… pero jamás con gratitud.
Cada rescate era solo otra excusa para burlarse.
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