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Cap 16. De tal palo, tal astilla… o peor

  Arriba, en la sala de observación.

  “Doce minutos”, dijo Bernt, sirviendo café con una precisión perezosa. “Doce minutos y ya están a punto de romperse la cara”. Dio un sorbo deliberadamente ruidoso, mirando de reojo a Romina y Sebastian, que estaban junto a las ventanas. “?Por qué no hacer que peleen directamente entre ellas?”, le preguntó a Astera, la más callada, sin apartar la vista de las explosiones de fuego y nieve que giraban abajo.

  Astera no dijo nada. Estaba rígida, disociada, observando a la chica de cabello oscuro sonreír con malicia mientras destrozaba mu?ecos. Los demás notaron su silencio e intercambiaron miradas inquietas.

  “?Créeme!”, estalló Smiley, emergiendo del suelo como un fantasma. Bernt casi derrama el café sobre el títere que se alzaba frente a él, carcajeándose. “Lo pensé. Pero… ?no es un poco pronto para lanzar a dos chicas emocionalmente inestables a un ring? Las dos pelean demasiado bien. Uff… ?me da escalofríos pensar en Lord Frostweaver enterándose de que su heredera volvió con un ojo morado cortesía mía! No, gracias~”

  Bernt resopló y dio otro sorbo, murmurando un apagado “Tiene sentido…” dentro de la taza.

  “Pelea como una salvaje”, observó Romina preocupada, con los brazos cruzados. “Dejó de lanzar proyectiles. Convirtió los catalizadores en guanteletes”.

  “Hmm. Debe haber notado el límite de energía”, dijo Sebastian, ajustándose los anteojos. “Los guantes de primer a?o tienen ciertas restricciones”.

  Bernt dio un paso adelante, ofreciéndole café a Romina antes de entrecerrar los ojos hacia el campo. Silbó en voz baja con apatía.

  “Mira eso… la joven Frostweaver tiene puntería. No falló ni un solo disparo”.

  “No creo que esto vaya a terminar bien…”, dijo Romina, cada segundo más nerviosa al ver a su leona. “Pero al menos están trabajando juntas, ?no?”.

  “No. No están cooperando”, dijo Astera por fin. Sus palabras cargaban el eco de viejas rivalidades. “Se salvan entre ellas, sí… pero solo para demostrar quién es mejor”.

  Los tres profesores no respondieron. El silencio llenó la sala, roto solo por la visión de oleada tras oleada de mu?ecos cayendo, atravesados por flechas heladas, empalados por estocadas y consumidos por el fuego.

  Abajo, en la arena.

  El humo aún flotaba tras la última explosión cuando una nueva formación de mu?ecos avanzó en filas cerradas, con escudos al frente. Feralynn cargó de frente, pu?os en llamas. Miria, más atrás, tensó un arco de hielo y apuntó alto.

  “?No dispares por encima de mí, idiota!”, ladró Fer, estrellando un gancho derecho ardiente contra el primer escudo.

  “?Entonces no te pongas en medio!”, replicó Miria, soltando la flecha. Atravesó tres cabezas seguidas, rozando a Fer lo justo para chamuscarle un mechón de cabello.

  “?Estás loca?!”, Fer saltó hacia atrás, con el ce?o fruncido. El guantelete crepitó con energía contenida. “?Pudiste haberme matado!”.

  “Si no puedes esquivar, no es mi culpa”, respondió Miria con frialdad, aunque el temblor en su voz la delataba.

  Los mu?ecos no les dieron tiempo para seguir discutiendo. Una lanza de madera apuntó al costado expuesto de Miria. Fer gru?ó, el instinto más rápido que el orgullo, giró la mu?eca y voló al atacante en pedazos.

  El calor quemó la mejilla de Miria. Tocó la piel enrojecida, con los ojos ardiendo de furia y humillación.

  “…No te debo nada, Blackwood”.

  Fer le dedicó una sonrisa torcida.

  “Me lo vas a pagar, Frosty”.

  Otra oleada de mu?ecos se abalanzó sobre ellas. El suelo tembló bajo la carga de un pelotón reforzado. Diez a la vez, lanzas y espadas de madera en alto como si fueran reales.

  “?Atrás!”, gritó Fer, lanzándose al frente con los pu?os envueltos en fuego.

  Pero Miria no escuchó. Conjuró dos estoques de hielo y se abrió paso en el enjambre, estocadas rápidas despejando espacio, sin comprobar si su compa?era estaba en la trayectoria.

  Fer giró, lista para desatar fuego en un amplio arco. Al mismo tiempo, Miria alzó sus hojas para un corte cruzado.

  Fuego y hielo chocaron en un impacto brutal. Vapor y chispas llenaron el aire. Los mu?ecos más cercanos explotaron, pero la onda expansiva también lanzó a las chicas.

  Fer cayó de rodillas, el guantelete humeante. “?Te dije que no te metieras en mis ataques!”.

  Miria jadeó, el rostro enrojecido por el calor y la ira. “Y yo te dije que no me subestimaras. Que no necesites guantes no te hace especial”.

  Por un segundo, ninguna se movió. Sus miradas ardían más que el fuego o la escarcha. Un paso en falso, y el próximo golpe no caería sobre un mu?eco, sino sobre la otra.

  Arriba, detrás del vidrio, Smiley soltó una risita que resonó por el megáfono: “Ohhh, ?ahora se está poniendo divertido!”.

  “Smiley”, intervino Astera, severa. “Van a lastimarse. O haces algo, o detengo esto yo misma”.

  Ante el ultimátum, el director y los tres profesores guardaron silencio. Smiley bajó el sombrero y la voz.

  “Bien…” dijo con oscuridad, alzando una mano. “Veamos si ahora cooperan”.

  SNAP.

  Un chasquido de dedos.

  Feralynn y Miria observaron cómo los mu?ecos restantes se congelaban y luego se hundían en el suelo, como si la arena los hubiera tragado. El silencio cayó. Humo y vapor flotaban, cada respiración de pronto demasiado ruidosa.

  Nada se movió.

  Miria tensó otra flecha. Feralynn alzó las manos, llamas danzando en sus guanteletes. Esperaron. Nada. Hasta que…

  El suelo tembló. Primero un zumbido grave, luego un sacudón que partió el piso de la arena y estremeció los escombros.

  “?DAMAS, QUé HERMOSO ESPECTáCULO!”, tronó la voz de Smiley como la de un maestro de circo. “?PERO SUFICIENTE CALENTAMIENTO! PERMíTANME PRESENTAR A UNO DE MIS PEQUE?OS FAVORITOS”.

  Con un rugido monstruoso, un pu?o gigantesco atravesó el suelo. Astillas de madera y fragmentos de metal volaron en todas direcciones. Las chicas retrocedieron tambaleándose, mirando incrédulas cómo emergía un coloso.

  Un mu?eco gigante, de diez metros de altura, con el cuerpo de madera reforzado con placas de metal, runas rojas brillantes pulsando como venas en llamas por su torso. Cada paso hacía temblar la arena.

  “?DENLE UNA CáLIDA BIENVENIDA A BOOONNIE!”, bramó Smiley.

  Se les cayó la mandíbula. El corazón de Miria martillaba más fuerte que nunca; su arco casi se le resbaló de las manos. ?Cómo demonios los directivos podían permitir que esto fuera legal?!

  Bonnie rugió. Un sonido gutural tan profundo que les sacudió los huesos. Miria se tapó los oídos por reflejo, el arco y la flecha cayendo al suelo con estrépito.

  BAM!

  Una bola de fuego explotó contra la mandíbula del gigante, obligándolo a retroceder un paso. Feralynn, con una sonrisa salvaje, bajó el brazo aún humeante.

  “?Cierra la puta boca de una vez!”, le gritó al gigante.

  Revisó el guante que había disparado. Las luces de neón parpadeaban, el metal apretándole la mu?eca como si quisiera morderla. “Maldita porquería…”, gru?ó. Lo golpeó con la otra mano y las runas volvieron a encenderse, zumbando con hambre.

  “Eehh… director”, interrumpió Sebastian, acomodándose los anteojos. “No creo que esto sea lo mejor…”.

  “Detente. Ahora”, ordenó Astera, sin alzar la voz.

  “Tranquila, tranquila”, Smiley alzó las manos como un vendedor atrapado en una estafa. “Es inofensivo. Solo ruge, hace poses, asusta un poco. Vamos, es un osito de peluche con complejo de gigante. No dejaré que las convierta en puré de tomate”.

  Bonnie rugió de nuevo, tan fuerte que las luces de la arena temblaron. Estrelló un pu?o contra el suelo; el impacto abrió grietas y levantó nubes de polvo que empujaron a las chicas hacia atrás.

  Miria reaccionó rápido. Formó otro arco de hielo, tensó una flecha y la disparó directo a la boca abierta del monstruo. El proyectil se hundió profundamente, arrancándole un gemido áspero, como madera astillándose.

  Bernt se inclinó hacia Romina, murmurando en tono conspirativo:

  “Veinte larens a que Miria lo derriba primero”.

  Romina le lanzó una mirada de costado, fingiendo indignación, pero una media sonrisa astuta le tironeó los labios.

  “Cuarenta por mi leona”.

  Se dieron la mano. Rápido, cómplice, a espaldas de los otros tres que permanecían rígidos, tomándose el combate mucho más en serio.

  El gemido del gigante se torció en furia. Bonnie alzó ambos brazos y los estrelló en un aplauso colosal contra el suelo. La onda expansiva fue como una explosión: ambas chicas salieron despedidas a lados opuestos, rodando entre escombros y brasas.

  “?Mierda!”, escupió Fer, incorporándose, el rostro cubierto de polvo.

  Miria se tambaleó, con el arco hecho pedazos en las manos. Chasqueó la lengua y conjuró otro al instante, pero sabía que no tendría tiempo para un disparo preciso.

  Stolen from its rightful author, this tale is not meant to be on Amazon; report any sightings.

  El titán avanzó, cada paso sacudiendo el suelo. Sus runas rojas brillaban con más fuerza, incandescentes como brasas vivas en carne cruda.

  Feralynn cargó su pu?o con fuego y corrió directo hacia el coloso. Miria gritó:

  “?Idiota! ?Estás tratando de que te maten?!”.

  Pero en el último segundo lo entendió. Fer no intentaba derribarlo sola, estaba creando una apertura para ella.

  Miria tensó el arco, apuntando a la rodilla del coloso. En el instante en que Fer saltó y lanzó su pu?etazo ardiente al pecho del mu?eco, Miria disparó. La flecha congeló la articulación de la rodilla mientras el impacto ígneo lo hacía retroceder.

  El monstruo rugió y cayó, estrellándose contra el suelo con un impacto atronador que hizo vibrar incluso las ventanas de observación.

  Silencio. Solo humo y brasas.

  Fer jadeaba, los pu?os aún en llamas. Miria, arco en guardia, no aflojó la tensión. Se miraron, el orgullo todavía hirviendo, aunque ninguna podía negar lo que acababa de pasar.

  “Ni se te ocurra…”, gru?ó Fer, antes de que la otra hablara.

  Miria sonrió apenas, con ironía, pero se tragó la réplica.

  El frágil silencio se hizo trizas con un rugido gutural. La criatura comenzó a incorporarse lentamente, madera y metal crujiendo con cada movimiento. Alzó un pu?o gigantesco hacia ellas.

  Desde arriba, los profesores observaron a Smiley extender el brazo, dirigiendo los movimientos de Bonnie. Frenó al titán lo justo para que las chicas ganaran distancia y se prepararan otra vez.

  Feralynn y Miria rodearon al coloso, flanqueándolo. Sus ataques llovieron: andanadas de flechas de hielo y bolas de fuego, impacto tras impacto, llenando el aire de vapor, humo y astillas quemadas. El mu?eco tambaleó un paso, pero se negó a caer.

  “?Esto está tardando demasiado!”, gritó Fer, el sudor mezclándose con el hollín en su rostro.

  “Es resistente…”, respondió Miria, tensando otra flecha antes de disparar. El hielo impactó, sí, pero se hizo a?icos de inmediato. Necesitaban más fuerza. Más explosividad. Recordó cómo Fer había hecho volar al mu?eco esa ma?ana. Apretó la mandíbula y las palabras le brotaron como si doliera decirlas:

  “?Dispara una de tus balas!”.

  Fer lo intentó. En medio de la lluvia de fuego, comenzó a condensar energía en un solo punto. Pero cuando la esfera se formó, los guantes crepitaron con violencia. Las runas se encendieron al rojo vivo, cerrándose sobre su mu?eca como grilletes ardientes, arrancándole un jadeo de dolor.

  “?Maldita porquería…!”, maldijo, golpeando el guante con la otra mano para forzarlo a funcionar.

  “?Ahora!”, gritó Miria, saltando a un lado para esquivar el barrido del brazo del titán, que abrió una zanja de escombros en el suelo.

  “?No recibo órdenes tuyas!”, rugió Fer, con los dientes apretados. “?Quién carajo te puso a cargo, eh?!”.

  Entre respiraciones agitadas y estallidos de chispas, las dos siguieron discutiendo, incluso mientras las manos del gigante caían como martillos, a centímetros de aplastarlas.

  El aire vibraba con cada golpe. Las paredes temblaban. Un segundo más, y quedarían aplastadas como insectos.

  “Vamos, maldita cosa…”, murmuró Fer, ahogando un grito.

  “?Si no disparas ahora, nos va a matar a las dos!”, chilló Miria, lanzándose a un lado para esquivar una mano enorme que destrozó el piso en una lluvia de polvo y astillas.

  Fer la fulminó con la mirada, el orgullo atorándole la garganta. Pero incluso ella lo sabía: solo tenían una oportunidad.

  “?Al carajo con esta mierda!”, Feralynn se arrancó el guante derecho y lo lanzó a un lado, el metal repiqueteando por el suelo. “?Distráelo para que yo pueda disparar!”.

  “Lo va a hacer otra vez…”, murmuró Romina desde la sala de observación, tragando saliva con fuerza. La mandíbula rígida. “El hechizo de energía negativa…”.

  Sebastian y Bernt intercambiaron miradas tensas. Smiley, sin embargo, no perdió la sonrisa, los dedos moviéndose como un titiritero sobre Bonnie. Astera permaneció muda, sin parpadear.

  Miria lo entendió al instante. Corrió en dirección contraria, desatando una tormenta de estacas de hielo. Golpearon el rostro del coloso; levantó una palma masiva como escudo, dejando que los fragmentos se incrustaran en madera y metal. Fue suficiente: su atención era de ella. La se?al, el plan a rega?adientes que necesitaban.

  Desde lejos, Miria giró la cabeza y se encontró con los ojos de Feralynn. Un leve asentimiento, el mensaje silencioso: hazlo.

  Fer cerró los ojos. Silencio. El caos de la batalla se desvaneció en un zumbido distante. Solo quedó su respiración, lenta, pesada. El calor se elevó a su alrededor. El maná, crudo sin el guante, empezó a hervirle en la piel como antes.

  Levantó el dedo. El calor se disparó como un abrazo ardiente. Brasas giraron a su alrededor, flotando como pétalos en llamas, todas absorbidas hacia el diminuto punto de fuego en la punta de su dedo.

  Le ardían los pulmones. Todo el brazo se le entumeció. El guante izquierdo que aún llevaba crepitaba con chispas azules, al borde de explotar por el maná desbordado que detectaba.

  “Más…”, susurró. Y el fuego obedeció. Se comprimió, devorándose a sí mismo como un agujero negro en miniatura.

  Astera y los profesores observaron cómo la mitad de la arena se encendía en naranja y dorado, como si un sol hubiera florecido en la palma de una adolescente. Todos quedaron boquiabiertos, excepto Astera, que se mordió la parte interna de la mejilla en silencio, reconociendo el hechizo en cuanto la chica levantó el dedo.

  Smiley dejó escapar un murmullo tenue, apenas audible incluso para los más cercanos:

  “Así que sí aprendiste su truco, peque?a cuerva”.

  Y con un tirón de sus hilos invisibles, obligó a Bonnie a girar la cabeza, clavando su mirada en Miria, comprándole a Feralynn unos segundos más.

  Todo el infierno se condensó en una sola esfera.

  Abrió los ojos: nieve. Se le congeló el aliento. Vio su antebrazo derecho con su viejo uniforme camuflado, el guante de cuero negro manchado de rojo.

  Los pinos erizados bajo la noche, el suelo alfombrado de cadáveres sangrantes. El hedor de sangre fresca en su rostro. No estaba en la escuela: había vuelto allá. Solo los gritos apagados de rifles y órdenes le retumbaban en los oídos. Ataca. Mata.

  El proyectil ya estaba completamente formado en la punta de su dedo. Alzó la mano con forma de pistola. El pulgar se echó hacia atrás, esperando caer. Como el hacha de un verdugo.

  “Gun…”

  Clic.

  Bajó el pulgar.

  …

  BOOOOM!!!!

  La bala atravesó la barrera del sonido, rugiendo como una quimera infernal. Cuando Bonnie giró para buscar el origen del trueno, ya era demasiado tarde. En un parpadeo, la explosión le talló un cráter humeante en el pecho, el fuego devorando la madera y arrojando fragmentos ardientes en todas direcciones.

  La onda expansiva lanzó a Miria hacia atrás. Alcanzó a alzar un muro de hielo que la recibió con un golpe seco y brutal. El gigante, tambaleándose, soltó un gemido gutural, pero siguió en pie.

  Ahora o nunca. La noble apretó los dientes, vertiendo la última gota de maná de su cuerpo. Gritó, y entre sus manos nació una flecha de hielo enorme, sin arco que tensar, solo la fuerza de sus propios brazos. La sostuvo temblando, apuntando, el sudor salado bajándole por el rostro hasta los labios.

  El aire era un horno. La explosión aún ardía en la atmósfera, obligándola a disparar antes de desplomarse.

  “ESTILO DE HIELO: COLMILLO DE VENTISCA!”

  FWIP-THACK!!!

  Soltó la cuerda. La flecha titánica atravesó la cabeza de Bonnie. En el mismo instante, fuego y hielo golpearon sus puntos vitales, acabando por completo con el coloso.

  El silencio cayó, más pesado que la explosión.

  Bonnie se tambaleó, con un cráter en llamas abriéndose en su pecho y la flecha sobresaliendo de su cráneo. Un paso torpe hacia adelante, otro hacia atrás… y luego, como un árbol arrancado de raíz, se desplomó.

  THUUUUMMMMM-

  El temblor recorrió toda la arena, levantando una nube de polvo que desapareció tan rápido como había surgido. El gigante quedó inmóvil.

  Las dos chicas siguieron de pie, jadeando, a unos metros de distancia. Ni una palabra, solo el eco áspero de sus respiraciones.

  Arriba, detrás del vidrio, nadie se movió al principio. Ni siquiera Smiley. El payaso de madera bajó lentamente el sombrero, los ojos blancos brillando de satisfacción.

  Bernt fue el primero en romperlo, soltando un silbido. “Bueno… eso sí fue todo un espectáculo. Me sorprende un poco que no terminaran en duelo”.

  Romina no aplaudió ni sonrió. Con los brazos cruzados, murmuró entre dientes: “Una bomba y una flecha. Si esto es solo el comienzo… ni quiero imaginar el final”.

  Sebastian se acomodó los anteojos con un dedo, tragando saliva. “Por fin cooperaron. Aunque fuera en el último momento”.

  La mirada de Astera siguió fija en la silueta de la chica de cabello oscuro, la mandíbula tensa, como si estuviera mirando a un fantasma hecho carne.

  “Estas dos son como agua y aceite”, murmuró, mirando a Smiley, que bajó el brazo lentamente. “Ya fue suficiente exhibición por hoy”.

  El títere asintió, satisfecho.

  “En efecto, en efecto. Deben estar agotadas”. Chasqueó los dedos y conjuró un micrófono, dejando que su voz chillona de presentador resonara: “SANTOS DIOSES, QUé ESPECTáCULO NOS HAN DADO ESTAS DOOOS. ME COMPLACE ANUNCIAR QUE AMBAAS SE LLEVAN EL GRAN PREMIO!”.

  Miria apenas podía mantenerse en pie, con las manos apoyadas en las rodillas, la espalda encorvada por el esfuerzo. Jadeaba, drenada hasta la última gota de maná. Al limpiarse el sudor de la frente con la mu?eca, vio las runas de sus guantes oscuras, gastadas, inertes.

  El humo se disipó lentamente, revelando a Feralynn. No parpadeó. Su expresión estaba vacía. Caminó en línea recta hacia adelante, como atraída por un punto invisible que nadie más podía ver, rodeada por llamas que se alimentaban de los restos chamuscados del coloso.

  “Nada mal, Blackwood…”, jadeó Miria, con la voz áspera. Pero Fer no se detuvo. “Oye… te estoy hablando”.

  “…”

  Feralynn fijó la mirada en ella. Un escalofrío recorrió a Miria. No había burla, no había sonrisa sarcástica, solo una quietud inquietante, una concentración absoluta clavada en ella.

  “?Estás… bien…?”, preguntó Miria con cautela, dando un paso al frente.

  No tuvo tiempo de reaccionar. Feralynn cargó en silencio, ojos rojos abiertos, el entrecejo bloqueado. Miria apenas soltó un exhale ahogado antes de que un pu?o en llamas se le estrellara en el abdomen. La armadura absorbió lo justo para mantenerla viva, pero el dolor le arrancó el aire de los pulmones.

  "GHACK!- ??B-BLACKWOOD?!"

  THWACK!

  "?Estúpida...mierda!"

  "Gcchkkk-!"

  Su visión se nubló al golpear el suelo, la cabeza golpeando contra el concreto.

  Luego vinieron los golpes: dos, cuatro, seis. Fer la agarró del cabello blanco y le hundió golpes salvajes en el rostro.

  “MUéRETE, MUéRETE, MUéRETE, MUéRETE, MUéRETE!”

  Cada golpe apagaba un poco más la conciencia de Miria. Intentó ara?ar el cuello de Fer, ahogarla, pero el ritmo furioso y mecánico de Feralynn la aplastó.

  El crujido seco de su nariz, los labios partidos, un ojo hinchándose negro.

  La oscuridad se la tragó completa bajo la rabia salvaje de su compa?era de clase.

  "SUTURA. RETENCIóN DEL CUERPO."

  De pronto, cientos de miles de hilos dorados se tensaron alrededor de la mu?eca levantada de Feralynn. Se retorció, desesperada por seguir martillando la “casa”, un muro blanco volviéndose morado y rojo, con ventanas llorosas, que se sacudía debajo de ella. Los hilos se multiplicaron, enroscándose en su cuello, jalándola hacia atrás con un tirón violento. Para ella, lo que estaba abajo ya no era Miria, sino un enemigo, solo otro objetivo que debía rematar para siempre.

  La rabia le ardía. Ara?ó los cordones que le estrangulaban la garganta, prendiéndolos fuego, pero solo se apretaron más alrededor de sus mu?ecas y tobillos, inmovilizándola.

  Smiley descendió a la escena, seguido por Astera y los profesores, que corrieron con urgencia y pánico hacia la noble inconsciente, tendida en sangre.

  “TE VOY A MATAR. TE VOY A QUEMAR VIVA. MALDITO HIJO DE PUTA…!!!” escupió Feralynn al director, con la voz goteando veneno asesino. Se sacudió contra la sujeción, con los brazos ardiendo mientras gritaba.

  Smiley suspiró, como si estuviera oyendo el eco de algo que ya había presenciado antes.

  “Ah… mi querida cuerva. Sinceramente, esperaba más de ti”.

  El director abrió un portal directo a la enfermería. Los profesores y Astera cruzaron, y Astera misma cargó el cuerpo inerte de Miria en sus brazos.

  “Pero ahora lo veo. Tal padre, tal hija…”

  …

  …

  …

  ?

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