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Sopa

  La caba?a era lo más acogedor de lo que habían disfrutado desde hacía mucho tiempo. Las posadas no estaban mal, pero se agradecía tener su propia cocina y un fuego junto al que relajarse después de cenar.

  Ixen se daba unas friegas de agua fría y oraba mientras Domenico tapado con una mugrienta manta de cuadros lavaba su ropa interior. Desde luego no era lo que Bach hubiera imaginado de una noche entre humanos. Gaggash ni siquiera había pensado en ello, pero le parecían rarísimos. ?Con qué demonios estaba el joven tratando de limpiar aquello?

  Los hombres por su parte no tenían la más remota idea de cómo relacionarse con ellas. La enorme orca estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Canturreaba y manipulaba la piel de un zorro con una naturalidad pasmosa; en tanto que la flaca elfa les observaba desde encima de un armario en cuclillas. El más civilizado parecía ser el huargo, tumbado junto al fuego con la panza llena.

  La cena había sido más agradable de lo que cabía esperar, la velada comenzó bien. Cuando llegaron a la caba?a caían chuzos de punta, así que cuando entraron empapados fue de agradecer que el hogar estuviera ya encendido. Gaggash mató a los cuatro hombres que había dentro y los sacó a la calle incluso antes de que Bach e Ixen cruzaran el umbral de la puerta. Ya, después, tuvo el detalle de bajar a Domenico y limpiar la sangre del suelo. El lugar estaba caliente y seco y había agua a medio cocer en un caldero. Ixen a?adió la torcaz que había cazado la orca y un puerro y unas zanahorias que encontró en un rincón junto a una cesta. La sopa fue bastante mejor de lo que resultó ser la conversación. El silencio hubiera sido sepulcral si no hubiera sido por Gaggash, que sorbía la sopa de una cuchara —ridícula en su mano —por el hueco de sus colmillos inferiores con bastante dificultad.

  —Domenico —Ixen salía de la única habitación poniéndose una camisola de algodón —creo que es hora de que vayas a dormir.

  El joven se?aló la pila.

  —No importa, yo te dejaré una muda limpia.

  Domenico cruzó con la cabeza gacha el umbral sin puerta. No quería creer que compartirían techo con aquellas extra?as, pero no preguntó, tenía demasiado miedo. El Paladín, aguerrido caballero, no podía sentirse más fuera de lugar. Había estado en situaciones peligrosas muchas veces antes, pero nada era comparable a esto. No tenía ni idea de qué hacer. Ni siquiera sabía identificar si ésta era una situación de peligro. Por el momento, él llevaba ropas ligeras —tirando por lo alto—, mientras que las dos mujeres llevaban corazas de cuero e iban armadas. La orca no es que fuera precisamente abrigada, de hecho, un poco más de ropa haría las cosas más fáciles para Ixen; y la elfa no se había quitado ni la capa. Y le miraba. Desde el altillo. Antes de dar un paso al frente Ixen comprobó si aún llevaba el cuchillo en los pantalones. Lo llevaba.

  —Se?oras —quizá no fue la palabra más acertada para encontrar respuesta. Se sentó en una silla junto al fuego, más o menos cerca de Gaggash y desde donde veía a Bach. —Bach y Gaggash —dijo con voz amable pero firme.

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  La orca cesó por un momento en su tarea peletera. Aguardaba.

  —?Qué les trae por estos lares?

  No eran mujeres de muchas palabras, y ésta era una pregunta francamente difícil. Ixen, que era un tío inteligente, atacó por otro flanco.

  —Gracias a los Dioses que andabais por aquí; esos hombres… y el muchacho no sabe luchar…

  —Tú luchas bien —le espetó Bach

  —Gracias. Pero, aun así, un hombre sólo contra diez…

  —Doce

  —Doce. No creo que te lo haya agradecido debidamente.

  —La sopa estaba buena.

  —Y vuestro lobo, me asusté al verlo. Es un animal formidable —el animal formidable roncaba tumbado de lado. —?Cómo conseguís tenerlo bajo control?

  —Es un huargo. No es nuestro, viene con nosotras porque quiere. Con ella —la orca habló por primera vez.

  —Y no lo tenemos bajo control

  Estas últimas palabras no tranquilizaron al hombre. Aunque visto lo visto, tampoco ellas parecían bajo control. Tenía el presentimiento de que el lobo, el huargo, sería quizá el más predecible de los tres.

  La orca se levantó de un salto y, para asombro del hombre, se puso a lavar los ropajes de Domenico. Ixen no había visto una orca antes, pero nunca se la hubiera imaginado comportándose así. Una vez conoció a un semiorco. Era lo más parecido que había visto. Era un clérigo, Goder se llamaba. Era mucho más bajito y menos corpulento que ella, y mucho más civilizado. ésta era una mujer bárbara. Se creían extintos. Miró alrededor atentamente. La otra era una elfa. Sus orejas picudas eran un símbolo inequívoco. Se sabía de ciudades élficas. Famosos por sus conocimientos de las artes; la música, la poesía… muy refinados en su arquitectura, modales y vestimentas… esta mujer no se adaptaba en absoluto a ese patrón. Una elfa de las que él había oído hablar, estaría amenizando la velada con la gracia de su danza, su música o una gran conversación, ya que se les hacía gente muy culta. Se decía que en su fuero interno los elfos menospreciaban a los hombres, a los que consideraban muy primitivos. Ixen declinó esa idea rápidamente; teniendo en cuenta que su compa?era era una orca bárbara le pareció una opción absurda. Barajó la idea de que fuera una elfa bárbara. Ni siquiera sabía si existía tal cosa. Lo cierto es que se movía con elegancia, a lo mejor era una dama que había tenido que dejar sus vestidos de exquisitos brocados de lado y huir, por algún motivo. Pero no se aprendía a luchar así en poco tiempo. Quizá fuera una cazadora…

  —Vosotros adónde vais —Bach de pronto estaba sentada junto a él. No la vio venir. El lobo, aún tumbado que la miraba con un ojo abierto pareció ser el único en percatarse del movimiento.

  —Nos dirigimos a Gorvis.

  —?A qué?

  —El muchacho es de allí. —Consideró sabio no decir nada con respecto al encargo —tengo que devolverlo a su seminario, para que termine sus estudios.

  Estudios. Bach sintió un pálpito al oír esa palabra. En una ciudad humana encontraría un montón de lugares con libros: bibliotecas, liceos… aunque tenía entendido que en los lugares para la instrucción religiosa era donde más ejemplares había.

  —?A cuánto está de aquí?

  —Si vais andando, a un par de jornadas, más o menos. ?por qué? ?tenéis que ir allí también?

  —Es sólo por saberlo —contestó Bach

  —Por que seguiremos siguiéndoos —soltó Gaggash con toda tranquilidad mientras tendía la ropa.

  El hombre palideció. Bach guardaba silencio. El lobo roncaba.

  Ixen no pudo pegar ojo en toda la noche.

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