A la salida del sol consideraron prudente comenzar a actuar con normalidad. Ixen había decidido acostarse, o fingir que lo hacía, en la única habitación. En condiciones normales él hubiera cedido sin duda el dormitorio a las se?oritas, pero en este caso las damas parecían curtidas como osos mientras que Domenico hacía las veces de damisela asustada. Así que se quedó velando al joven toda la noche. Una noche larga, con idas y venidas, en la que Domenico chillaba y lloraba entre sue?os. Durante su vigilia Ixen trató de no salir de la habitación, por prudencia, sobre todo. Si aquellas mujeres hubieran querido hacerles da?o, habían tenido muchas ocasiones. Podía enfrentarse al miedo, a la sangre, a la muerte. Pero consideró que no había necesidad de arriesgarse a tener que enfrentarse a dos mujeres —fueran de la raza que fueran —en pa?os menores. Al poco de acostarse había oído que alguien salía, y un par de horas más tarde había vuelto a oír la puerta. Ni en esas se atrevió a asomar el morro. Había estado aguzando el oído todo lo que pudo, aunque lo cierto es que no pudo visualizar mucho de lo que ocurría en la estancia principal. Dedujo que quien se ausentó había sido la elfa, ya que era menos ruidosa que la orca. Se estuvieron oyendo unos intensos ronquidos durante la mayor parte de la noche, y esos se los adjudicó a la orca. Bien, ya era una hora prudente para levantarse. Dejaría dormir a Domenico hasta tener todo listo para partir, después se despediría de las mujeres y regresarían al camino marcado; salir de él había sido un error.
Salió.
—Buenos días
Nadie respondió. La orca estaba durmiendo, como él esperaba, aunque quien roncaba era el huargo. Tardó unos segundos en localizar a la elfa. Dios, ?había dormido encima del armario? Seguía mirándolo, en cuclillas.
—?Quién es Guinder? —le preguntó
—?Quién?, ?qué? No lo sé —contestó Ixen. —?Por qué? ?Qué pasa? ?Quién es?
—Eso te acabo de preguntar.
Era cierto. Eso le acababa de preguntar. Todas las maneras de empezar la ma?ana con aquellas extra?as que había ensayado mentalmente durante la noche cayeron en saco roto.
—No sé quién es.
—Es de Gorvis.
—Yo no soy de Gorvis. El muchacho es de Gorvis.
—Pregúntaselo
—Está durmiendo, ayer fue un día muy duro para…
—Despiértale
—No.
Bach bajó del armario de un salto. Miró a Ixen con fastidio y se dirigió al dormitorio.
—No. —Ixen le cerró el paso con su enorme cuerpo. Siempre era muy educado y respetuoso con todo el mundo, pero Domenico era su protegido y había sufrido un shock.
—He visto medio saco de avena junto a la le?a. El que despierte al crío no desayuna. —con estas maternales palabras Gaggash zanjó el asunto e hizo que los dos se sentaran enfrentados a la única mesa sin quitarse la mirada de encima. Hubo un gran rato de silencio.
—En Gorvis viven miles de personas. Y hay otros cientos de paso cada día. —explicó Ixen mientras soplaba para enfriar las gachas. —Aunque el muchacho sea de allí, es imposible que sepa quién es ese nosequién.
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—Guinder.
—Guinder. Bien. Guinder ?qué?
—?Cómo? —Bach pasó de una actitud chulesca a una contrariada.
—Los humanos tenemos apellidos, ?sabes?
—Sí, los nombres son largos. Nombres de dos palabras.
—Son apellidos. Es el nombre familiar. Cada uno tiene su nombre de pila, el que le dan sus padres o padrinos en el bautismo, y la segunda palabra es el nombre que tienen todos los miembros de una misma familia.
Bach estuvo a punto de ponerse digna y fingir que ya lo sabía, puesto que había leído mucho; pero a tiempo se dio cuenta de que precisamente ésa era la actitud que más le haría quedar como una idiota. Decidió aprovechar la compa?ía de un humano para aprender, a fin de cuentas, no sabía cuándo volvería a ver otro ni si éste sería amistoso. Así que intentó encontrar una fórmula con la que poder seguir preguntando, pero sin parecer una ignorante absoluta. Se decantó por la pseudohumildad:
—He leído muchos libros de muchos hombres —dijo mirando abajo a sus intactas gachas —los autores de estos libros siempre tenían dos nombres. A veces incluso tres. Pero los hombres y las mujeres de sus historias siempre tenían un nombre sólo, una palabra. Los grandes personajes históricos y los poderosos también —Tragó saliva, Ixen la miraba paciente —por eso yo siempre he pensado que únicamente la gente muy importante tiene esos nombres.
—Es comprensible —dijo el paladín sin mirarla, con mucha mano izquierda —pero no es exactamente así. Todos los humanos tenemos un apellido, los más ricos, los más pobres, o los delincuentes. Incluso los huérfanos.
Era exactamente la pregunta que Bach le iba a formular, ??y los que no tenían familia??
—A los huérfanos se les bautiza y se les nombra también, y de apellido se les da el nombre del pueblo donde han sido acogidos. En las ciudades muy grandes lo hacen incluso por zonas.
La voz entrecortada de Domenico llamó a Ixen. El paladín acudió raudo. Tal y como imaginaba se encontró al joven con aspecto demacrado y muerto de miedo. Estaba claro que recordaba y sabía dónde estaba.
—?Qué tal estás muchacho? Ayer fue un día intenso.
—He estado mejor. ?Siguen aquí?
—Sí.
El joven palideció.
—Tranquilo, enseguida nos vamos. Traeré tu ropa y algo de comida para el camino.
—?De eso nada! —la orca entró en la habitación como si tal cosa, con la ropa de Domenico limpia y dobladita —ahora mismo te preparo algo de desayunar, tienes mala cara.
Diez minutos más tarde Domenico entraba en la estancia común, recién aseado y sudando ya, logró balbucir un:
—Buenos días
—?Quién es Guinder? —contestó Bach
—?Quién es qué? Yo no…
—Perdona —le cortó la elfa —deberías sentarte a comer algo primero, tienes una cara horrible.
—Gracias —le contestó Domenico con la boca peque?a mientras tomaba asiento frente a un enorme plato de gachas servido en un inmaculado orinal.
—Guinder —insistió Bach —puede que Guinder Gorvis.
Ixen suspiró.
—No no lo sé. No sé quién es.
—Pero ?qué es lo que pasa con ese nombre? —le preguntó la orca —?le buscamos?
Ixen no consideraba oportuno ser él quien preguntara, apenas se conocían, y aunque le pareció extra?o que la orca tampoco supiera de que iba el tema, agradeció que formulara la pregunta.
—Puede —contestó la elfa —ayer por la noche fui a dar una vuelta por los alrededores. Al otro lado de las hojas grandes para cortar la madera hay una especie de casucha.
—Sí, la vi al llegar —atajó Ixen —es seguramente la oficina del aserradero.
—Allí, en una mesa, había un par de cajones, y en uno encontré esto. —Bach sacó un papel redactado de un tubo. O era bastante nuevo o estaba muy bien conservado. —?Sabéis leer?
Los dos hombres afirmaron con la cabeza.
—Sólo símbolos —contestó la orca sentándose junto a Domenico.
Bach le tendió el documento al paladín.
—Es una orden de pago. Un tal B. Guinder la firma. Es una cantidad ingente de dinero.
—Supongo que por una cantidad ingente de madera —dedujo Bach.
Ixen asintió:
—Guinder es su apellido. Su nombre empieza por B.
Bach miró fijamente el documento. Luego a Ixen, quien se lo tendió de vuelta. Luego miró a Domenico. Seguía pareciendo un esperpento. Sacó unas florecillas secas de uno de los bolsillitos de su faltriquera de cuero y los espolvoreó sobre lo que le quedaba de desayuno.
—Cómetelo todo —le dijo —Gaggash no va a cargar contigo hasta Gorvis.
?Así que seguirían con ellos? Domenico tomó una enorme cucharada muy despacio, asombrado ante una orca que sonriendo le gui?ó un ojo.

